Capítulo 5 — La bestia de acero #3
—Yo estaba de guardia nocturna en el puesto de control norte de la autopista circunvalar —dijo ella en voz baja—.
Unidad de respuesta táctica de la policía metropolitana.
Estaba apoyada contra el capó del patrullero tomando un café frío cuando se cortó la electricidad de toda la ciudad de golpe y el cielo cambió de color.
—Hizo una pausa, y sus dedos rozaron inconscientemente el borde de su brazalete de plata—.
Durante el primer minuto pensé que era una aurora boreal anómala provocada por una tormenta solar o un arma electromagnética en la estratósfera.
Algo que los físicos explicarían por televisión a la mañana siguiente.
—¿Cuánto tardaste en entender que no había explicación científica?
—Dos minutos y diez segundos —respondió Lyra con esa precisión cronométrica suya—.
Cuando el primer menor cayó sobre el techo del patrullero a tres metros de mí y partió a mi compañero por la mitad antes de que pudiera sacar la escopeta del soporte.
—Una sombra fría cruzó sus pupilas claras—.
Ni siquiera grité. Vacié el cargador reglamentario, vi que las balas de plomo rebotaban en su pecho, me metí debajo del chasis del camión de al lado y le clavé una bengala de magnesio encendida en la cuenca del ojo hasta que le quemó el cerebro.
Reaccioné antes de terminar de entender qué estaba viendo. El entrenamiento hace eso.
—Sí —dijo Demian, recordando el olor a su propia palma quemada al tomar el cañón hirviendo de la Beretta frente al Comandante de Brecha—. El entrenamiento hace exactamente eso.
Guardaron silencio durante varios kilómetros.
El convoy cruzó un puente metálico sobre un río seco cuyo lecho estaba cubierto de vehículos volcados; el resonar hueco de las vigas de hierro bajo el tren llenó el vagón durante veinte segundos y luego volvió el compás sordo del balasto de piedra.
Era un silencio extrañamente habitable, exento de la tensión vigilante del patio de instrucción.
Demian miró las placas curvas que cubrían el antebrazo de ella, inertes ahora como plata vieja.
—La armadura —preguntó él en voz baja—. ¿Cuándo te eligió?
Lyra giró la cabeza hacia él. Sus ojos lo estudiaron un instante antes de responder, como si decidiera cuánta verdad entregar a cambio de la que él había dado.
—Hace cuatro meses y medio, dos semanas después de que se fundara el Bastión Sur —dijo ella—.
Cuando los emisarios de los Altos Mandos abrieron la cámara sellada que habían encontrado debajo de las excavaciones del subsuelo profundo y subieron los seis sarcófagos de metal al patio central.
Convocaron a todos los sobrevivientes con historial militar o policial que quedaban en pie: éramos casi novecientos en esa bóveda.
Abrieron las cajas en el centro del círculo.
Adentro no había armas convencionales; había seis núcleos luminosos rodeados de placas sueltas que ningún ingeniero sabía cómo ensamblar ni cómo encender.
Lyra bajó la vista hacia su propia mano derecha.
—Los Altos Mandos dijeron que necesitaban voluntarios para probar el contacto directo.
Los primeros cuatro soldados que tocaron el primer núcleo sufrieron convulsiones severas por rechazo neural; uno murió ahí mismo en el suelo.
Nadie más quería dar un paso al frente. Y entonces, antes de que yo me moviera de la tercera fila donde estaba parada...
el cuarto núcleo levitó diez centímetros sobre su caja, las placas se desplegaron solas en el aire y cruzaron veinte metros por encima de las cabezas de todos hasta cerrarse sobre mis hombros.
—Hizo una pausa breve—. Como si me estuviera buscando entre las novecientas personas desde antes de que abrieran la tapa.
—¿Qué sentiste cuando se cerró sobre ti? —preguntó Demian, genuinamente interesado.
Ella buscó las palabras con cuidado, frunciendo apenas el entrecejo.
—No sentí que me pusieran una máquina encima —susurró Lyra—.
Sentí como si algo inmensamente antiguo, algo que llevaba miles de años dormido en la oscuridad esperando una guerra específica, me mirara por dentro y me reconociera.
Como cuando entras a una habitación a oscuras que crees que no has pisado nunca, pero sientes un olor en el aire que tu sangre recuerda de la infancia. Esa clase de certeza.
Demian no movió un músculo del rostro, pero dentro de su pecho el fragmento oscuro latió una sola vez, profundo y silencioso, contra la compuerta cerrada.
«La sangre de tu madre tiene memoria antigua» , le había dicho el demonio del rubí en el suelo de la cocina.
Y ahora Lyra describía el vínculo de las Armaduras Celestiales con las mismas palabras exactas que Demian habría usado para explicar lo que ocurría entre sus costillas cada vez que ella encendía su luz cerca de él.
Dos fuerzas supuestamente opuestas —la luz de los sarcófagos profundos y el cristal negro de las torres— hablando el mismo dialecto en la sangre de quienes las portaban.
Guardó ese dato en el nivel más profundo de su archivo mental, junto con las preguntas que todavía no tenían respuesta.
Afuera, el tren blindado tomó una curva amplia hacia el noreste, dejando atrás los últimos vestigios de la periferia urbana e internándose en la llanura abierta de ceniza y pastizales carbonizados, donde las vías férreas corrían como dos hilos de hierro solitarios hacia el territorio de las Manos.