Capítulo 5 — La bestia de acero #2
En ese momento sonó la bocina neumática de la locomotora: un bramido grave y cavernoso que rebotó contra las paredes de roca de la estación subterránea.
Un segundo después, un sacudón formidable recorrió los enganches de hierro de los ocho vagones con un estruendo de cadenas tensadas al límite, las ruedas de acero mordieron el riel con un chirrido agudo y las dos mil toneladas del convoy comenzaron a avanzar hacia la boca del túnel exterior.
A través de la estrecha mirilla blindada frente a su banco, Demian vio pasar por última vez las luces amarillas de los talleres subterráneos, los rostros tiznados de los operarios que se quitaban las gorras en el andén para despedirlos en silencio y, un minuto más tarde, las monumentales compuertas de plomo del Bastión Sur cerrándose detrás del vagón de cola.
Cuando el tren emergió por completo a la superficie arrasada y aceleró hasta su velocidad de crucero de sesenta kilómetros por hora, el traqueteo rítmico de las ruedas sobre las juntas de dilatación de los rieles se instaló en las suelas de las botas y en los huesos de la columna como un latido mecánico que ya no los abandonaría.
Demian apoyó la nuca contra el mamparo frío de acero, cerró los ojos a medias y descartó de su mente cualquier pensamiento sobre si volvería a cruzar aquellas compuertas de plomo.
En el ejército había aprendido que imaginar el regreso a casa antes de terminar la campaña era la forma más rápida de dudar medio segundo al doblar una esquina y recibir un tiro en el pecho.
Su mundo ahora medía tres metros de ancho por quince de largo, olía a aceite de armas y diésel quemado, y tenía dos salidas hacia el techo y dos puertas estancas en los extremos.
El resto de la tropa comenzó a acomodarse en los bancos para aprovechar las primeras horas tranquilas.
Presco se recostó en el banco delantero con el fusil abrazado contra el pecho y cerró los ojos en menos de dos minutos, con esa habilidad sagrada de los suboficiales viejos para dormir en cualquier superficie horizontal o vertical.
Vert se sentó cerca de la puerta trasera a limpiar por tercera vez el cerrojo de su arma.
—¿Primera vez en un tren blindado? —preguntó una voz suave a la izquierda de Demian.
Él abrió los ojos. Lyra no había pasado al vagón central con Kael, Darek y Vael; se había deslizado por el pasillo central con un paso tan silencioso que ni siquiera el oído agudizado de Demian la había distinguido por encima del traqueteo de los bogies, y acababa de sentarse en el banco metálico junto a él, dejando un palmo de distancia respetuosa entre sus hombros.
Llevaba la armadura en modo de reposo absoluto, sin un solo destello en las placas plateadas, y su cuaderno de notas descansaba cerrado sobre su rodilla.
—Primera vez en cualquier clase de tren desde antes de la Ruptura —respondió Demian, girando levemente el rostro hacia ella.
—¿Tomabas el ferrocarril seguido antes?
La pregunta lo tomó levemente desprevenido.
En las tres semanas que llevaba despierto en el Bastión, nadie —ni siquiera Sera en sus revisiones médicas ni Presco en el comedor— le había hecho una pregunta casual sobre su vida cotidiana anterior al cielo púrpura.
En el refugio existía un tabú no escrito alrededor del «antes»: hablar de trabajos civiles, de cafés en las esquinas o de domingos familiares era abrir heridas que no tenían sutura posible.
La gente hablaba de calibres, de raciones o del clima del día siguiente.
—Mi padre trabajó treinta y cinco años en los talleres de tracción del Ferrocarril Central —dijo Demian después de una pausa breve, mirando por la mirilla cómo pasaban los esqueletos quemados de los barrios suburbanos—.
Cuando era chico me llevaba en la cabina de las locomotoras de carga los sábados por la mañana.
Lyra siguió su mirada hacia la ventana blindada.
—¿Cómo sonaban entonces?
—Ruidosos —dijo Demian—. Igual que este en las curvas. Pero era otra clase de ruido. El ruido de antes tenía gente viva adentro y estaciones donde alguien esperaba que llegaras.
Lyra asintió muy despacio. La claridad grisácea que entraba por el cristal blindado recortaba las facciones limpias de su perfil y el tono claro de sus ojos, dándole por un instante la apariencia de la mujer de veintiséis años que habría sido en un mundo normal, antes de que le pusieran una coraza alienígena sobre los hombros y una lanza en la mano.
Demian registró ese pensamiento y lo archivó de inmediato bajo llave en el compartimento de cosas que no podía permitirse abrir.
Ya tenía demasiadas cargas mortales en su inventario como para sumar otra.
—¿Dónde estabas cuando se abrió el cielo? —preguntó ella sin mirarlo todavía, manteniendo la vista en el paisaje de ceniza que corría afuera—. La noche en que empezó todo.
—En la cocina de la casa de mis padres —dijo Demian—. Limpiando una pistola a las dos y cuarenta de la mañana porque no podía dormir.
Lyra no preguntó por qué estaba solo hoy. El silencio de él bastaba para completar la frase.