La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 5 — La bestia de acero
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Capítulo 5 — La bestia de acero

La bestia de acero

El convoy partió al amanecer, aunque el amanecer en la superficie ya no tenía nada que ver con la salida del sol.

Era simplemente el momento del ciclo de veinticuatro horas en que la negrura cerrada de la noche cedía terreno a una penumbra de color ceniza húmeda, como si la luz del astro detrás de la capa perpetua de nubes tuviera que pedir permiso antes de tocar la corteza terrestre.

Sus dedos ejecutaban la secuencia de memoria mientras su mente registraba las dimensiones del espacio que sería su jaula y su trinchera durante las próximas semanas.

El vagón de operaciones tácticas tenía capacidad nominal para veinticuatro efectivos y viajaban diecisiete en ese sector.

Las paredes eran planchas de acero de doble capa con remaches gruesos a la vista y estrechas mirillas rectangulares de cristal blindado de cinco centímetros de espesor cada tres metros.

A ambos lados corrían bancos metálicos abatibles; en el centro, atornillada al piso sobre amortiguadores hidráulicos para resistir el traqueteo de las vías dañadas, se extendía una mesa de hierro con mapas topográficos que Kael había estado marcando durante toda la madrugada con trazos pequeños, rectos y precisos de lápiz graso rojo y azul.

En el mamparo delantero, junto a la puerta estanca que comunicaba con el vagón de los portadores, alguien había trazado con tiza blanca sobre una pizarra negra el perfil esquemático de las tres primeras torres del sector noreste con una escala comparativa al pie.

El dibujo era austero, casi geométrico en su simplicidad técnica, pero transmitía algo que ninguna fotografía satelital habría logrado comunicar con tanta crudeza: la desproporción inhumana del enemigo.

Al pie de la primera aguja de tiza, el dibujante había marcado un pequeño rectángulo horizontal del tamaño de un grano de arroz para representar los doscientos metros de longitud del tren blindado.

Cada vez que uno de los soldados recién subidos al vagón levantaba la vista hacia la pizarra mientras acomodaba su mochila, se producía una pausa de dos o tres segundos de silencio absoluto antes de que desviara los ojos hacia el suelo.

Demian miró los tres trazos de tiza y luego bajó la vista hacia las hebillas de su chaleco.

No necesitaba el dibujo para medirlas. Incluso a través del blindaje del vagón y de los últimos metros del túnel de salida del Bastión, la presencia enroscada detrás de su esternón percibía la dirección exacta en la que se alzaban aquellas agujas.

Era una sensación parecida a tener una brújula imantada clavada en la carne viva del pecho: una tracción sorda, constante e innegable hacia el noreste, del mismo linaje oscuro que había sentido cuando el Comandante de Brecha se inclinó sobre él en la cocina de sus padres.

—Atención en el vagón —dijo Kael desde la cabecera de la mesa central.

No alzó la voz por encima de su volumen habitual, pero los dieciséis combatientes detuvieron de inmediato cualquier movimiento y se acercaron alrededor del tablero metálico.

Además de Kael y Lyra, en el extremo delantero del vagón aguardaban los otros dos portadores de Armadura Celestial asignados a la expedición: Darek, un hombre macizo de treinta y cinco años y barba cerrada cuya coraza tenía el color del bronce viejo y llevaba un escudo de torre magnético acoplado al brazo izquierdo; y Vael, una mujer de cabello rapado y mirada silenciosa cuyas placas eran más delgadas en los hombros y empuñaba un par de hojas cortas de doble filo.

Kael apoyó los puños sobre las esquinas del mapa desplegado.

Era un mosaico armado con retazos de distinta procedencia: cartas ferroviarias previas a la Ruptura, fotografías oblicuas tomadas por los últimos drones de reconocimiento antes de perder señal y una serie de coordenadas y anotaciones en tinta negra que los Altos Mandos habían enviado desde el nivel más profundo del búnker, cuya fuente original nadie en el escuadrón conocía.

—Las primeras tres Manos de Lucifer de nuestro corredor operativo se encuentran dentro de un arco de ciento ochenta kilómetros siguiendo la traza del Ferrocarril Central del Norte —explicó Kael, recorriendo la línea azul con la punta de un estilete metálico—.

La directiva del Consejo de los Altos Mandos es avanzar en orden de resistencia estimada ascendente para reducir el radio de regeneración demoníaca por fases antes de internarnos en la cuenca central.

El estilete se detuvo sobre un círculo rojo trazado en medio de un antiguo nudo ferroviario a noventa kilómetros del Bastión.

—Objetivo Uno —dijo Kael—. Según la inteligencia del Consejo, el general que gobierna esta aguja responde al nombre de Verath.

Rango de mando medio en la jerarquía de ocupación.

El Objetivo Dos se ubica setenta kilómetros más al este, sobre los restos de la cuenca industrial del río Gris; la entidad al mando ha sido identificada como Nass, aunque los datos sobre su morfología son fragmentarios.

El Objetivo Tres está en el centro de la antigua capital provincial y supera en un cuarenta por ciento la masa energética de los dos primeros combinados.

Demian observó los rostros alrededor de la mesa.

Nadie levantó la mano para preguntar lo que a cualquier oficial de inteligencia militar le habría resultado evidente en el primer minuto: ¿cómo sabe el Consejo los nombres propios, los rangos exactos y la jerarquía interna de criaturas que cayeron del cielo hace cinco meses y que no toman prisioneros humanos para dialogar?

Era una pregunta prohibida por consenso tácito. Cuando la humanidad está contra las cuerdas y alguien en un búnker blindado te entrega un mapa con los puntos débiles del enemigo, no preguntas con quién habló para conseguirlo; cargas el fusil y rezas para que las coordenadas sean reales.

—¿Tiempo estimado de marcha hasta el perímetro de Verath? —preguntó Lyra desde el costado opuesto de la mesa, con un cuaderno pequeño de tapas de hule negro abierto sobre la palma izquierda.

—Cuarenta y ocho horas de rodaje si la vía principal resiste el peso de la locomotora —respondió Kael—.

Los últimos treinta kilómetros no han sido reconocidos desde el segundo mes de la invasión.

Podemos encontrar terraplenes hundidos, puentes debilitados o trenes civiles descarrilados bloqueando el paso.

Si el espolón frontal no basta para despejar la trocha, la infantería tendrá que bajar a volar los obstáculos con cargas huecas bajo fuego hostil.

—¿Densidad de patrullas en el trayecto? —consultó Darek, cruzando sus brazos acorazados en bronce.

—Constante a partir del kilómetro cuarenta —dijo Kael—. Los demonios menores operan como células blancas alrededor de cada torre: cuanto más nos acerquemos al radio de anclaje de Verath, más rápido responderán a la vibración del tren sobre los rieles.

Lyra asintió sin levantar la vista y escribió tres líneas rápidas en su libreta con una letra minúscula, apretada y sin márgenes.

Demian había observado ese hábito suyo durante las últimas dos semanas en el Bastión: Lyra no dejaba nada librado a la memoria oral.

Anotaba horarios de patrulla, variaciones de temperatura antes de los ataques, tiempos de recarga de las armaduras y bajas por sector.

En la experiencia de Demian, la gente que documentaba la guerra con esa obsesión clínica lo hacía porque ya había perdido algo importante en el caos y se negaba a permitir que el desorden volviera a tomarla por sorpresa.

—Distribución de marcha —continuó Kael, levantando la vista hacia el grupo—.

Los cuatro portadores viajamos en reserva en el vagón central blindado para conservar carga energética hasta el asalto a la torre; no activaremos las armaduras en escaramuzas de ruta a menos que aparezca un Comandante de Brecha.

La defensa perimetral del convoy en movimiento queda a cargo de las torretas de treinta milímetros y del grupo de infantería. Demian.

El comandante clavó sus ojos oscuros en él.

—Lideras la primera escuadra de respuesta rápida junto con Presco. Si las alarmas de proximidad saltan en el techo o si el tren se detiene en vía muerta, ustedes dos son los primeros en abrir las escotillas exteriores.

—Entendido, comandante —respondió Demian.

A su derecha, Presco —que se había quitado el cabestrillo esa misma mañana a pesar de las amenazas de Sera y movía los dedos de la mano izquierda para probar la tensión del vendaje nuevo bajo la manga— levantó dos dedos.

—Una duda práctica, jefe —dijo Presco con su voz rasposa de garganta cicatrizada—. En los depósitos de ayer peleamos contra cuarenta rastreros y nos costó diez minutos de plomo limpiar el patio. ¿De qué número estamos hablando alrededor de la primera torre?

Kael no suavizó el tono ni desvió la mirada hacia el mapa.

—Los informes estiman entre cuatrocientos y seiscientos demonios menores y medianos en el anillo exterior de la aguja —dijo Kael—. Más la guardia personal de Verath dentro de la estructura.

El silencio que siguió a esa cifra fue distinto al silencio que había provocado el dibujo de tiza en la pizarra.

No hubo suspiros ni miradas de pánico —Kael había elegido personalmente a cada hombre y mujer de ese vagón porque sabían tragar saliva y seguir adelante—, pero se sintió el cambio de presión en el aire: el ajuste mental de diecisiete soldados recalibrando en privado sus probabilidades reales de ver el final de la semana.

—¿Alguna otra pregunta? —dijo Kael.

Nadie habló.

—Descansen por turnos mientras estemos en zona verde —concluyó el comandante, enrollando el mapa con movimientos precisos y asegurándolo con una banda elástica—. A partir de esta tarde, el sueño va a ser un recurso escaso.