Capítulo 4 — La primera grieta #4
Incluso a decenas de kilómetros de distancia, su escala resultaba monstruosa: columnas de obsidiana viva de cientos de metros de altura que habían brotado desde las fracturas de la corteza terrestre la noche de la Ruptura, coronadas por nubes de tormenta estática que giraban lentamente alrededor de sus cúspides.
Y al verlas incluso a través de un monitor electrónico, la cosa en el pecho de Demian se removió con un reconocimiento frío e instantáneo.
—Las Manos de Lucifer —dijo Kael, apoyando los antebrazos enguantados sobre el barandal junto a Demian—.
Siete torres en este continente. Cada una está gobernada por un general demoníaco de alto rango y alberga en su cámara central un cristal de anclaje primario del tamaño de un vehículo.
Mientras esos cristales sigan intactos, la fisura del cielo permanece abierta y los demonios dentro de un radio de doscientos kilómetros regeneran sus fuerzas y mantienen cohesión táctica total.
Kael giró el rostro hacia Demian.
—Si destruimos una torre, las hordas de toda esa provincia pierden su enlace con el plano inferior y se vuelven vulnerables.
Si destruimos las siete... cerramos la grieta de este hemisferio y la humanidad tiene una oportunidad real de recuperar la superficie antes de que terminen de convertir el planeta entero.
—Una campaña de asedio lineal por vía férrea —dijo Demian, analizando el mapa de rutas que unía las siete agujas negras con el trazado del viejo ferrocarril transcontinental—. Es un viaje de ida si las vías quedan cortadas detrás del tren.
—Por eso el convoy lleva dos meses armándose —asintió Kael—.
Mañana al amanecer parte la expedición central.
Cuatro portadores de Armadura Celestial, veinte infantes de élite seleccionados de los tres escuadrones del Bastión, personal médico y mecánicos.
Hace veinte minutos envié el informe de la patrulla de hoy a los Altos Mandos.
Acaban de firmar tu transferencia al grupo de asalto principal del convoy.
Demian miró el perfil duro del comandante.
—Hay soldados que llevan cinco meses peleando en este refugio mientras yo estaba en una cama, comandante. ¿Por qué yo?
—Porque allá afuera los portadores de armadura somos faros luminosos —respondió Kael con franqueza brutal—.
En cuanto activamos nuestras placas cerca de una torre, todos los demonios en un kilómetro a la redonda saben exactamente dónde estamos y concentran el fuego sobre nosotros.
Para llegar a los cristales necesitamos especialistas en la sombra: soldados que puedan operar aislados bajo presión extrema, que no entren en pánico cuando se rompe la formación y que puedan limpiar un flanco con un trozo de acero sin encender una sola señal energética que alerte al general de la torre.
Kael hizo una pausa breve, sosteniendo la mirada de Demian.
—Y porque lo que hiciste hoy en ese callejón con seis rastreros no lo hacen tres de cada diez veteranos de este búnker. Te necesito en ese tren mañana a las cero cinco cero cero, Demian.
Era una explicación táctica impecable. Y al mismo tiempo, para Demian significaba que el camino del convoy lo llevaría directamente al corazón de las siete torres cuyos cristales llamaban cada noche en sus sueños a la bestia que llevaba en el pecho.
Ir hacia ellas era caminar hacia el borde del precipicio; quedarse en el Bastión era esperar a que tarde o temprano un control médico rutinario descubriera su sangre y terminara como el cabo de la celda contigua.
Además, entre esas siete torres estaba la criatura que había derribado la puerta de su casa.
—Estaré en el andén a las cuatro y media, comandante —dijo Demian.
Kael asintió una sola vez, satisfecho, y le dio una palmada breve y pesada en el hombro sano antes de bajar por la escalera hacia los talleres para supervisar la carga final de munición.
Demian se quedó un momento más en la galería superior, mirando el lomo acorazado del tren bajo los reflectores amarillos y las siluetas de los mecánicos pasando cajas de mano en mano.
Abajo, junto al tercer vagón, vio a Presco —con el brazo izquierdo en cabestrillo pero sosteniendo una jarra de café en la derecha— riéndose de algo que acababa de decir Vert mientras señalaba el espolón de la locomotora.
Al recordar cómo Presco había repetido esa tarde en el túnel «la suerte favorece a los que saben dónde pararse» , y cómo todo el pelotón había chocado los puños con él al cruzar la compuerta del refugio, Demian sintió algo pequeño, cálido y desacostumbrado abrirse paso junto al frío permanente de su pecho.
Durante media hora, caminando cubierto de polvo y pólvora entre esos hombres después de una emboscada ganada, no había sido un experimento vigilado por los Altos Mandos ni un monstruo conteniendo la respiración.
Había sido, simplemente, un soldado volviendo a casa con su escuadrón.
Guardó esa sensación con cuidado, como quien guarda una brasa encendida dentro de un abrigo en medio de la nieve, sabiendo que el invierno que les esperaba allá afuera apenas estaba comenzando.