Capítulo 4 — La primera grieta #3
Kael asintió despacio. Volvió a mirar la marca hundida en la pared de ladrillo donde el demonio mayor había golpeado antes de desintegrarse, y Demian leyó con claridad en el rostro curtido del oficial el ajuste silencioso de una ecuación: Kael sabía perfectamente que un hombre normal no estampa una bestia de ciento cincuenta kilos contra un muro con una espada de una mano, pero también veía seis amenazas neutralizadas sin gastar un solo cartucho extra y a todo su pelotón con vida.
—Nueve años en zonas de combate especial —murmuró Kael casi para sí mismo, como quien archiva un expediente bajo una clasificación superior—. Bien. Reagrupamiento en dos minutos.
Lyra se había detenido a tres metros, con su lanza de plata apoyada verticalmente contra el suelo y la respiración apenas agitada.
Sus ojos claros recorrieron las seis manchas de ceniza y luego se clavaron en Demian con una mezcla limpia de asombro y respeto guerrero, sin rastro de la sospecha clínica de la mañana: la expresión genuina de una combatiente de élite cuando alguien supera de forma rotunda las expectativas que tenía sobre él.
—Impresionante —dijo ella simplemente.
—El ángulo del último cuando saltó del vagón fue suerte pura —insistió Demian, quitándole hierro al asunto mientras recogía un cargador lleno que Presco le tendía con la mano sana.
—La suerte solo favorece a los que saben dónde pararse cuando cae el techo —soltó Presco con una risa corta y ronca que terminó en una mueca de dolor al mover el brazo herido—. Eso lo repetía mi primer sargento en la costa, y te juro que nunca entendí del todo qué quería decir hasta hoy.
Vert, que había llegado detrás de Lyra con la cara pálida de adrenalina pero ileso, miraba a Demian y luego a la espada negra en su espalda con esa fascinación sin filtros de los reclutas jóvenes que acaban de ver en carne y hueso lo que hace falta para seguir respirando en el exterior.
Kael verificó que ningún miembro del grupo tuviera signos de contaminación oscura en las heridas, transmitió las coordenadas del nido abatido a la base y ordenó el regreso inmediato al Bastión antes de que el ruido del tiroteo atrajera patrullas medianas desde el norte.
El camino de vuelta por las ruinas industriales tuvo esa electricidad particular que une a las unidades de infantería después de romper una emboscada que debía haberlos matado.
Presco, con el brazo ya vendado de forma provisoria, le contó el episodio del callejón a los cuatro soldados de la vanguardia que no lo habían visto, añadiendo con generosidad de veterano un par de detalles de cosecha propia.
Vert hacía preguntas técnicas sobre el equilibrio de la hoja negra que Demian respondía con frases cortas y precisas, sin mentir en nada de lo que decía sobre esgrima o posicionamiento.
Lo que callaba seguía guardado bajo siete llaves detrás de sus costillas.
* * *
Dos horas después, de regreso en el Bastión Sur, mientras Sera terminaba de desinfectar un par de raspones superficiales en los nudillos de Demian y cerraba su carpeta médica con la expresión de quien empieza a acostumbrarse a que ese paciente desafíe la lógica, Kael permaneció sentado en un banco junto a la puerta de la enfermería.
Cuando la doctora se retiró al laboratorio, el comandante se puso de pie y le hizo una seña a Demian con la cabeza.
—Ponte la chaqueta y sígueme, sargento.
Subieron por una escalera de servicio lateral que Demian no había transitado antes, atravesaron dos puestos de control custodiados por guardias con insignias del Consejo y salieron a una galería de observación blindada que daba a la caverna principal del nivel uno: el corazón logístico del Bastión Sur.
Demian se acercó al barandal de acero y miró hacia abajo.
Sobre los rieles centrales de la gran estación subterránea descansaba una mole acorazada de más de doscientos metros de longitud que parecía haber sido construida para abrirse paso a través del infierno mismo.
Era un tren blindado de guerra de ocho vagones pesados, arrastrado por una locomotora diésel-eléctrica dual revestida con planchas inclinadas de blindaje reactivo de diez centímetros de espesor y un espolón frontal de acero macizo en forma de cuña diseñado para barrer escombros o vehículos de las vías.
En los techos de los vagones segundo, cuarto y séptimo se alzaban torretas giratorias con cañones automáticos de treinta milímetros y reflectores de arco; los laterales mostraban troneras de tiro reforzadas y las cicatrices soldadas de antiguos impactos de garras y ácido que habían sido reparados con parches de metal oscuro, dándole a toda la máquina el aspecto de un leviatán mecánico lleno de costuras que se negaba a morir.
Around de los vagones, docenas de operarios con sopletes, grúas de cadena y carretillas de munición trabajaban a contrarreloj cargando cajas de proyectiles, bidones de combustible y suministros médicos.
En medio de las ruinas subterráneas, aquella bestia de acero era lo más parecido a un puño cerrado que le quedaba a la humanidad.
Kael no miró el tren; señaló hacia la gran pantalla táctica retroiluminada que colgaba de la pared de roca a la derecha de la galería, donde las cámaras periscópicas de la superficie proyectaban en tiempo real la línea del horizonte exterior.
Allá lejos, recortadas contra el cielo de plomo violáceo más allá de los restos de la metrópoli, se alzaban las siluetas colosales de las agujas negras.