La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 4 — La primera grieta #2
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Capítulo 4 — La primera grieta #2

Durante los primeros tres minutos, la disciplina del Tercer Escuadrón sostuvo el perímetro.

Demian apoyó la culata contra el hombro, contuvo la respiración y disparó en pares secos de tiro a tiro mientras los demás gastaban ráfagas largas.

Cada vez que apretaba el gatillo, su ojo izquierdo alineaba el guión metálico y su ojo derecho —incluso con la compuerta interna cerrada a tres cuartos— veía el punto exacto debajo de la clavícula deforme donde latía el nódulo nervioso de los menores.

Uno en el aire. Dos al tocar el suelo. Tres rebotando contra el vagón volcado.

Cada impacto de calibre 7.62 perforante en el nódulo central reventaba el pecho de las criaturas en un surtidor de icor negro y espeso que hervía al tocar el asfalto frío, desintegrando el cuerpo en ceniza grasienta pocos segundos después.

En el centro de la línea, Kael y Lyra habían activado sus Armaduras Celestiales al primer umbral: eran dos antorchas de luz blanca y plateada en medio del humo de pólvora, atrayendo la furia de los demonios más grandes mientras la lanza luminosa de Lyra y el mandoble de Kael abrían claros enteros en la vanguardia enemiga.

A Demian esa distracción luminosa le servía de cortina perfecta. Se movía tres pasos detrás de Presco y Vert, cubriendo los ángulos muertos, recargando sin mirar el fusil, haciendo exactamente el trabajo limpio y letal de un sargento veterano.

Pero al cuarto minuto de combate, la segunda oleada emergió de los túneles de drenaje debajo de las vías, detrás de ellos, y la geometría del repliegue colapsó.

Fue rápido, sucio y caótico, como colapsan siempre las formaciones cuando el enemigo triplica el número estimado.

Cinco demonios de complexión más pesada irrumpieron rompiendo el balasto de piedra entre el grupo de Kael y la retaguardia; una explosión de una granada de fragmentación lanzada por el cabo del flanco izquierdo derrumbó una pila de contenedores oxidados en medio del paso; y cuando la nube de polvo rojo y humo de cordita se cerró sobre las vías, Demian oyó el grito de Vert a veinte metros a su derecha, vio a Presco rodar con el antebrazo ensangrentado detrás de un muro bajo y descubrió que la pila de contenedores caídos lo había dejado completamente aislado del resto del escuadrón en un patio cerrado entre dos vagones cisterna y la pared del depósito.

Y no estaba solo en ese hueco.

Seis demonios menores —los más grandes de la manada, con placas de hueso negro en los hombros y las fauces goteando espuma oscura— habían saltado desde el techo del vagón cisterna y se cerraban sobre él en un semicírculo perfecto de ocho metros de radio.

Del otro lado de los contenedores derribados se oía el fragor distante de los disparos de Kael y Lyra intentando abrirse paso, demasiado lejos para llegar a tiempo. El humo espeso impedía que nadie del escuadrón viera hacia adentro del patio cerrado.

Demian levantó el fusil y apretó el gatillo sobre el primero que saltó. Dos disparos le partieron el cráneo al demonio en el aire; al tercero, el percutor golpeó en vacío con un clic seco.

Último cargador agotado en el chaleco. Sin tiempo para sacar la pistola de la funda.

Los cinco demonios restantes escucharon el clic del fusil vacío. Esa fracción de segundo de comprensión instintiva hizo que los cinco tensaran los cuartos traseros para abalanzarse al mismo tiempo desde cinco vectores distintos.

Demian dejó caer el fusil sujeto por la correa táctica, llevó la mano derecha por encima del hombro hacia la empuñadura de la espada negra y la mano izquierda al cuchillo de combate de su cinturón.

Al primero que llegó por la derecha lo esquivó inclinando el torso apenas cuatro centímetros —manteniendo todavía los límites de la velocidad humana—, le hundió el cuchillo en la garganta blanda y usó el propio impulso del cuerpo que caía para patearlo contra el segundo que entraba por el centro, ganando un segundo y medio de espacio.

Al tercero le bloqueó el zarpazo descendente con el filo de la espada negra, sintiendo cómo el impacto le entumecía la muñeca hasta el codo, y le abrió el costado de un revés corto.

Quedaban tres.

Pero los tres últimos no atacaron en línea: dos se lanzaron a ras del suelo desde ángulos opuestos de ciento ochenta grados buscando sus piernas, mientras el tercero —un ejemplar de casi dos metros y medio con cicatrices viejas en el cuero negro— saltaba directamente desde lo alto del vagón cisterna hacia su nuca.

La geometría del ataque no tenía salida física para un ser humano. Si bloqueaba arriba, los dos de abajo le arrancaban las femorales; si rodaba para esquivar abajo, el de arriba le partía las vértebras cervicales contra el asfalto.

No hubo debate moral ni cálculo táctico. Hubo el instinto primario de nueve años de guerra negándose a morir en un callejón de basura, sumado a la furia de la bestia en su pecho que llevaba cinco meses esperando tres segundos sin testigos.

Demian abrió la compuerta interna unos centímetros.

El calor negro estalló desde el centro de su esternón hacia sus cuatro extremidades como un relámpago silencioso.

En ese instante, el humo de pólvora que flotaba en el patio pareció congelarse en el aire y los tres demonios que volaban hacia él a sesenta kilómetros por hora pasaron a moverse con la pesadez torpe de figuras sumergidas en brea.

Su ojo derecho ardió bajo el párpado con una brasa escarlata que tiñó de rojo las sombras de los vagones.

Demian ni siquiera tuvo que pensar la secuencia; su cuerpo y la sombra actuaron como un solo mecanismo engrasado en sangre.

Flexionó las rodillas y giró sobre el talón izquierdo con una velocidad que levantó un remolino de ceniza del suelo, pasando como un fantasma por el hueco de cuarenta centímetros entre las garras de los dos demonios que atacaban a ras de tierra antes de que sus mandíbulas se cerraran en el aire vacío.

Sin detener el giro, descargó la espada negra con una sola mano de abajo hacia arriba con tal potencia bruta que la hoja atravesó la coraza pectoral del demonio que caía desde el vagón cisterna, le partió el núcleo en dos mitades humeantes y envió el cadáver de ciento cincuenta kilos a estrellarse contra la pared de ladrillo del depósito con un golpe sordo que agrietó la mampostería.

Antes de que los dos rastreros del suelo terminaran de derrapar sobre el asfalto y giraran la cabeza para buscar dónde se había metido su presa, Demian ya estaba detrás de ellos.

Dos pasos que no hicieron ruido sobre la piedra. Dos cortes horizontales a la altura de las vértebras cervicales, ejecutados con una precisión geométrica que ningún ojo humano habría podido seguir en tiempo real.

Ocho segundos en total. Tal vez seis.

Los seis cuerpos alrededor de él se deshicieron simultáneamente en montículos de ceniza negra y vapor sulfuroso que se disipó entre la niebla de pólvora.

Demian se quedó completamente inmóvil en el centro del patio, con la espada negra goteando humo oscuro en la mano derecha y el pecho subiendo y bajando.

Antes de que el eco del último golpe contra el ladrillo se apagara, agarró por el cuello mental a la tormenta que rugía en sus venas pidiendo salir a cazar a los treinta demonios restantes del otro lado de los contenedores, la arrastró de vuelta hacia la oscuridad de su tórax y cerró la compuerta de acero de un portazo seco.

El fulgor carmesí de su ojo derecho se extinguió en el acto.

El mundo recuperó su velocidad normal y el estruendo de los últimos disparos del escuadrón volvió a entrar de golpe en sus oídos.

Por precaución, Demian se dejó caer un instante sobre una rodilla, apoyó la mano libre en la ceniza para mancharse el uniforme y respiró hondo por la boca para parecer un hombre que acababa de sobrevivir de milagro al borde del infarto.

Tres segundos después, una silueta dobló la esquina de los contenedores derribados.

Presco apareció cojeando, con la manga izquierda del uniforme desgarrada por tres cortes paralelos que manaban sangre roja sobre su muñeca y la pistola empuñada en la derecha lista para cubrir a su compañero.

Se detuvo en seco al borde del semicírculo de ceniza humeante.

Sus ojos veteranos recorrieron el patio: seis manchas de carbón grasiento en el suelo indicando seis bajas enemigas; un cráter fresco en la pared de ladrillo a dos metros de altura donde había impactado el mayor de ellos; y en el centro, Demian incorporándose con el fusil colgando vacío y la espada negra en la mano.

Presco bajó lentamente el cañón de su pistola. Tardó cuatro segundos en encontrar la voz.

—Madre de Dios... —murmuró el ex infante de marina, mirando del hueco en la pared a la cara de Demian—. ¿Estás entero?

—Sin rasguños —dijo Demian, fingiendo un levejadeo mientras limpiaba la hoja contra el muslo del pantalón antes de envainar—. Me quedé sin munición en el fusil a mitad del cierre.

—¿Sin rasguños? —Presco miró de nuevo las seis pilas de ceniza humeante que rodeaban las botas de Demian en un radio de tres metros—. ¿Seis rastreros de guardia en espacio cerrado, con arma blanca, tú solo?

—Entraron desordenados por el humo y se estorbaron entre ellos en el embudo de los vagones —explicó Demian con tono neutro, señalando el paso estrecho entre las cisternas—. Tuve suerte con los ángulos de rebote.

Kael y Lyra aparecieron segundos después por el extremo opuesto del callejón, con sus armaduras todavía despidiendo un vapor blanquecino en el aire helado y el resto del pelotón cerrando el perímetro detrás de ellos.

El comandante se detuvo junto a Presco. Sus ojos oscuros hicieron el conteo táctico de las cenizas en medio segundo, midieron la distancia entre los impactos de bala del suelo y los cortes limpios de espada más cercanos, y luego subieron hacia el rostro de Demian para evaluar daños.

—¿Heridas, sargento?

—Ninguna, comandante. Presco tiene tres cortes en el antebrazo izquierdo, no parecen tocar arteria.