Capítulo 4 — La primera grieta
La primera grieta
Cinco horas más tarde, cuando las compuertas hidráulicas del túnel de carga número dos se abrieron con un chirrido de cadenas oxidadas y dejaron entrar la claridad cenicienta del exterior, Demian comprendió de inmediato por qué los veteranos del Bastión evitaban hablar de la superficie durante las comidas.
Adentro, bajo cuarenta metros de roca y hormigón armado, el refugio conservaba una parodia funcional de civilización.
Había horarios de guardia, partes médicos, el murmullo de los niños en las aulas improvisadas del nivel inferior y el olor a sopa caliente en las marmitas.
Era una ficción frágil sostenida a punta de fusil y racionamiento estricto, pero permitía que el cerebro humano fingiera que el mundo había sufrido un terremoto severo del que algún día se reconstruiría.
Afuera no quedaba absolutamente nada que permitiera sostener esa mentira.
Avanzaban en columna táctica de dos en dos a través de lo que cinco meses atrás había sido el cinturón industrial del noreste de la ciudad.
Kael abría la marcha con el fusil encarado hacia los flancos.
Lyra cubría el sector izquierdo veinte metros más atrás.
Demian iba en el centro de la formación, llevando un fusil de asalto de calibre 7.
62 con munición perforante de núcleo denso cruzado sobre el pecho y la espada negra sujeta a la espalda junto a la mochila táctica, mientras sus ojos barrían las alturas con el hábito automático de nueve años de patrullas en territorio hostil.
El paisaje era una autopsia a cielo abierto.
Las fábricas, los silos de grano y los puentes de hormigón de la autopista metropolitana no se habían derrumbado simplemente por el fuego de artillería: parecían haber sido retorcidos por manos invisibles antes de caer.
Vigas de acero de medio metro de espesor apuntaban hacia el cielo dobladas en espirales que desafiaban cualquier ley de fatiga de materiales.
Filas enteras de camiones y automóviles permanecían soldadas al pavimento por un calor instantáneo que había fundido los neumáticos y el vidrio de las ventanillas en charcos vitrificados hace meses, y dentro de muchas cabinas aún se distinguían siluetas calcificadas que nadie había tenido tiempo ni estómago para enterrar.
El asfalto bajo sus botas estaba partido por grietas circulares concéntricas rellenas de una costra cristalina y negruzca que crujía como escoria de fundición a cada paso.
No crecía ni una sola brizna de hierba entre las baldosas rotas.
No se veía un solo pájaro en las líneas de alta tensión caídas, ni se escuchaba el zumbido de un insecto entre la basura petrificada.
El cielo entero era una bóveda baja de nubes color plomo violáceo que no se movían con el viento, proyectando una luz plana, difusa y sin sombras definidas que hacía que todo pareciera ocurrir a las cinco de la tarde de un día de eclipse.
—Primera vez afuera desde que caíste, ¿no, sargento? —dijo en voz baja el hombre que caminaba dos metros a la derecha de Demian.
Se llamaba Presco. Tenía cuarenta y dos años, los hombros cuadrados de un antiguo suboficial de infantería de marina y una cicatriz gruesa y rosada que le cruzaba la garganta de oreja a oreja, recuerdo de la primera semana de la invasión cuando los hospitales aún funcionaban en la superficie.
Masticaba un trozo de raíz seca sin dejar de mirar las ventanas vacías de una embotelladora derruida a su derecha.
—Sí —respondió Demian en el mismo registro bajo—. Primera vez.
—El olor es lo que más tarda en irse de la nariz cuando vuelves a bajar —dijo Presco, escupiendo a un costado sobre la ceniza gris—.
Huele a pila eléctrica reventada y a matadero viejo.
A la tercera salida dejas de sentirlo. O dejas de acordarte de cómo olía el pasto antes, que viene a ser lo mismo.
Detrás de Presco caminaba Vert, el integrante más joven de la patrulla: apenas diecinueve años, manos grandes que aferraban el guardamanos de su fusil con demasiada tensión y los ojos moviéndose demasiado rápido de una sombra a otra.
Había sido reclutado de los campamentos civiles hacía dos meses porque tenía buena puntería en la galería subterránea, pero esta era recién su segunda misión más allá del kilómetro dos.
—Silencio en la línea —ordenó Kael por el comunicador de corto alcance sin girar la cabeza—. Entramos en la zona de sombra de los sensores a trescientos metros. Ojos en los techos de chapa.
El grupo acortó las distancias y avanzó en silencio absoluto entre los esqueletos de los galpones ferroviarios.
El objetivo de la misión era claro y acotado: alcanzar el complejo de depósitos logísticos a setecientos metros al norte, verificar qué había provocado las lecturas sísmicas de la noche anterior, estimar el número de hostiles si había un nido en formación y replegarse al Bastión sin entablar combate prolongado.
Eran órdenes limpias, sin espacio para el heroísmo inútil, y a Demian le venían como anillo al dedo.
Lo único que quería en esa primera salida era cumplir con el protocolo, disparar lo justo si hacía falta y regresar al refugio siendo un sargento competente más en la lista de Kael.
El problema era que la cosa en su pecho no compartía su deseo de pasar desapercibida.
A medida que se internaban entre los galpones de ladrillo tiznado y vagones de carga volcados, el aire libre de la superficie empezó a despertar en la sangre de Demian sensaciones que bajo tierra permanecían amortiguadas.
Aquí afuera, el mundo entero estaba saturado de la radiación residual de la Ruptura, y el fragmento oscuro bajo su esternón la respiraba como un animal salvaje que vuelve a oler el bosque después de meses enjaulado.
A doscientos metros del depósito central, antes de que vieran el menor movimiento entre las ruinas, la temperatura bajo la piel de los antebrazos de Demian bajó de golpe.
Fue una presión gélida y densa que descendió desde los techos de los tres galpones que tenían enfrente.
No era una intuición mística; era su sistema sensorial expandido captando docenas de focos de calor demoníaco agazapados en la penumbra de las vigas superiores, reteniendo el aliento biológico antes de saltar sobre la columna humana.
Pero si decía que «sentía» presencias a través de paredes de ladrillo, Kael y Lyra sabrían al instante que no era un soldado normal. Tenía que traducir la advertencia al idioma de un explorador militar.
Demian aguzó el oído físico hasta aislar, por encima del silbido del viento, el crujido levísimo de una viga de chapa galvanizada cediendo dos milímetros bajo un peso excesivo en el galpón central, seguido de una fina lluvia de óxido cayendo sobre un charco seco.
—Kael —murmuró Demian, adelantándose medio paso y levantando el puño izquierdo cerrado.
Kael detuvo la columna en el acto. Los ocho combatientes buscaron cobertura tras los bogies oxidados de un tren descarrilado en menos de dos segundos.
—¿Qué tienes, Demian? —preguntó Kael en voz baja, escrutando las sombras del depósito con la mira óptica de su fusil.
—Desplazamiento de metal en las cabreadas del techo del galpón dos y caída de escoria por las canaletas laterales —dijo Demian, señalando con el cañón del arma hacia la estructura de quince metros de altura—.
No es el viento; el óxido cae en vertical contra la corriente de aire.
Hay peso distribuido en toda la cubierta superior.
Demasiados para ser una patrulla errante de dos o tres menores.
Kael no cuestionó cómo había oído caer polvo de óxido a ciento cincuenta metros de distancia. Un buen explorador ve y oye cosas que los demás pasan por alto, y en el desierto los que dudan del explorador mueren primero.
—Lyra, confirma con el visor térmico de la armadura —ordenó Kael.
Lyra apoyó dos dedos sobre el borde de su sien cubierta de plata. Sus placas emitieron un destello tenue de medio segundo y su rostro se tensó de golpe.
—Tiene razón —susurró ella con urgencia—. Están camuflados con una capa de ceniza fría sobre la piel para engañar a los sensores exteriores. Cuento al menos treinta en las vigas del techo... no, cuarenta. Y se están moviendo hacia los flancos.
—¡Es una emboscada de cerco! —dijo Kael, cambiando el selector de su fusil a ráfaga controlada—. ¡Formación en cuña invertida, repliegue escalonado hacia la trinchera del canal sur! ¡Ahora!
Ya era demasiado tarde para salir en silencio.
Al saberse descubiertas por el destello de la armadura de Lyra, las sombras del techo dejaron de fingir ser parte de la estructura.
Un coro de chillidos metálicos, agudos como frenos de tren bloqueados sobre el riel, estalló en los tres galpones simultáneamente y la chapa del techo del depósito central se abrió hacia afuera cuando cuarenta criaturas se lanzaron al vacío desde quince metros de altura.
Eran demonios menores de primera línea —los que la infantería del Bastión llamaba sabuesos de brecha o simplemente rastreros —: cuerpos vagamente humanoides de casi dos metros de envergadura, desprovistos de rostro salvo por una hendidura mandibular llena de hileras de hueso negro y cuatro ojos diminutos que ardían como carbones encendidos en la penumbra.
Sus extremidades delanteras terminaban en garras falciformes de treinta centímetros que se clavaban en el ladrillo de las paredes para frenar la caída antes de impulsarse horizontalmente sobre el escuadrón a sesenta kilómetros por hora.
—¡Contacto al frente y arriba! ¡Fuego libre! —gritó Presco.
El silencio muerto de la zona industrial se hizo pedazos bajo el tableteo atronador de ocho fusiles de asalto disparando al unísono.