La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 3 — El peso de lo que despierta #3
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Capítulo 3 — El peso de lo que despierta #3

Un chasquido cristalino, similar al de un diapasón de cuarzo, recorrió los grabados geométricos desde su muñeca hasta su clavícula.

En menos de un segundo, los hilos de luz fría entre las placas se expandieron en un resplandor blanco dorado que tiñó de plata la ceniza del suelo y proyectó las sombras de las columnas hasta el fondo de la bóveda.

El aire en un radio de tres metros se ionizó de golpe, cargándose de una presión estática que erizó el vello de los brazos y produjo un zumbido grave, purísimo, que vibró en el acero de las armas colgadas en la pared.

Dentro del pecho de Demian, el horno negro dio un salto violento contra sus costillas.

No fue miedo ni dolor: fue un tirón magnético brutal, hambre y nostalgia fundidas en un solo latido que amenazó con arrancarle un suspiro de la garganta y teñir de carmesí su ojo derecho allí mismo, frente a los dos guerreros más letales del refugio.

La energía de la armadura de Lyra golpeaba contra su piel como una llamada en un idioma muerto, esperando una respuesta en la misma octava.

Demian clavó las uñas de la mano izquierda en la palma de su propia mano hasta sentir la humedad tibia de un corte superficial, usó ese dolor físico menor como ancla y reforzó la compuerta interna con todo el peso de su voluntad.

No retrocedió ni medio centímetro. No parpadeó.

Obligó a sus hombros a permanecer sueltos y a sus ojos a mirar las placas iluminadas del antebrazo de Lyra con el interés técnico de un infante que examina una pieza de artillería nueva.

Lyra mantuvo la activación durante cuatro segundos enteros, observando fijamente las pupilas de Demian a través del resplandor blanco, buscando el reflejo de pánico, el mareo habitual de los reclutas no adaptados o... algo más.

Luego abrió la mano y la luz se recogió hacia el interior de las placas hasta apagarse por completo.

—No diste un paso atrás —dijo ella en voz baja, con un matiz de genuino desconcierto—. La primera vez que activé la armadura a esta distancia de Presco, tuvo vértigo durante diez minutos. ¿No sentiste nada en el pecho?

La pregunta era un bisturí apuntando directamente al centro de su secreto.

—Zumba en los dientes como un transformador de alta tensión —respondió Demian con voz pareja, ofreciendo una verdad física irrebatible que servía como escudo perfecto para ocultar todo lo demás—. Y calienta el aire tres grados alrededor. Es un equipo impresionante.

Lyra sostuvo su mirada un segundo más de lo estrictamente necesario. No parecía engañada del todo, pero tampoco tenía nada concreto de qué agarrarse. Finalmente asintió despacio y bajó el brazo.

—El despacho de los Altos Mandos —dijo ella, girándose a medias hacia Kael y cambiando al tono operativo—.

Los sensores sísmicos del sector norte registraron actividad inusual anoche en los antiguos depósitos ferroviarios de la zona industrial, a cuatro kilómetros del perímetro exterior.

Quieren una patrulla de reconocimiento de ocho efectivos fuera de los muros antes del mediodía.

Kael colgó las espadas de práctica en el soporte de hierro y se secó el sudor de la nuca con una toalla gris.

—¿Estimación de hostiles?

—Baja según los sensores, pero los sensores llevan dos semanas fallando por la interferencia atmosférica de las torres —dijo Lyra, y volvió a mirar a Demian—. El Consejo pidió expresamente que el sargento Demian forme parte del grupo de salida. Quieren evaluar su desempeño en terreno abierto.

Kael miró a Demian de arriba abajo: el pantalón gastado, la cicatriz en el pómulo, la espada negra envainada en su mano izquierda. No discutió la orden ni preguntó por qué el Consejo se tomaba la molestia de asignar a dedo a un hombre recién salido de la enfermería para una patrulla rutinaria.

—Ocho efectivos —confirmó Kael—. Equípate en la armería central a las cero nueve cero cero, Demian. Fusil de asalto, tres cargas y tu hoja. Allá arriba no hay dónde esconderse ni margen para contenerse si las cosas salen mal.

—Entendido, comandante —dijo Demian.

Kael y Lyra se marcharon juntos por el corredor norte hacia el centro de mando, sus pasos alejándose hasta perderse entre el rumor de las tuberías que empezaban a despertar con el cambio de guardia del Bastión.

Demian se quedó solo en el centro del patio de ceniza durante un largo minuto.

Abrió su mano izquierda y miró las cuatro medias lunas rojas que sus propias uñas habían marcado en la palma.

Mientras las miraba, la piel herida dejó de sangrar y comenzó a cerrarse lentamente con un cosquilleo tibio, impulsada por el residuo despierto que aún vibraba en sus venas tras el contacto con el resplandor de Lyra.

Lyra había preguntado específicamente si había sentido algo en el pecho . No en la cabeza, no en los oídos. En el pecho.

¿Las Armaduras Celestiales podían detectar la resonancia de lo que él llevaba dentro, aunque fuera como una interferencia difusa? ¿O Lyra tenía sus propios motivos para buscar anomalías donde los demás solo veían a un veterano con suerte?

Todavía no tenía datos suficientes para saberlo. Y mientras no los tuviera, la regla de supervivencia seguía siendo la misma que Sera le había susurrado en la celda: silencio absoluto, rostro de piedra y la compuerta cerrada con llave.

Aunque en el fondo de su tórax, por primera vez en tres semanas, la tormenta oscura parecía coincidir con él en una sola cosa: tenía ganas de volver a salir a la superficie.