Capítulo 3 — El peso de lo que despierta #2
Sin dar medio segundo de respiro, el comandante encadenó un revés horizontal a las costillas, un golpe de pomo directo al mentón y una estocada baja a la rodilla, impulsado por el servomecanismo sutil de la Armadura Celestial que multiplicaba la tracción de sus hombros.
Atacaba con una ferocidad metódica, cerrando los ángulos de salida, obligando a Demian a retroceder en círculo hacia las columnas de hierro con un único propósito evidente: forzarlo hasta el punto de quiebre donde el instinto de conservación reemplaza al cálculo y un hombre se ve obligado a mostrar qué es lo que realmente tiene adentro.
Era como tocar el piano con guantes de plomo mientras te apuntan a la cabeza.
En cada parada, Demian tenía que hacer dos cálculos simultáneos en milésimas de segundo: primero, colocar su espada en el milímetro exacto para que el impacto potenciado por la armadura de Kael no le fracturara el radio; segundo, ceder terreno a propósito y dejar que sus brazos temblaran ligeramente en el bloqueo para simular que estaba al límite de su resistencia física.
Dos veces dejó que el plano de la hoja de Kael le golpeara el hombro izquierdo —calculando el giro del torso para que el golpe dejara un hematoma visible pero no le dislocara la clavícula— y una vez rodó por la ceniza para esquivar un barrido bajo que fácilmente podría haber saltado en el lugar.
A los doce minutos de intercambio ininterrumpido, el sudor le caía por las cejas y la cosa en su pecho golpeaba contra la compuerta interna con furia sorda, irritada por la humillación táctica de retroceder ante una presa a la que sabía que podía flanquear en dos movimientos.
Quieto , le ordenó Demian en silencio mientras bloqueaba un golpe descendente a dos manos que lo hizo hincar una rodilla en la tierra. Aquí mando yo.
Kael detuvo su hoja a tres centímetros de la clavícula de Demian y mantuvo la presión un segundo antes de dar un paso atrás y bajar la punta del acero hacia el suelo. Ni siquiera respiraba con la boca abierta.
—Vi el informe médico quincenal que Sera entregó ayer a la comandancia —dijo Kael sin preámbulos, clavando sus ojos oscuros en Demian mientras este se levantaba sacudiéndose la ceniza de la rodilla—.
A pesar de cinco meses de coma profundo, tu velocidad de reacción neuromuscular está hoy en el percentil noventa y ocho de las fuerzas especiales previas a la Ruptura.
Y hace cuatro días, en el simulacro de trinchera del sector tres, desarmaste a tres veteranos de infantería en seis segundos cuando pensaste que yo estaba mirando hacia el otro flanco.
Kael apoyó ambas manos sobre el pomo de su espada de práctica.
—¿No te parece un progreso demasiado rápido para un hombre que hace veinte días no podía sostener un vaso de agua, sargento?
—El cuerpo humano tiene una memoria muscular que los médicos de escritorio todavía subestiman cuando vuelve a sentir adrenalina, comandante —respondió Demian sin pestañear, sosteniendo la mirada del oficial—. Nueve años en el sur dejan costumbres difíciles de borrar.
Kael lo observó en silencio durante cuatro segundos interminables. El hilo de luz blanca en las junturas de su peto latió suavemente y luego se atenuó.
—Sí —dijo Kael finalmente, con esa sequedad pétrea suya—. Eso mismo leí en tu legajo antes de que cayeran los archivos del ministerio.
No era la respuesta de un hombre convencido. Era la respuesta de un comandante pragmático que sabe que le están ocultando una carta en la manga, pero que decide esperar a ver la partida completa antes de voltear la mesa.
Antes de que Kael pudiera ordenar otro asalto, el sonido de pasos firmes y ligeros sobre la grava del corredor norte interrumpió el silencio de la bóveda.
Lyra emergió bajo el arco de hormigón y se detuvo al borde del círculo de ceniza, abarcando de un solo vistazo las marcas de arrastre en el suelo, el hematoma fresco en el hombro izquierdo de Demian y la postura de ambos hombres.
Era unos años más joven que Demian —veintiséis o veintisiete a lo sumo—, de complexión ágil y rostro de rasgos afilados que habrían parecido delicados en el mundo antiguo, pero que ahora estaban endurecidos por esa atención permanente de quien procesa vectores de amenaza antes de saludar a nadie.
Llevaba el cabello oscuro atado en una trenza corta sobre la nuca para que no estorbara el cuello de su Armadura Celestial.
A diferencia de la coraza maciza y pesada de Kael, la armadura de Lyra tenía líneas curvas y aerodinámicas: placas de un tono plateado casi translúcido que se superponían desde los hombros hasta las muñecas y las grebas como las escamas de un halcón de acero o los pétalos cerrados de una flor metálica.
Con cada paso que daba, las aristas del metal descomponían la luz gris de las lámparas subterráneas en destellos breves que cambiaban de ángulo según su respiración.
Para Demian, estar a menos de cinco metros de Lyra representaba un desafío de control distinto y mucho más complejo que pelear contra Kael.
Con la armadura de Kael, la sombra alojada en el pecho de Demian sentía una repulsión seca, el rechazo natural entre el hierro caliente y el hielo.
Pero cada vez que Lyra se acercaba, ocurría algo desconcertante: la presencia dentro de las costillas de Demian no se erizaba para atacar ni se encogía para ocultarse; se volvía hacia ella en silencio, con una quietud atenta y antigua, como si en la frecuencia específica de la armadura de esa mujer —o en la mujer misma— existiera un acorde que el fragmento oscuro reconocía de una época anterior al nombre de las cosas.
Y ese reconocimiento mutuo era exactamente lo último que Demian podía permitirse que alguien notara.
—Llegas temprano, Lyra —dijo Kael, recogiendo las dos espadas de práctica—. El pelotón no baja hasta dentro de media hora.
—Acaba de llegar un despacho prioritario del Consejo por el canal cifrado —respondió ella, aunque sus ojos claros se habían desplazado de Kael hacia Demian, deteniéndose un instante en la cicatriz de su pómulo derecho y en la calma excesiva de su respiración tras el combate—.
Pero veo que ustedes ya empezaron la evaluación.
—Estábamos repasando fundamentos —dijo Kael.
Lyra dio dos pasos dentro del círculo de entrenamiento hasta quedar a un metro y medio de Demian.
No lo miraba con la desconfianza jerárquica de Kael ni con la preocupación clínica de Sera; lo miraba con la curiosidad directa de un cazador que encuentra huellas en el barro que no coinciden con ningún animal conocido.
—El comandante me dijo que el martes hiciste preguntas sobre el consumo energético de los núcleos de las armaduras —le dijo Lyra a Demian—. ¿Te explicó cómo se vinculan al sistema nervioso del portador?
—Le expliqué lo necesario para que no se interponga en la línea de descarga durante una maniobra conjunta —intervino Kael desde el armero lateral.
—Le explicaste la teoría táctica, Kael. No se lo mostraste de cerca —replicó Lyra sin apartar los ojos de Demian—.
En el campo, cuando activamos el segundo umbral, la onda de presión desorienta a los soldados que no la han sentido antes a corta distancia.
Más vale que la conozca aquí que rodeado de veinte demonios menores.
Antes de que Kael objetara o de que Demian pudiera dar un paso atrás, Lyra levantó su antebrazo derecho a la altura del pecho entre ambos y cerró el puño.
La Armadura Celestial respondió de forma instantánea.