Capítulo 3 — El peso de lo que despierta
El peso de lo que despierta
Tres semanas después de salir de la celda de cuarentena, el entrenamiento oficial del Bastión empezaba a las cinco y media de la mañana, pero Demian empezaba a las cuatro.
Había una razón estrictamente práctica para esa rutina solitaria: necesitaba una hora entera sin testigos para calibrar su propio cuerpo antes de exponerse a los ojos de los demás.
Cada madrugada al despertar en su barraca era distinta.
Había días en que la presencia alojada entre sus costillas permanecía quieta y hundida como un reptil invernando en el fondo de un río seco, y entonces Demian podía caminar por los pasillos del refugio, tomar su ración de avena sintética en el comedor común y sostener una taza de lata sin calcular cada gramo de presión en sus dedos.
Pero había otras mañanas —sobre todo después de las noches en que soñaba con un horizonte de siete agujas negras unidas por una red de venas subterráneas que latían al unísono— en que despertaba con la piel ardiendo, la boca llena de un sabor a cobre viejo y la energía agolpada detrás de sus músculos como vapor a punto de reventar una caldera.
Esas mañanas necesitaba agotar el excedente a solas, en la penumbra, antes de que alguien notara que sus pies no hacían ruido al pisar o que sus pupilas reflejaban la luz escasa de los pasillos igual que las de un depredador nocturno.
Nadie en el Bastión Sur podía sospechar que cada hora de su vida despierta era una negociación armada consigo mismo.
El patio de instrucción a las cuatro de la madrugada le pertenecía por completo.
Era una antigua bóveda de maniobras ferroviarias subterráneas, de ochenta metros de largo por cuarenta de ancho y un techo de hormigón abovedado sostenido por columnas de hierro roblonado que rezumaban humedad fría.
Arriba, en la superficie sellada por tres metros de escombros y compuertas de plomo, el viento del invierno perpetuo que había dejado la Ruptura aullaba entre las vigas torcidas de la vieja estación; aquí abajo, ese sonido llegaba como un oleaje sordo y constante que Demian usaba como referencia espacial, igual que un marinero usa la rompiente en la niebla para saber dónde están las rocas.
Demian se detuvo en el centro del suelo de tierra apisonada y ceniza compacta, vestido únicamente con un pantalón de combate gris y una camiseta sin mangas empapada de sudor a pesar de los seis grados de temperatura ambiental.
En su mano derecha sostenía la espada de vaina negra que Kael había dejado en su celda el día que despertó.
Desenvainó la hoja con un siseo metálico limpio.
El arma medía noventa centímetros de filo recto, de doble corte, forjada en una aleación oscura que habían fundido a partir de las corazas de los demonios abatidos en las primeras semanas de la guerra mezclada con acero de alta densidad.
Pesaba casi cuatro kilos y medio; cualquier soldado ordinario habría necesitado usar ambas manos para describir un arco sin perder el eje de la muñeca.
Para Demian, el peso resultaba apenas suficiente para sentir que tenía algo real entre los dedos.
Empezó despacio, marcando las posiciones básicas de esgrima de combate cuerpo a cuerpo: el ángulo cerrado del codo derecho, la rotación de la cadera antes que el hombro, el desplazamiento rasante de las botas sobre la ceniza sin levantar los talones más de un centímetro del suelo.
Corte diagonal descendente. Parada alta.
Estocada corta al plexo. Paso lateral de salida.
A medida que pasaban los minutos, fue soltando un milímetro la compuerta interna de su pecho para estudiar el territorio de su propia anomalía.
La velocidad era lo más difícil de disimular durante el día.
No requería que él se esforzara para alcanzarla; al contrario, su sistema nervioso había elevado su velocidad de procesamiento base a un umbral tan alto que, cuando combatía contra los veteranos del Tercer Escuadrón a mediodía, veía venir sus golpes con una lentitud casi insultante.
Veía cómo el hombro del oponente se tensaba medio segundo antes de lanzar el puño; veía la transferencia de peso en el tobillo contrario; tenía tiempo de sobra para elegir si esquivar por completo o —como hacía casi siempre cuando había oficiales mirando— dejarse rozar el antebrazo o retroceder con aparente dificultad para que la victoria pareciera el fruto del oficio militar y no de un milagro biológico.
Mentir con el cuerpo durante catorce horas al día producía un agotamiento mental mucho más profundo que cualquier marcha forzada.
Con la fuerza ocurría lo mismo. En su primera semana fuera de cuarentena, al ayudar a dos mecánicos a levantar el eje trasero de un camión blindado cuyo gato hidráulico había cedido, Demian había levantado su extremo tres centímetros antes de que el gato de repuesto hiciera contacto.
Por suerte el taller estaba lleno de humo de soldadura y nadie miraba sus manos, pero el susto le había bastado para aprender la lección: desde entonces calculaba conscientemente cada apretón de manos, la inercia al abrir una escotilla oxidada, el retroceso fingido en sus hombros al disparar un fusil de calibre pesado.
Pero lo que realmente le quitaba el sueño no eran sus músculos ni sus reflejos. Era el tercer síntoma.
Lo que ocurría en sus sentidos cuando la cosa alojada entre sus costillas despertaba del todo.
Demian cerró los ojos en medio del patio vacío y lanzó una serie de seis tajos encadenados en el aire, girando sobre su propio eje.
Con los párpados cerrados, no estaba ciego: percibía el volumen exacto de las columnas de hierro a ocho metros de distancia por la forma en que el aire frío rebotaba contra ellas; sentía el curso de una rata moviéndose por una tubería de desagüe debajo del suelo; y, tres niveles más abajo, en las entrañas del búnker, sentía como un bramadero distante el pulso de las celdas donde los armeros custodiaban los fragmentos de cristales demoníacos capturados para investigación.
Y sabía qué le pasaba a su rostro cuando esa percepción tomaba el mando.
Dos días atrás, en el lavabo común de los barracones a medianoche, después de contener un espasmo de dolor en el pecho que casi lo dobló sobre el fregadero de chapa, había levantado la cabeza hacia el espejo manchado de humedad.
Durante tres segundos enteros, antes de que lograra cerrar la compuerta mental a la fuerza, el ojo derecho que le devolvió la mirada desde el cristal no tenía pupila negra ni esclerótica blanca: era una esfera de obsidiana líquida atravesada en el centro por un anillo de brasa carmesí, idéntico al fulgor del rubí que había roto en la frente del monstruo la noche en que murieron sus padres.
Si alguien en el Bastión veía ese ojo durante un combate real, no habría juicio ni explicaciones médicas de Sera que lo salvaran del pelotón de fusilamiento.
Llevaba cuarenta y cinco minutos trazando arcos en la penumbra, con el sudor evaporándose en vaho tenue sobre sus hombros, cuando el radar silencioso de su pecho le advirtió que ya no estaba solo.
A treinta metros, en la boca del corredor este que conectaba con la armería central, una presencia densa y luminosa acababa de detenerse en las sombras.
No era un soldado común; el aire alrededor de esa figura vibraba con una frecuencia armónica, limpia y metálica, como una campana de bronce recién golpeada.
Demian redujo un cuarenta por ciento la velocidad de su último giro en una fracción de segundo, dejó que su pie izquierdo arrastrara un poco de ceniza como si perdiera estabilidad por la fatiga y bajó la punta de la espada negra hacia el suelo, apoyando las manos en las rodillas para fingir que recuperaba el aliento.
—Te estás conteniendo.
La voz de Kael cruzó la bóveda fría sin necesidad de alzar el volumen.
El comandante salió de la penumbra del corredor este caminando con esa calma maciza que parecía desplazar el aire a su paso.
Llevaba puesta la totalidad de su Armadura Celestial de combate: un exoesqueleto de placas articuladas de aquel metal gris perla que no existía en la tabla periódica humana, ajustado sobre el torso, los hombros y los antebrazos con una geometría de ángulos superpuestos que ningún herrero ni ingeniero terrestre habría sabido diseñar.
Por las junturas microscópicas entre placa y placa corría una fosforescencia blanquecina, apenas un hilo de luz fría en reposo.
En la mano derecha traía dos espadas de entrenamiento de acero romo y contrapesado; arrojó una por el aire hacia el centro del círculo.
Demian envainó su hoja negra con la izquierda y atrapó la espada de práctica por la empuñadura en el aire con la derecha.
Registró las palabras exactas del oficial. Kael no había dicho «estás recuperando el ritmo» ni «tienes buena técnica» . Había dicho «te estás conteniendo» . Venía observándolo desde el pasillo hacía varios minutos.
—Solo estaba entrando en calor, comandante —respondió Demian, enderezándose y adoptando una guardia media convencional.
—Claro —dijo Kael con un tono neutro que dejaba meridianamente claro que no se creía una sola palabra, pero que prefería dirimir las mentiras con hierro antes que con informes—. Muéstrame cómo entras en calor contra alguien que te devuelve el golpe. En guardia.
Kael no esperó respuesta. Avanzó cinco metros en dos zancadas explosivas y descargó un tajo diagonal de arriba abajo que habría partido en dos un poste telefónico.
El choque de las dos hojas de acero romo arrancó un chispazo anaranjado que iluminó las columnas cercanas y envió un estampido seco contra el techo abovedado.
Demian absorbió el impacto deslizando el pie trasero veinte centímetros sobre la ceniza y desviando la fuerza del golpe hacia el costado con el tercio fuerte de su hoja, tal como marcaba el manual para enfrentar a un oponente más pesado.
Pero Kael no estaba peleando como en las sesiones grupales de la semana anterior.