Capítulo 2 — Cinco meses de invierno #3
Kael lo miró con una calma glacial.
—Entonces sales por el portón principal del Bastión con una cantimplora y un cuchillo, sargento.
Aquí adentro viven cuatro mil doscientas personas bajo tierra, comiendo raciones sintéticas una vez al día y respirando aire filtrado.
Nadie come gratis en el fin del mundo, y mucho menos alguien que costó cinco meses de suministros de hospital.
En este refugio hay dos clases de personas: los que mantienen las máquinas funcionando y los que salen a matar lo que cayó del cielo. Tú no tienes cara de mecánico.
Por primera vez desde que había abierto los ojos, una sombra de sonrisa seca y sin humor curvó la comisura izquierda —la sana— de los labios de Demian.
Era un lenguaje que entendía a la perfección. Sin promesas políticas, sin discursos heroicos sobre salvar a la humanidad: puro cálculo de supervivencia militar.
—¿A qué hora es el amanecer aquí abajo, comandante? —preguntó Demian.
—El turno de instrucción pesada empieza a las cero cinco treinta —dijo Kael, girándose hacia la puerta blindada—.
Sera te dará el alta de cuarentena mañana por la tarde si tus análisis de sangre siguen limpios.
No llegues tarde el jueves, Demian. La paciencia de los Altos Mandos con las inversiones caras es muy corta.
La puerta blindada se cerró tras Kael y el guardia con un golpe sordo de cerrojos magnéticos.
Sera permaneció un par de minutos más revisando el catéter del brazo izquierdo de Demian, retirando la aguja y pegando un trozo de gasa con cinta adhesiva.
Cuando sus dedos rozaron el antebrazo del soldado, notó que la piel de Demian no tenía la temperatura fría de los pacientes encamados, sino un calor denso, casi febril, aunque el termómetro digital marcaba treinta y seis grados y medio exactos.
Ella levantó la vista y se encontró con los ojos de Demian a veinte centímetros de distancia.
—Cuando el comandante mencionó a los Altos Mandos —murmuró Sera en voz tan baja que apenas superó el zumbido del ventilador del techo—, tu ritmo cardíaco no se alteró, pero tu presión arterial subió veinte puntos en un segundo y luego la bajaste a voluntad.
Ningún ser humano controla su presión arterial de forma consciente, Demian.
Demian no apartó el brazo ni desvió la mirada.
—Técnicas de respiración para tiradores de precisión, doctora —dijo él con suavidad—. Te enseñan a disparar entre un latido y el siguiente.
Sera sostuvo su mirada durante cuatro segundos largos. En sus ojos grises había cansancio, inteligencia y la aguda percepción de una mujer que ha visto morir a demasiados hombres en esa misma cama tras convulsionar y escupir sangre negra.
—Los análisis de sangre que le envié hoy al Consejo de los Altos Mandos son los de la semana diez, que salieron completamente limpios —susurró ella mientras recogía su bandeja metálica—.
Los de esta mañana tenían una traza de sedimentación oscura en los glóbulos blancos que no supe clasificar...
así que tiré la muestra por el sumidero antes de que la viera el supervisor del laboratorio.
Demian sintió una punzada de alerta detrás de la frente.
—¿Por qué harías eso? No me conoces.
—Porque hace tres semanas despertó un cabo de infantería en la cama de al lado con esa misma traza en la sangre —dijo Sera desde el umbral de la puerta, sin volverse del todo—.
Seguía cuerdo. Seguía siendo humano. Reconoció a su esposa y pidió ver a su hija.
Cuando pasé el informe reglamentario a los Altos Mandos, bajaron dos custodios internos, cerraron la puerta de esa celda y le vaciaron un cargador en el cráneo antes de cremarlo vivo.
Si hay algo distinto en tu sangre que te permite romperle el núcleo a una de esas cosas de tres metros, Demian...
asegúrate de que nadie en este búnker, salvo tú, sepa que está ahí.
La médica salió y el cerrojo volvió a correr desde afuera.
Demian quedó solo bajo el tubo fluorescente parpadeante.
Durante un largo rato no se movió. Escuchó el latido metálico de los generadores a través del hormigón. Se llevó la mano derecha al rostro y recorrió con las yemas de los dedos el relieve áspero de la cicatriz que le cruzaba el pómulo desde el borde externo del ojo derecho hasta la mandíbula.
Luego apoyó la palma abierta sobre el centro de su propio pecho.
Debajo de las costillas, detrás de la compuerta mental que acababa de levantar, la criatura nacida del fragmento del rubí y de la sangre antigua de su madre latió una vez contra su mano: paciente, silenciosa, voraz.
Esperando el momento en que él tuviera hambre o miedo suficiente como para dejarla salir.
Demian apoyó la nuca contra la almohada dura y fijó los ojos en el techo de acero.
Antes de permitir que el sueño volviera a llevarlo, se hizo dos promesas en el silencio de la celda.
La primera: que ni Kael, ni los Altos Mandos, ni los demonios que habían incendiado el cielo iban a decidir en qué se convertía.
La segunda: que iba a encontrar al Comandante de Brecha que tenía un rubí agrietado en la frente, e iba a devolverle el golpe que su padre no había llegado a dar.