Capítulo 2 — Cinco meses de invierno #2
Cinco meses. Ciento cuarenta y seis amaneceres desde que el cielo se había teñido de púrpura sobre la avenida.
Demian mantuvo el rostro inmóvil —un reflejo defensivo perfeccionado durante años de interrogatorios y partes de bajas—, pero por dentro sintió que el suelo que pisaba su mente acababa de desaparecer por segunda vez.
—El edificio de la avenida San Martín, número cuatro-ocho-dos —dijo Demian, pronunciando cada sílaba con lentitud mecánica—. Sexto piso. Había un hombre mayor y una mujer conmigo cuando cayó la criatura.
Kael le sostuvo la mirada sin desviar los ojos ni suavizar el gesto, con el respeto seco que un soldado le debe a otro cuando le entrega un parte de defunción.
—La patrulla de rescate que te sacó de ese sector llegó setenta y dos horas después de la Ruptura, cuando la primera oleada se replegó hacia las torres —dijo Kael—.
En ese departamento no había sobrevivientes además de ti, Demian.
Sepultamos a los que pudimos identificar en la fosa común del sector norte antes de abandonar la superficie de la ciudad. Lo lamento.
Demian no parpadeó. Bajó la vista hacia sus propias manos apoyadas sobre la manta gris del catre.
En su mente vio a su padre con el cuchillo de cocina frente a un monstruo de tres metros.
Vio a su madre bajo los restos del aparador diciendo la sangre de tu madre tiene memoria antigua .
No hubo lágrimas; la deshidratación de cinco meses y el frío absoluto que se había instalado en su pecho aquella noche no dejaban lugar para el desahogo.
En su lugar, algo frío, duro y permanente terminó de fraguar en el fondo de su conciencia.
Era el cálculo silencioso de un hombre que acaba de anotar una deuda impagable en piedra y sabe que el único propósito que le queda a su vida es cobrarla hasta el último centavo.
Cuando levantó la vista de nuevo hacia Kael, la médica dio medio paso atrás de forma instintiva.
—¿Qué queda afuera? —preguntó Demian.
Kael tomó el taburete metálico que estaba junto a la bandeja de Sera, lo arrastró con una sola mano y se sentó frente al catre.
—Menos del quince por ciento de la población mundial, según las últimas transmisiones por onda corta que recibimos hace dos meses antes de que cayeran los satélites —explicó Kael con concisión táctica—.
Las capitales y los centros industriales desaparecieron en las primeras cuarenta y ocho horas.
Los ejércitos regulares intentaron responder con aviación y blindados convencionales; descubrieron tarde que la munición estándar solo sirve para frenar a la infantería demoníaca menor.
Contra los medianos hace falta fuego concentrado en puntos vitales, y contra los mayores o los generales de las torres, el plomo es lluvia sobre piedra.
—En mi departamento había uno de tres metros —dijo Demian—. Tenía un rubí incrustado en la frente. Seis tiros de nueve milímetros en la cara no le hicieron nada.
Kael arqueó levemente una ceja cicatrizada.
—¿Te enfrentaste a un Comandante de Brecha con una pistola de reglamento a tres metros de distancia?
—Le partí el cristal de la frente con la culata de la pistola —dijo Demian con voz plana—. Por eso se fue antes de terminar de matarme.
En el rincón, Sera dejó de anotar en su planilla y miró a Kael con los ojos muy abiertos. Kael permaneció inmóvil durante tres segundos largos, reevaluando por completo al hombre que tenía sentado en el catre.
—Eso explica lo que encontró la patrulla de rescate —dijo Kael finalmente—.
Cuando entraron a tu departamento, encontraron esquirlas de cristal de anclaje quemadas en el suelo de la cocina y ningún rastro de la criatura.
Ningún humano sin Armadura Celestial había logrado agrietar el núcleo de un Comandante de Brecha en combate cuerpo a cuerpo. Hasta ahora.
Demian miró las correas de cuero grueso a los costados de su cama, luego la puerta blindada y finalmente los ojos de Kael.
—Cinco meses de coma requieren suero fisiológico, antibióticos, sondas de alimentación, electricidad y camas de hospital —dijo Demian, dejando que su mente de veterano hiciera el inventario logístico—.
Si el ochenta y cinco por ciento de la humanidad murió o fue convertida, ustedes están racionando hasta las vendas.
Nadie gasta cinco meses de recursos médicos en un desconocido moribundo por caridad cristiana, comandante.
¿Por qué no me pegaron un tiro para ahorrar morfina?
Sera abrió la boca para responder, pero Kael levantó dos dedos para pedirle silencio.
—Porque tenías el lado derecho de la cara abierto por una descarga directa de núcleo demoníaco y no te estabas transformando —dijo Kael sin rodeos—.
El protocolo del Bastión ante cualquier herido contaminado por energía de la Ruptura es la ejecución inmediata antes de las dos horas.
El proceso de mutación en un cuerpo humano tarda entre treinta segundos y diez minutos.
Cuando la patrulla te encontró, llevabas tres días tirado sobre un charco de tu propia sangre mezclada con polvo de rubí negro, tenías treinta pulsaciones por minuto y tu código genético seguía siendo humano.
—Los Altos Mandos ordenaron traerte al área de cuarentena profunda —intervino Sera, acercándose hasta el borde del catre y señalando con su bolígrafo una carpeta gruesa llena de electrocardiogramas y análisis de sangre—.
Durante las primeras seis semanas pensamos que tenías muerte cerebral.
En la semana ocho, la herida de tu pómulo cerró sola en cuarenta y ocho horas sin puntos de sutura adicionales, dejando solo esa cicatriz pálida.
En la semana doce empezaste a tener espasmos musculares mientras dormías que rompieron tres juegos de correas de sujeción estándar; tuvimos que poner las de cuero herrado.
Sera giró un monitor portátil hacia él. En la pantalla se veían gráficas de densidad ósea y fibra muscular comparadas mes a mes.
—Un paciente en coma pierde entre el uno y el dos por ciento de su masa muscular por día de inmovilidad, Demian —dijo ella en voz baja, mirándolo con una mezcla de fascinación científica y temor apenas disimulado—.
Tú no perdiste ni un gramo. Al contrario: tu densidad miofibrilar aumentó un catorce por ciento mientras estabas inconsciente.
Tus huesos son más densos que hace cuatro meses.
Y cuando despertaste hace cinco minutos, aplastaste un tubo de acero estructural de dos milímetros de espesor con una sola mano sin darte cuenta.
Demian miró el borde deformado del catre. Lentamente, levantó su mano derecha frente a su cara. Abrió los dedos; los volvió a cerrar en un puño.
Bajo la piel pálida por los meses sin sol, los tendones y músculos respondían con una tensión silenciosa y elástica que no le resultaba familiar, como el cable de acero de una grúa sometido a toneladas de tracción contenida.
Y más adentro, detrás del esternón, en ese espacio oscuro que ningún estetoscopio ni monitor de Sera parecía haber registrado con claridad, sintió aquello que había entrado por su garganta la noche de la Ruptura.
Estaba allí. Despierto ahora que él estaba despierto.
No era una voz con palabras ni un parásito con forma definida; era un horno de fuego frío, un nudo de sombra antigua y hambrienta que latía un cuarto de segundo después de cada sístole de su corazón humano.
Mientras Kael y el guardia armado lo observaban desde los pies de la cama, Demian sintió cómo esa presencia interna extendía sus sentidos invisibles por el cubículo: percibió el latido acelerado de Sera a un metro de distancia, el flujo sanguíneo pausado y firme de Kael, el calor metálico del fusil del centinela detrás de la puerta y, sobre todo, un zumbido agudo y distante que provenía de las placas pectorales grises que Kael llevaba sobre el pecho.
Si dejaba que esa energía subiera a sus ojos o a su piel, el centinela dispararía, Kael activaría lo que fuera que llevara puesto y cinco meses de supervivencia terminarían contra la pared de hormigón de esa celda.
Demian mantuvo el rostro completamente inexpresivo.
En su mente, visualizó una compuerta de acero macizo —como la puerta del búnker de municiones de su antiguo cuartel— y la cerró de golpe sobre el horno negro de su pecho, empujando el calor hacia abajo con toda la disciplina férrea de nueve años de operaciones encubiertas.
El halo rojizo de su ojo derecho se apagó. Sus pulsaciones en el monitor de Sera bajaron de noventa a sesenta y cuatro en tres respiraciones.
—¿Qué me inyectaron mientras dormía? —preguntó Demian, dirigiendo la pregunta a Sera con el tono exacto de un soldado desconfiado que exige explicaciones médicas.
—Suero salino, glucosa y analgésicos suaves durante el primer mes —respondió Sera, frunciendo el ceño al ver cómo el monitor cardíaco se estabilizaba con una rapidez imposible—.
Ningún compuesto experimental, te doy mi palabra.
Lo que sea que haya reconstruido tu sistema nervioso fue la respuesta inmunológica de tu propio cuerpo a la descarga del cristal...
o algo en tu fisiología previa que neutralizó la infección demoníaca y asimiló el residuo energético.
—Los Altos Mandos tienen su propia teoría —dijo Kael, poniéndose de pie y proyectando su sombra larga sobre el catre—.
Creen que los sobrevivientes que resisten el contacto directo con un núcleo sin mutar desarrollan una adaptación física similar a la de los antiguos guerreros de primera línea.
Por eso autorizaron mantenerte con vida, y por eso dejaron esto aquí.
Kael señaló con el mentón la espada de vaina negra apoyada en el rincón.
—Forjada con aleación recuperada de los primeros enfrentamientos —continuó el comandante—. Pesa el doble que un sable convencional. Cuando puedas sostenerte sobre tus dos piernas sin vomitar, vas a presentarte en el patio de instrucción del nivel superior al amanecer.
—¿Y si decido que mi guerra terminó, comandante? —preguntó Demian, probando los límites de su jaula.