Capítulo 2 — Cinco meses de invierno
Cinco meses de invierno
El dolor regresó mucho antes que la memoria o el nombre.
No llegó de golpe, sino subiendo desde una profundidad abismal, como un cadáver lastrado con piedras que rompe las cadenas en el fondo de un océano glacial y asciende lentamente hacia la superficie.
Al principio fue apenas una noción de densidad: la certeza muda de que todavía existía un cuerpo y de que ese cuerpo ocupaba un espacio cerrado y hostil.
Luego apareció el latido sordo detrás del hueso frontal.
Después, un ardor constante, tirante y seco que le cruzaba la mitad derecha de la cara desde la sien hasta la mandíbula.
Y finalmente, el peso aplastante de los órganos: los pulmones pegados entre sí como fuelles viejos, la lengua áspera adherida al paladar reseco, la sangre espesa empujando con esfuerzo por capilares que parecían desacostumbrados al movimiento.
Intentó inhalar a fondo. El pecho le crujió y el aire entró con un silbido rasposo que le quemó los bronquios, cargado de un olor que no era el humo ni el aceite mineral de su cocina: olía a antiséptico barato, a óxido húmedo, a grasa de maquinaria pesada y al sudor rancio de cientos de cuerpos encerrados bajo tierra.
A través de la niebla espesa del letargo comenzaron a filtrarse sonidos.
Un goteo metálico e irregular a su izquierda.
El zumbido grave e incesante de generadores diésel transmitido a través de pisos de acero.
Pasos apresurados con botas de suela dura por un corredor exterior.
Voces humanas hablando en susurros tensos, recortados, el tono inconfundible de una enfermería de campaña cuando los suministros están por debajo del mínimo crítico.
Demian intentó abrir los párpados.
Una franja de luz blanca, cruda y fluorescente le atravesó las pupilas como dos agujas al rojo vivo.
Los cerró de inmediato con una mueca involuntaria, conteniendo un quejido en la garganta.
Esperó. Obligó a su diafragma a subir y bajar siguiendo el conteo de cuatro tiempos que enseñaban a los reclutas para bajar las pulsaciones bajo fuego enemigo. Uno, dos, tres, cuatro.
Mientras respiraba en la oscuridad detrás de sus párpados, los fragmentos de la última noche cayeron en su sitio con la violencia de escombros desplomándose.
La mesa de la cocina. La Beretta desmontada.
Su madre frente al vidrio diciendo mira los ángulos .
El cielo púrpura abriéndose en canal. El vecino retorciéndose sobre el asfalto.
Su padre en el pasillo con el cuchillo de carnicero diciendo yo soy los únicos diez segundos que tienes .
La puerta volando en pedazos. El golpe contra la pared.
El rubí agrietado bajo la culata de la pistola.
«Cuando despiertes... serás uno de nosotros.»
Los dedos de su mano derecha se cerraron de golpe sobre el borde metálico del catre en el que yacía.
Se escuchó un chirrido agudo y seco: el tubo de hierro hueco del armazón de la cama acababa de abollarse bajo la presión de sus falanges como si fuera de estaño blando.
A dos metros de distancia, el sonido de un portapapeles metálico cayendo al suelo rompió la quietud de la sala.
—¡Se movió! —exclamó una voz de mujer, joven pero gastada por la falta de sueño, con un matiz donde el asombro se mezclaba con una cautela instantánea—. ¡Guardia! ¡Avisen al comandante Kael ahora mismo, el paciente de la celda cuatro acaba de despertar!
Pasos rápidos se acercaron al catre, pero se detuvieron prudentemente a un metro y medio del borde, justo fuera del alcance del brazo de un hombre acostado. Demian, incluso con los ojos cerrados, registró esa distancia táctica. No estaba en una sala común.
Una sombra se interpuso entre su rostro y el tubo fluorescente del techo.
—¿Puedes oírme? —preguntó la mujer, controlando su propia respiración para sonar profesional—. No intentes levantarte de golpe, tienes atrofiada la musculatura superficial. Si me entiendes, parpadea dos veces.
Demian abrió los ojos despacio, forzando a sus pupilas a adaptarse a la claridad cenicienta del cuarto, y parpadeó dos veces.
Lo primero que notó fue que su visión había cambiado.
No veía borroso; por el contrario, veía con una definición excesiva que resultaba casi molesta.
Con el ojo izquierdo distinguía cada remache oxidado de las placas de acero que formaban el techo abovedado y las gotas de condensación que resbalaban por los conductos de ventilación.
Pero con el ojo derecho —el lado que las garras del demonio habían abierto— percibía algo adicional: un halo tenue, casi imperceptible, de calor y corriente eléctrica alrededor de los cables del techo y del cuerpo de la mujer que tenía delante.
Ella soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones.
Tenía unos treinta años, el cabello rubio ceniza recogido en un rodete apretado sin ningún cuidado estético y ojeras violáceas profundas bajo unos ojos grises muy despiertos.
Llevaba una chaqueta médica gris sobre un uniforme de fajina oscuro y, colgada al cinturón junto al estuche de instrumental quirúrgico, una pistola semiautomática con la funda desabrochada.
En un hospital normal, los médicos no llevan la funda desabrochada frente a sus pacientes en coma.
—Increíble —murmuró ella, sin acercarse todavía del todo—. Tus signos vitales pasaron de treinta pulsaciones por minuto a ochenta en cuatro segundos.
—Agua... —intentó decir Demian. La palabra salió como el roce de dos piedras secas; tuvo que tragar saliva con dolor para destrabar las cuerdas vocales—. ¿Dónde... está mi familia?
La expresión de la médica se cerró una fracción de segundo antes de volver a la neutralidad clínica. Tomó un vaso de aluminio con una bombilla plástica curva de la bandeja rodante y, estirando el brazo sin inclinar el torso hacia él, se lo acercó a los labios.
—Bebe despacio. En sorbos cortos, o tu estómago lo va a rechazar. Me llamo Sera; soy la oficial médico a cargo del sector de cuarentena.
El agua sabía a cloro y a tubería vieja, pero cuando bajó por el esófago de Demian le pareció el líquido más limpio que había probado jamás. Bebió tres sorbos pequeños, sintiendo cómo el frío despertaba sus entrañas dormidas, y luego apartó la cabeza para recorrer la habitación con la mirada.
Era un cubículo rectangular de cuatro metros por tres, excavado en hormigón subterráneo y revestido con planchas de acero soldadas de forma apresurada.
No había ventanas. Sus tobillos no estaban atados en ese momento, pero a ambos lados del catre colgaban correas gruesas de cuero reforzado con hebillas de hierro que mostraban marcas evidentes de haber estado cerradas durante mucho tiempo.
En la pared del fondo, frente a los pies de la cama, una puerta blindada con mirilla de vidrio grueso permanecía entreabierta, custodiada desde afuera por un centinela con fusil de asalto.
Y apoyada en el rincón derecho, fuera del alcance de la cama pero dentro del cuarto, había una mesa metálica con el equipo personal que habían recuperado con él: los restos rasgados y rígidos de sangre seca de su camisa, su reloj de pulsera con el cristal roto detenido a las dos y cuarenta y siete, y una espada de hoja recta y larga envuelta en una vaina de cuero negro sin adornos que Demian jamás había visto en su vida.
Antes de que pudiera preguntar por la hoja, la puerta blindada terminó de abrirse con un quejido de bisagras pesadas y dos hombres entraron en el cubículo.
El primero era un guardia corpulento que se apostó junto a la pared con la mano sobre el guardamonte de su arma. El segundo avanzó hasta los pies del catre y se detuvo allí, con las manos cruzadas detrás de la espalda en posición de descanso militar.
Era un hombre alto, de unos treinta y ocho o cuarenta años, de espalda ancha y postura absolutamente erguida.
Llevaba el cabello oscuro rapado al ras de un cráneo marcado en la sien izquierda por una cicatriz blanca en forma de estrella, y su rostro anguloso tenía esa geografía dura de los oficiales de campo que han enterrado a demasiados subordinados como para gastar energía en gestos de cortesía.
Vestía un abrigo táctico negro sobre placas pectorales de un metal extraño, de un tono gris perla mate que no parecía acero ni titanio, grabadas con líneas geométricas finísimas que parecían absorber la luz del tubo fluorescente.
Observó a Demian en silencio durante cinco segundos enteros. Sus ojos oscuros bajaron un instante hacia el tubo de hierro abollado del borde del catre y luego volvieron a subir hacia la cicatriz reciente que cruzaba el pómulo derecho de Demian.
—Soy el comandante Kael —dijo con una voz grave, medida y desprovista de adornos—. Dirijo el Tercer Escuadrón de Asalto del Bastión Sur.
Demian apoyó los antebrazos sobre el colchón e intentó incorporarse para hablarle sentado, como dictaba la costumbre militar ante un oficial superior.
A mitad del movimiento, el vestíbulo de su oído interno pareció girar noventa grados de golpe y una oleada de náusea negra le nubló la periferia de la vista.
Kael dio dos pasos largos y apoyó una mano enguantada, firme como una prensa hidráulica, sobre el hombro izquierdo de Demian, obligándolo sin violencia pero sin margen de réplica a recostar la espalda contra el cabezal elevado.
—Quieto, sargento primero —dijo Kael, usando el rango que figuraba en la placa de identificación que Demian aún llevaba colgada al cuello—. Tus músculos llevan demasiado tiempo sin sostener tu propio peso.
Demian cerró los ojos un segundo, esperó a que el techo de acero dejara de rotar y volvió a fijar la vista en el comandante.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó con la voz todavía ronca—. ¿Cuántos días estuve inconsciente?
Sera miró a Kael de reojo. El comandante no apartó la vista de Demian.
—Ciento cuarenta y seis días —respondió Kael—. Casi cinco meses.
El silencio que cayó sobre el cubículo de cuarentena tuvo el peso del plomo fundido.