La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 1 — La noche de la ruptura #4
9%

Capítulo 1 — La noche de la ruptura #4

El rubí del tamaño de un puño incrustado en el hueso frontal de la criatura no era un adorno ni una coraza: estaba rodeado de un tejido negro palpitante, idéntico al tejido cicatricial alrededor de una metralla mal extraída, y por debajo de sus facetas cristalinas corrían filamentos de sombra viva que se conectaban directamente con el cerebro y el sistema nervioso de la bestia.

Latía exactamente al mismo compás que la grieta del cielo exterior.

No era un órgano propio del monstruo. Era un receptor.

Un ancla que mantenía esa masa de pesadilla atada a las leyes físicas de la Tierra.

Demian no intentó cambiar el cargador. Invirtió el agarre de la Beretta de acero macizo, tomando el cañón hirviendo con la palma desnuda sin importarle el olor a su propia piel quemada, impulsó todo el peso de sus ochenta y cinco kilos desde el talón trasero y descargó el talón metálico de la empuñadura con toda la fuerza de su cuerpo directamente sobre el vértice central del rubí.

El choque produjo una chispa blanca, cegadora, y un sonido parecido al de una campana de cristal rajándose bajo el agua.

Una fisura del grosor de un cabello cruzó el corazón de la gema de arriba abajo.

La reacción fue instantánea y catastrófica.

El demonio soltó un bramido que ya no fue mental sino físico, una onda de choque acústica que reventó el resto de los cristales de la cocina, arrancó las puertas de las alacenas y lanzó a Demian de espaldas contra la heladera.

De la fisura microscópica del rubí brotó un chorro errático de humo negro y relámpagos carmesíes, como una tubería de alta presión perforada que escupía una sustancia anterior a la creación del tiempo.

La criatura se llevó una garra al rostro, retrocediendo medio paso por primera vez desde que había tocado tierra, y con el otro brazo lanzó un zarpazo ciego, cargado con la energía desbordada del cristal herido.

Las puntas de las garras rozaron el pómulo derecho de Demian, desde la sien hasta la comisura de la mandíbula, en el mismo instante en que el cristal dañado descargaba una onda esférica de radiación oscura a quemarropa.

Demian sintió primero que el costado derecho de su cara se abría hasta el hueso; luego sintió el calor espeso de su propia sangre bañándole el cuello y la clavícula; y un microsegundo después, antes de que su espalda terminara de golpear el piso de baldosas, sintió que algo líquido, helado y ardiente al mismo tiempo se colaba por las heridas abiertas de su rostro y por su boca entreabierta, bajando por su tráquea y ramificándose por sus arterias hacia el centro exacto de su pecho.

El dolor no tuvo escala humana. Fue como si cada nervio de su cuerpo hubiera sido conectado a una turbina eléctrica y sumergido en ácido simultáneamente.

Sus músculos se contrajeron con tal violencia que su nuca golpeó las baldosas dos veces.

Sus pulmones se vaciaron de aire sin poder volver a llenarse.

La vista del ojo derecho se le tiñó de un rojo escarlata absoluto, y con el ojo izquierdo, borroso por el sudor y el polvo de yeso, vio la silueta colosal del demonio recortada contra el resplandor púrpura del salón.

La criatura se sostenía la frente con una mano.

El rubí seguía goteando hebras de sombra humeante sobre el suelo, pero la fisura no había bastado para matarlo.

El monstruo dio un paso pesado hacia la cocina y se detuvo junto a las botas de Demian, mirándolo desde arriba mientras la sangre del soldado formaba un charco oscuro alrededor de los casquillos vacíos de nueve milímetros.

La frialdad clínica había regresado a sus ojos rojos, pero ahora estaba mezclada con algo distinto. Con el desconcierto de quien observa un experimento arrojar un resultado imposible.

— Deberías haberte reducido a ceniza —vibró la voz triple en la oscuridad creciente de la mente de Demian—. La sangre de tu madre tiene memoria antigua. La esquirla ha encontrado un vaso.

La criatura se inclinó un poco más, observando cómo las venas del cuello de Demian se teñían momentáneamente de negro bajo la piel pálida antes de que el corazón diera un vuelco violento.

— Curioso —murmuró la entidad antes de girarse hacia el hueco del ventanal abierto al cielo en llamas—. No importa. Cuando despiertes, si tu carne soporta el cambio... serás uno de nosotros.

Las sombras del salón parecieron plegarse alrededor de la figura de tres metros y, con un trueno seco que sacudió las paredes, la bestia saltó hacia la noche exterior.

Demian quiso girar la cabeza hacia el rincón del aparador donde había caído su madre.

Quiso arrastrarse hacia el cuerpo inmóvil de su padre junto a la ventana.

Pero sus brazos ya no le obedecían; pesaban como si estuvieran fundidos en plomo, y dentro de su caja torácica, detrás del esternón, algo acababa de enroscarse alrededor de su corazón y comenzaba a latir con su propio ritmo lento, antiguo y ajeno.

Afuera, la ciudad ardía de horizonte a horizonte.

A cuatro kilómetros de distancia, la corteza terrestre se abría entre las avenidas principales para dejar emerger la primera de las agujas de obsidiana que el mundo aprendería a llamar las Manos de Lucifer.

Los primeros escuadrones de seres alados que habían intentado contener la brecha en las alturas caían envueltos en fuego negro.

El mundo que Demian había conocido durante treinta y dos años tenía menos de cuarenta minutos de existencia restante.

Y Demian, tendido sobre los restos de lo que había sido su hogar, mientras sus párpados se cerraban sobre un abismo sin fondo, dejó de respirar.