Capítulo 1 — La noche de la ruptura #3
El edificio entero tembló desde sus cimientos cuando la mole dio un salto vertical que destrozó el balcón del tercer piso, rebotó contra la fachada de ladrillo visto e irrumpió a través del muro exterior del cuarto piso como un proyectil de artillería.
En el hueco de la escalera central resonó un rugido grave, sub-sónico, que hizo vibrar los empastes dentales de Demian y sacudió el polvo acumulado durante décadas en las vigas del techo.
Se escucharon los gritos breves de los vecinos del quinto piso, el estallido de una puerta de madera maciza reducida a astillas y luego el silencio pesado de unas pisadas que subían los escalones de hormigón de tres en tres, haciendo crujir la estructura bajo un peso de media tonelada.
Venía hacia ellos. No subía al azar limpiando el edificio: subía por ellos.
Arturo soltó la mochila, entró en la cocina en dos zancadas y tomó del bloque de madera el cuchillo de carnicero de hoja ancha, de veinticinco centímetros.
Era un gesto que en cualquier manual táctico habría resultado patético, casi absurdo frente a lo que acababan de ver en la avenida.
Pero bajo la luz rota de su cocina, con las manos manchadas de manchas de la edad que por primera vez no temblaban en absoluto, fue el acto más ferozmente humano que Demian había presenciado en treinta y dos años de vida: la resolución final de un padre que ha hecho las cuentas en un segundo, sabe que el resultado es cero y decide cobrar cara su piel de todas formas.
—Al dormitorio del fondo, los dos —dijo Arturo, plantándose en el pasillo estrecho que conectaba la puerta blindada de entrada con el salón—. Hay un conducto de ventilación que da al techo del garaje lateral. Rompe la rejilla y baja a tu madre por ahí.
—Papá, suelta eso y ven conmigo —dijo Demian, adelantándose con la Beretta en doble empuñadura, apuntando hacia la puerta de entrada—. Una hoja no le va a hacer ni un rasguño.
—¡Te dije que te lleves a tu madre, soldado! —rugió Arturo, usando por única vez en su vida el rango de su hijo sin mirar atrás—. ¡Necesitas diez segundos para abrir esa rejilla y yo soy los únicos diez segundos que tienes!
En el rellano exterior, el suelo vibró. Una sombra densa bloqueó por completo la rendija de luz debajo de la puerta principal.
Antes de que Demian pudiera empujar a su padre hacia atrás, la puerta blindada de chapa de acero y madera dura, con sus tres cerrojos pasadores empotrados en el marco de mampostería, explotó hacia adentro.
No se abrió sobre sus bisagras: salió despedida por el pasillo como un ariete, rozó el hombro izquierdo de Demian lanzándolo de espaldas contra la mesa de la cocina y sepultó parcialmente a su madre bajo los restos del aparador de madera en la esquina del salón.
El humo, el polvo de yeso y un hedor asfixiante a hierro viejo y ozono llenaron el departamento.
La criatura tuvo que encorvar el cuello y girar los hombros para atravesar el dintel destrozado.
En el espacio reducido de una vivienda humana, su escala resultaba obscena, una violación de las leyes del volumen y la proporción.
Las espinas dorsales de su espalda rasparon el yeso del techo dejando surcos profundos; el calor que irradiaba su cuerpo elevó la temperatura del pasillo diez grados en un instante.
Sus ojos de sangre seca recorrieron las paredes descascaradas, los retratos caídos y la mesa volcada con una lentitud deliberada, como un tasador evaluando escombros que ya le pertenecen.
Cuando habló, no movió ninguna mandíbula visible. Las sílabas se formaron directamente por vibración simpática en los huesos del cráneo de quienes estaban en la habitación, con una voz superpuesta como tres gargantas hablando al unísono en octavas distintas:
— Este mundo ya no les pertenece. El sello ha expirado.
No había ira en esa declaración. Era la notificación burocrática de un desalojo cósmico.
Arturo no esperó a que terminara la vibración. Con un grito seco, sin palabras, se lanzó hacia adelante por el pasillo estrecho, buscando con la punta del cuchillo la articulación inferior del cuello de la bestia.
El demonio apenas desvió la mirada hacia abajo. Movió el dorso de su antebrazo izquierdo con un gesto casi distraído, con la misma economía de esfuerzo con que un hombre aparta una rama baja en el bosque.
El impacto sonó como un saco de cemento golpeado con una viga de hierro.
El cuerpo de Arturo describió un arco corto y violento, se estrelló de espaldas contra el muro de carga del fondo del salón —dejando una grieta radial en el revoque teñida de rojo oscuro— y cayó de costado sobre los vidrios del ventanal. No emitió ningún quejido. No volvió a moverse.
En algún lugar detrás de los restos del aparador, Elena soltó un sonido ahogado, roto, que no llegó a ser un grito.
Dentro del pecho de Demian, algo se partió en dos.
No fue un hueso ni un músculo; fue la última compuerta que lo ataba a la prudencia, al miedo a la muerte o a cualquier cálculo de supervivencia futura.
Cuando esa estructura interna cedió, el hueco que dejó no se llenó de histeria ni de llanto, sino de un frío polar, silencioso y absoluto.
El mundo entero adquirió una nitidez quirúrgica.
Cada grano de polvo flotando en la luz púrpura, cada grieta en la coraza quitinosa del monstruo, el latido rítmico del rubí incrustado en su frente: todo quedó enfocado a cámara lenta.
Demian se incorporó sobre una rodilla entre los restos de la mesa de la cocina, levantó la Beretta a la altura de la línea visual y disparó.
Seis veces. Cadencia de combate cercano, doble par al pecho, cuatro a la cabeza.
Los fogonazos iluminaron el pasillo con destellos anaranjados ensordecedores.
Los casquillos calientes rebotaron contra los azulejos de la cocina.
Las seis ojivas encamisadas de nueve milímetros impactaron a menos de tres metros de distancia: dos en el esternón negro, dos en el pómulo quitinoso, dos a milímetros de la cuenca ocular derecha.
El plomo se aplastó en discos deformes que cayeron humeando al piso sin haber penetrado ni un milímetro de la dermis exterior.
El demonio ni siquiera cerró los párpados.
Giró lentamente el torso hacia la cocina y fijó sus pupilas rojas en el hombre arrodillado que sostenía la pistola humeante.
— Interesante —resonó la voz triple dentro del cráneo de Demian—. La presa intenta morder el hierro.
Demian continuó apretando el gatillo mientras se ponía de pie y avanzaba hacia la bestia.
Siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince.
La corredera de la Beretta quedó trabada hacia atrás al agotarse el cargador, exponiendo el cañón caliente que todavía olía al aceite con el que lo había estado limpiando diez minutos antes.
El demonio levantó su garra derecha para atravesarle el tórax, pero al inclinarse hacia adelante bajo el dintel bajo de la cocina, dejó su cabeza a menos de un metro del rostro de Demian.
Y Demian vio el detalle que la distancia había ocultado.