Capítulo 1 — La noche de la ruptura #2
En la oscuridad repentina del departamento, el resplandor púrpura del exterior entró por el ventanal y tiñó la piel de los tres con un color ceniciento de fotografía antigua.
Nadie se movió durante tres segundos. El aire dentro de la sala se volvió tan frío que el aliento de Demian formó una nube tenue frente a sus labios. Sus oídos se taparon de golpe, igual que cuando un avión de transporte militar despresuriza la cabina antes de un salto a gran altitud.
Entonces el cielo se rasgó.
No hubo trueno. El cerebro de Demian esperaba una detonación sónica, el rugido de un bombardeo orbital o el estallido de un misil balístico, pero lo que llegó fue infinitamente más perturbador: un sonido de succión seca y colosal que pareció originarse simultáneamente en las nubes y dentro de sus propios tímpanos.
Sonó como una vela de barco de diez kilómetros de ancho rasgándose de extremo a extremo a lo largo de una costura podrida.
En el cénit exacto sobre la metrópoli se abrió una grieta vertical.
Sus bordes eran dentados, fulgurantes con una radiación entre el violeta y el carmesí oscuro, pero su interior no tenía color.
Era una ausencia absoluta de materia y de luz, una hendidura hacia un plano que el ojo humano no tenía fotorreceptores para interpretar.
Mirar directamente hacia el centro de esa abertura producía un pinchazo agudo detrás de los globos oculares y un vértigo nauseabundo, como asomarse al borde de un pozo cuya gravedad tirara hacia arriba en lugar de hacia abajo.
Y de la herida del cielo comenzaron a caer cosas.
Al principio parecían pavesas de un incendio lejano. Cientos, luego miles de motas oscuras desprendiéndose de los labios de la grieta y descendiendo sobre la cuadrícula de la ciudad en un silencio sepulcral, con la lentitud ceremonial de la ceniza volcánica.
Demian dio dos pasos rápidos hacia atrás, sin dejar de mirar por la ventana, hasta que su mano derecha encontró el borde de la mesa de la cocina. Sus dedos buscaron a ciegas entre los fragmentos de vidrio de la bombilla rota hasta tocar el armazón frío de la Beretta.
Afuera, a medida que las formas descendientes atravesaban el estrato inferior del aire, el resplandor púrpura comenzó a revelar sus contornos.
No eran paracaidistas. No eran cápsulas ni drones.
Y tampoco eran los demonios de la iconografía religiosa que colgaban en los cuadros de las iglesias viejas.
Eran arquitecturas vivientes de una biología ajena a este universo, formas que el entendimiento humano intentaba clasificar desesperadamente sin éxito.
Algunos poseían torsos alargados, desprovistos de piel, formados por placas superpuestas de quitina negra y músculo fibroso cuyas extremidades se articulaban en tres o cuatro codos hacia atrás.
Otros descendían envueltos en estructuras laminares que solo podían llamarse alas por falta de una palabra mejor: abanicos asimétricos de una sustancia similar a la obsidiana líquida que no batían el aire para sostenerse, sino que parecían deslizarse apoyándose en las líneas de tensión magnética del espacio deformado.
No caían al azar. Se distribuían por sectores sobre los barrios, los puentes, las subestaciones eléctricas y los cuarteles con la precisión geométrica de una fuerza de ocupación que conoce el mapa del terreno desde hace siglos.
Con la serenidad implacable de quien no está invadiendo una tierra extraña, sino regresando a reclamar una propiedad abandonada.
Las primeras ondas de choque llegaron treinta segundos después de que la primera oleada tocara los tejados.
El impacto inicial a seis cuadras de distancia sacudió los cimientos del edificio de departamentos con la violencia de un sismo de grado seis.
El cristal del ventanal se arqueó hacia adentro con un gemido agudo pero no llegó a romperse.
En la estantería del salón, los platos decorativos y los marcos con fotografías familiares cayeron al piso de madera en una lluvia de vidrio astillado.
Una columna de fuego blanco y humo negro se alzó detrás del edificio del banco central, seguida casi de inmediato por tres explosiones secundarias que iluminaron las siluetas de criaturas colosales caminando sobre las cornisas de los rascacielos.
Y entonces, rompiendo la parálisis de la madrugada, comenzaron los gritos.
Primero fue uno solo, en el edificio de enfrente: una voz de mujer cortada en seco por el estruendo de mampostería derribada.
Luego se sumaron docenas en las calles laterales, después cientos, hasta que el tejido sonoro de la ciudad entera se transformó en un coro de alarmas de automóviles, sirenas de emergencia que morían a mitad de tono, estampidos de armas cortas dispersas y el clamor animal de millones de personas comprendiendo al mismo tiempo que no había ningún lugar seguro adonde correr.
Las manos de Demian ya habían terminado de armar la Beretta.
Corredera encajada, palanca de desmontaje girada, cargador de quince cartuchos de nueve milímetros insertado de un golpe seco con la palma, corredera tirada hacia atrás para alimentar la recámara.
Quitó el seguro. Todo en menos de cuatro segundos, en la penumbra, con un corte superficial en el índice por el vidrio de la bombilla que ni siquiera sintió.
Metió dos cargadores adicionales en el bolsillo del pantalón táctico que llevaba puesto.
—¡Al pasillo, ahora! —ordenó Demian con voz de mando, esa voz seca del ejército que no admite preguntas—. ¡Papá, saca las llaves de la camioneta y la mochila gris del armario de la entrada! ¡Tenemos que bajar por la escalera de incendios antes de que bloqueen la calle!
Arturo parpadeó, sacudido por el tono de su hijo, y dio media vuelta hacia el recibidor dejando caer la taza vacía sobre la alfombra.
Pero su madre no se movió del ventanal.
—Mamá —Demian la tomó del brazo izquierdo, tirando de ella hacia el interior del salón—. Vamos. No podemos quedarnos en un sexto piso.
Elena giró la cabeza hacia él con una lentitud extraña.
A la luz violeta que se filtraba desde el cielo desgarrado, el rostro de su madre no mostraba el terror descompuesto que Demian había visto en civiles atrapados en zonas de guerra.
Tenía los ojos muy abiertos, húmedos pero fijos, con una serenidad sobrecogedora que a Demian le heló la sangre más que los rugidos que empezaban a multiplicarse en la avenida.
—No hay ningún lugar al que escapar, hijo —dijo ella, apoyando una mano tibia sobre el antebrazo armado de Demian—. Esto no es una guerra entre naciones. Es la Ruptura. Es lo que mi madre dibujó durante treinta años hasta que se quedó ciega.
—No me importa cómo se llame, vamos a salir de aquí —replicó él, tirando de nuevo.
Abajo, en el centro mismo de la avenida frente al edificio, el pavimento estalló bajo el peso de algo que cayó en picada desde quinientos metros de altura.
La onda expansiva terminó de reventar la mitad inferior del ventanal del salón.
Demian cubrió a su madre con el cuerpo mientras una lluvia de cristales les golpeaba la espalda.
Cuando levantó la cabeza por encima del alféizar dentado, el aire frío y cargado de polvo de cemento y azufre le golpeó la cara.
En medio del cráter sobre el asfalto destrozado se erguía una de las criaturas.
Medía más de tres metros de altura cuando terminó de enderezarse.
Su cuerpo era un armazón masivo de tejido negro mate que parecía tragar la luz ambiental en lugar de reflejarla, recorrido por fisuras subcutáneas por las que circulaba un fulgor carmesí espeso como magma.
De su cráneo alargado emergían dos estructuras óseas curvadas hacia atrás, similares a coronas rotas, y en el centro de su frente brillaba una piedra facetada del tamaño de un puño cerrado: un rubí oscuro que latía en perfecta sincronía con las pulsaciones del cielo abierto.
Dos vecinos del edificio contiguo habían salido corriendo por el portal principal hacia sus vehículos estacionados. Al ver a la criatura erguirse entre el humo, el más joven intentó dar media vuelta; el segundo tropezó con el cordón de la vereda.
El demonio inclinó la cabeza unos milímetros. Sus ojos, del color de la sangre coagulada sobre el hierro, los registraron sin rabia, sin sadismo, con la indiferencia clínica de un exterminador que observa insectos en un zócalo.
Se desplazó.
No corrió en el sentido biomecánico que Demian conocía.
El espacio entre el cráter y la vereda pareció plegarse durante una fracción de segundo, y la mole de tres metros estuvo sobre el hombre caído antes de que el grito terminara de salir de su garganta.
Una garra de cuatro dedos largos se cerró sobre el cráneo del vecino y no lo aplastó: las venas carmesíes del brazo del demonio destellaron e inyectaron un pulso de oscuridad líquida directamente a través de la piel humana.
El hombre soltó un alarido que cambió de octava a mitad de camino, perdiendo cualquier rastro de timbre humano.
Su cuerpo se arqueó contra el asfalto. Bajo la tela de su camisa, la columna vertebral y las costillas se fracturaron y se reacomodaron con un crujido húmedo de ramas verdes quebrándose que se escuchó claramente hasta el sexto piso.
La piel se tiñó de gris ceniza, las extremidades se alargaron desgarrando la ropa y, cinco segundos después, aquello que se puso en cuatro patas sobre la vereda ya no conservaba ni el nombre ni el alma del hombre que había salido del portal.
—No los están matando a todos —susurró Arturo, que había regresado del recibidor con la mochila de emergencia en una mano y miraba hacia abajo con el rostro desencajado—. Los están convirtiendo.
En ese instante, la criatura del cráter levantó la cabeza.
Sus ojos rojos y el rubí pulsante de su frente apuntaron directamente hacia el hueco del ventanal roto del sexto piso. Directamente hacia los ojos de Demian.