La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 22 | ¿Eres tú?
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Capítulo 22 | ¿Eres tú?

Beatriz/Inmaculada podía ser una delicuente y una ególatra, pero también era sensata.

Tomó la decisión más lógica y salimos pausadamente del despacho.

Con una impostada tranquilidad, dijo a una de las funcionarias que tenía que acompañarnos y que la necesitábamos para hacer unos trámites.

No era mentira, tenía que estar allí para hacer su ficha policial, tomarle las huellas… Pero antes iríamos a otro sitio.

—¿A dónde vamos?—, preguntó nerviosa la concejala —La comisaría está ahí, a la izquierda.

—Tenemos que hacer un recado y nos vas a acompañar.

—¿Y a dónde vamos para hacer ese recado?—, preguntó con una voz envenenada.

—A tu pasado… Beatriz.

Esa respuesta debió helarle la sangre. Su cara palideció y su voz se apagó.

Masculló algo ininteligible, sin que sus cuerdas vocales emitieran sonido alguno.

A mí lo que me extrañaba era que no sospechara nada cuando la había llamado dos veces por su antiguo nombre. A ver si no la estaba sobrevalorando…

Por si le quedaba alguna duda a nuestra pasajera, el desvío que tomamos le hizo de confirmación.

Se puso más blanca que Miguel cuando lo cogí en el ayuntamiento: si en la frente de este se podían proyectar diapositivas, la cara de Beatriz servía para películas en Full HD.

La vibración de mi móvil me hizo suponer que la grabación ya estaba enviada y un segundo temblor en mi bolsillo me daba a intuir una respuesta. Lo único era saber cuál era.

Tomamos una curva hasta entrar en un camino rural y giramos a la derecha en el cuarto carril.

El cobertizo se alzaba ante nosotros cuando tiré del freno de mano y apagué el motor.

En el coche se hizo el silencio, quebrado solamente por los sollozos ahogados de Beatriz.

Ahí, en mitad de la nada, sí le pusimos las esposas.

Una cosa era guardar su dignidad delante de todo el mundo y la otra era arriesgarnos a un intento de fuga ahí donde se acababan los caminos entre arbustos y construcciones en ruinas.

Mientras, miré mi móvil y la anunciada respuesta de Alba, efectivamente, había llegado hacía un rato.

Voy para allá. Conozco el sitio.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Alba había estado allí y no tenía pinta de que fuera para tomar el té.

Aparte de que tuviera que revivir lo ocurrido, no sabíamos qué podíamos encontrar, si es que podíamos encontrar algo.

El caso es que queríamos echar un vistazo a ese cobertizo que llamaban El Estambre, donde Las Mariposas se reunían, planeaban fechorías y a saber qué más pudieran haber hecho allí.

Aunque hacía calor, el aire se había vuelto frío en el momento en que cruzamos la vetusta puerta del cobertizo.

Beatriz empezó a ponerse nerviosa nada más poner un pie allí.

No es que fuera una confesión no verbal, yo también podía sentirlo.

La cara del comisario era la de un marinero montando en barco por primera vez, incluso pensaba que podría vomitar en cualquier momento por el tono verdoso de su tez.

Pero no podía culparlo. El aire tenía un olor rancio a risas adolescentes, a perfidia, a planes perversos y a gritos de alguna chica a la que hubieran maltratado allí.

El ambiente estaba cargado de maldad y olor a humedad de treinta años. Y lo más inquietante estaba por venir…

Cuando nuestras pupilas se adaptaron a la penumbra del interior, pudimos distinguir una forma humana en posición sedente.

Su mentón estaba pegado al pecho, como si estuviera tratando de dormir o si estuviera tan débil que no pudiera mantener la cabeza en una posición normal.

Unas cuerdas, atadas de forma tosca pero efectiva, mantenía sus brazos pegados al cuerpo y este bien sujeto al respaldo de la silla.

Avanzamos un poco más y, para nuestra sorpresa, las ataduras cayeron.

Distinguimos a una mujer que parecía caer hacia un lado hasta que otra silueta humana la sujetó para evitar el golpe contra el suelo.

—¡Elisa!—, gritó Beatriz.

—Tranquila, ya la tengo—, dijo la voz. Una voz que me hizo temblar el alma.

—¿Alba? ¿Eres tú?—, interrogó la detenida.

—Vaya, vaya, Beatriz Delgado—, dijo mi periodista favorita. Su voz estaba cargada de valor y firmeza, pero también temblaba como si le hablara a un fantasma. —Ha pasado mucho tiempo.

Su voz jadeaba mientras dejaba el cuerpo en el suelo, que empezaba a moverse cono si estuviera recuperando la movilidad tras horas y horas de entumecimiento. Alba le dio un poco de agua de la botella. Unos instantes después, las dos se incorporaron del todo.

Elisa dio unos pasos torpes y su musculatura parecía acalambrada, como si hubiera estado dormida durante el suficiente tiempo como para no poder sostener ese cuerpo.

Tenía el cabello rubio y desaliñado, su cuerpo era ancho aunque parecía débil.

Supuse que estaba deshidratada y mal nutrida aunque por un período que no superaba las dos semanas.

Pese a que su mirada era dulce apretaba los dientes, en parte por los calambres en sus miembros, en parte por la rabia contenida.

Avanzó hacia nosotros, que permanecíamos inmóviles entre la perplejidad y la curiosidad por ver qué haría.

Al llegar al comisario y a mí, pasó de largo y se detuvo al llegar a Beatriz.

Agarró su barbilla y le dio un largo y suave beso en los labios.

—Esta vez, la única, el beso lo he decidido yo.

—, dijo para sorpresa de todos, incluso de Beatriz.

—Y esto también—. Acto seguido, escupió en el suelo y le propinó un bofetón que resonó con fuerza en aquel pequeño habitáculo.

Aún hoy día me pregunto cómo se podía hacer tanto eco en un lugar tan pequeño.