Capítulo 21 | El estambre
Era una de esas pocas ocasiones en que Alba tenía que usar su coche, porque yo me tuve que ir un poco más temprano de lo habitual.
El comisario me esperaba y quería que desayunáramos juntos cerca de comisaría.
No podía decirle que no, toda vez que era su placa la que me iba a dar vidilla para poder acceder al Consistorio y al despacho de la concejala sin que me despacharan para ganar un tiempo que daría al traste con el caso.
—¿Entonces la señora Lamas no ha podido descifrar ese nombre nuevo?—, preguntó Zumalacárregui.
—No. Ella fue otra víctima de aquel grupito. Pero cambió de instituto poco antes de la famosa pelea.
—Pero entonces, ¿qué más puede aportar al caso?
—Ella padeció a nuestras sospechosas. Así que, aunque no viviera los siguientes años de las rosas marchitas, puede interpretar mejor que nosotros la información que vayamos consiguiendo—, dije orgulloso de ella y con cierto ademán protector.
—Dígame algo, ¿qué espera conseguir hoy?
—Lo primero, información del caso de urbanismo. Y, por otro lado, ponerla nerviosa. A estas alturas es más difícil que nos pueda despistar si es ella la asesina.
Di un sorbo de café mientras esperaba la siguiente pregunta del comisario.
Quien dice pregunta, dice conclusión o afirmación.
Se estaba tomando en serio, cada vez más, lo de aprender y preguntar todo a cualquiera con más experiencia que él.
Y, por alguna razón, me estaba convirtiendo en una suerte de «padre policial» para el joven comisario.
De repente, su móvil interrumpió esa didáctica partida de ajedrez.
—Lacalle, tiene que ver esto—, dijo con la voz agitada, mientras me mostraba la pantalla del móvil.
Hoy he tenido que contenerme. Habíamos quedado en El Estambre, como siempre.
Sin embargo, ya no me sentía a gusto en aquel lugar.
Tantos años yendo juntas, riéndonos y teniendo nuestro lugar secreto, para ver que se ha convertido en un cuartel general donde planear la próxima maniobra de Beatriz y sus matonas.
Y eso me incluye, no me gusta. Bea actúa como si supiera demasiado de cada una, sabe cómo marear la perdiz y conseguir lo que quiere de cualquiera.
He sentido ganas de cruzarle la cara, pero me he contenido.
No sabía si las demás se quedarían quietas o la apoyarían.
Me siento la más fuerte por cuestionar a Bea.
Pero siguen siendo demasiadas para enfrentarlas yo sola si no tengo a nadie más.
—¿Qué opina, Lacalle?
—Creo que tenemos algo importante.
—¿A Pamela Rojo conteniéndose?
—No. El Estambre. Ese lugar.—, le dije. —Tengo que preguntar a Alba si sabe algo.
El comisario asintió con la cabeza mientras yo enviaba el mensaje a mi periodista favorita. Terminamos nuestros cafés y era hora de ponerse en marcha.
—Invito yo—, dijo el comisario entrando a en la cafetería para pagar.
Alba me llamó un minuto más tarde, con la voz acelerada, con la prisa propia de quien se ha escapado unos segundos del trabajo para poder ayudarnos.
Había colgado ya cuando Zumalacárregui se dirigía hacia mí para emprender el camino hacia el ansiado despacho.
En resumen, El Estambre era como aquellas Mariposas llamaban a un cobertizo abandonado que había en las afueras.
Me dio algunas instrucciones de cómo llegar.
Su voz me reveló que había estado allí y que la experiencia no había sido precisamente agradable. No entró en detalles… y lo agradecí.
—¿Hay algo nuevo? Le ha cambiado la cara, Lacalle.
—Creo que cuando acabemos en el despacho voy a llevarle de excursión—, dije con la voz seca, tratando de ocultar que la falta de detalles, si bien mantendría mi lucidez, me hacía imaginar mil cosas que esas matonas de instituto pudieron hacerle a Alba.
Apenas tardamos diez minutos en aparcar cerca del Ayuntamiento.
Nos dirigimos hacia el edificio, relativamente moderno para lo que había visto en otras ciudades.
Una construcción donde predominaba la sobriedad, la línea recta, sin esos elementos decorativos ni la carga barroca que se ven en algunas fachadas.
Tenía un aire soso y frío, como si fuera un quirófano donde olía a alcohol sanitario, a bisturí burocrático y a alguna hemorragia de dinero público que se derramaba donde no debía.
También era verdad que no había fachada barroca que evitara eso donde hubiera más de cuatro políticos juntos.
Entramos y fuimos directamente hacia el Área de Urbanismo.
Por lo que fuera, recordé el monólogo de un humorista donde decía que ahí era normal encontrar más psicópatas que en los expedientes de comisaría.
Primera planta, segunda planta… ya podríamos haber cogido el ascensor.
Paramos en el rellano a recuperar el aliento mientras oíamos pasos y puertas que se abrían y cerraban.
Nombres propios seguidos de alguna orden o petición.
«Paco, fotocópiame esto», «Cristina, deja esto en mi mesa, porfa », «Miguel...
». ¿Miguel? Aceleré el paso y llegué a tiempo para ver cómo su rostro palidecía al verme llegar.
Hice un sólo gesto con el dedo, ese de «ven aquí».
Y hacia mí venía un hombre con el rostro color cadáver y con el aliento acelerado, entrecortado, como si saliera de su boca sabiendo que no tiene permiso.
—¿Tú no tenías algo que contarme?
—Sí… No…— el pobre no sabía ni lo que decía, ni a dónde iba ni quién lo llevaba —Marcos, perdóname, no es tan fácil…
—¿Que no es tan fácil? Sólo tenías que mandarme un correo.
—Marcos…— dio un paso hacia una mesa, apuntó algo rápido en un post-it e hizo ademán de guardarlo en un bolsillo.
Agarré su mano y noté en su falta de resistencia que era justo lo que esperaba que hiciera. Guardé la nota en el bolsillo de mi gabardina con disimulo, como si sólo le hubiera inmovilizado la mano sin quitarle ese papel con una breve anotación que esperaba a ser leída cuando saliéramos de allí.
El comisario, por una vez y sin que sirviera de precedente, se percató de la maniobra y siguió el juego.
—Lacalle, deje a ese hombre. Tenemos que ver a la concejala—, dijo con una voz firme. Para una vez que mostraba autoridad y era dentro de una farsa.
—Tiene razón, comisario. Disculpe.
—Comi… ¿comisario?— balbució Miguel.
—Sí. No sé si la concejala nos está esperando o no, pero tiene que responder unas preguntas.
Miguel estaba tan blanco que se podían proyectar diapositivas en su frente. Además estaba sudando como si no estuviera puesto el aire acondicionado. Se apartó de nuestro camino mientras el comisario, con la placa en su mano y mostrándola a todo el mundo, precedía mis pasos.
Toc, toc.
Los nudillos de Zumalacárregui sonaron a cortesía sobre la madera de la puerta.
—Adelante—. La voz de la concejala denotaba rutina y una especie de altanería. Probablemente pensaba que era alguno de esos funcionarios que trabajaban en el pasillo que habíamos cruzado. Ni siquiera levantó la cabeza cuando entramos a la estancia.
—Buenos días, señora Mora. Soy el comisario Xabier Zumalacárregui y este es el detective Marcos Lacalle.
La concejala levantó la vista y su expresión era neutra, fría, fingiendo la indiferencia de una vaca mirando al tren. Pero los ojos nunca mienten y podíamos sentir cómo su mirada intentaba apuñalarnos.
—¿En qué puedo ayudarle, comisario?—, preguntó la concejala como si la cosa no fuera con ella.
—Sabrá que estamos investigando la recalificación de terrenos en las afueras y la concesión de licencias por vía de urgencia—, intervine. —Se sospecha de posibles delitos de cohecho y prevaricación—, solté a las bravas y me quedé tan ancho.
—¿Estoy acusada de algo?— preguntó. Su voz disimulaba hábilmente que se estaba poniendo a la defensiva.
—Nadie la acusa de nada. Sabemos cómo funciona esto y usted firma lo que le pongan por delante—, la disculpé burdamente.
Ella no se dio cuenta, pero sus hombros se relajaron.
Un gesto de alivio que equivalía a una confesión de las que no sirven ante un juez.
—Más bien sospechamos de sus funcionarios.
Había mentido bellacamente, pero había conseguido que ella se confiara un poco.
Beatriz sabía lo que había hecho; visto lo que había pasado con Miguel, ahí nada se movía sin su conocimiento y aprobación.
Pero ella no sabía nada del incidente con el funcionario del rostro pálido ni lo que yo estaba interpretando a partir de él.
A veces, la soberbia ajena es una llave para atrapar a estos aspirantes a mafiosos que se olvidan de que son concejales de ayuntamientos pequeños.
—¿Qué quiere decir? ¿Uno de mis subordinados puede ser un corrupto? ¡Eso es absurdo!—, exclamó. Trataba de convencerme de que una limpieza que no existía. Yo lo sabía. Ella no era consciente de que yo lo sabía.
—Verá, señora Mora. Como le he dicho, ya son muchos años y sabemos cómo va esto— exageré mi arrogancia para resultarle más incómodo.
Azuzar su ego con más ego era la clave para ponerla más nerviosa.
—Usted pone el nombre y las firmas, pero no las decisiones comprometidas.
Aquí se gana mucho dinero como para arriesgarlo en una jugada corrupta, perderlo todo y acabar a la sombra en Villa Candado.
Tiene que contentar a los de arriba para que la protejan y a los de abajo para que no filtren nada.
—Sí que lleva años en esto—, concedió ella.
—Lo suficiente para saber que un concejal de urbanismo suele ser una marioneta con ínfulas de capo mafioso. Dígame, Inmaculada, ¿lo es usted?
Acababa de lanzar un torpedo cargado de mala leche a la línea de flotación de su ego. Si había sido capaz de cambiar de identidad, tras desaparecer un tiempo, para ocultar que se llevó una paliza con quince años, no debía faltarle mucho para estallar en un ataque de ego herido.
—Es usted un impertinente, Lacalle.
—Responda a la pregunta, señora Mora—, ordenó el comisario con firmeza. Si no lo conociera, me habría creído esa autoridad de la que se había disfrazado.
—Responda, Inmaculada, ¿es usted la marioneta del alcalde? ¿Lo es de esos funcionarios de ahí fuera? ¿Quizá de todos a la vez? Qué impostura más triste, una autoridad a la que controla todo el mundo—, espeté con un sarcasmo que me dio asco hasta a mí.
—¡No soy la marioneta de nadie!—, gritó.
—Esos oficinistas quemados de ahí fuera no hacen nada sin que yo lo ordene.
Y el alcalde…— rió con perfidia — … no se entera de nada.
Ese sí que es un títere. Mi títere—, volvió a reír.
—Aquí mando yo, aquí vendo yo las licencias…
yo soy la puta dueña del cortijo—, dijo con unas carcajadas de malo de película.
Faltaba el trueno y la música intrigante.
—Lo que eres es gilipollas—, le dije con la misma tranquilidad con la que saqué mi grabadora del bolsillo de la gabardina y simulé haberla parado —Has confesado tú solita y has sido de las delincuentes más rápidas en hacerlo.
En realidad había conseguido confesiones más rápidas, pero me había apetecido ensañarme con su ego.
»Al final todas las mariposas tiran para el estambre— sabía que la frase es la de la cabra y el monte, pero así estaba mejor traída para el caso en cuestión — ¿verdad… Beatriz?
Oírse llamar por su antiguo nombre le hizo más daño que verse descubierta por ególatra y la paliza de Pamela Rojo si pudiéramos sumar ambos acontecimientos. El comisario, por su lado, parecía más avispado que de costumbre. Si tenía que espabilar algún día, había esperado al adecuado.
—Como es usted un cargo público, puede usted acompañarnos motu propio para salvar la dignidad en el momento de la salida o hacer que la llevemos esposada con todo lo que ello implica: medios, comentarios…
usted elige—, le espetó. No le aplaudí allí mismo porque había una imagen de seriedad que guardar. Además, aún quedaba un cabo que atar.