Capítulo 20 | El primer contacto
Tras colgar el teléfono con las dos testigos protegidas, Diana y Rosa, me detuve a pensar un poco.
Necesitaba poner las ideas en orden después de una mañana tan frenética.
Encendí otro pitillo, aunque abriendo mucho las ventanas y apagándolo sin haber fumado la mitad: no tenía ganas de aguantar las impertinencias de Daniel con el olor a tabaco.
Recapitulando, teníamos dos sospechosas claras.
Había pensado también en las propias Rosa y Diana, pero sin una razón de peso que lo sustentara.
De las dos sospechosas, una estaba desaparecida y la otra había cambiado de identidad.
Todos los indicios apuntaban a una de ellas, la otra tenía principalmente la inquina de las demás y motivos de venganza.
Y una conexión en los componentes del nuevo nombre que estaba por probarse y que podría tener muchos significados.
Por una parte, la orden judicial llegó con rapidez. Tanto fue así que, cuando estaba recogiendo a los niños, recibí la llamada del comisario.
—Lacalle.
—Adivine qué hemos encontrado en casa de Pamela Rojo…
—Supongo que no será otro cadáver…
—No. Pero ya sabemos por qué Pamela se peleó con Beatriz Delgado.
—Sorpréndame.
—¿Está con los niños?
—Estoy a punto de recogerlos, sí.
—De acuerdo. Le envío un correo entonces. No sé si deberían escuchar esto.
—Tengo dos minutos para llegar más lo que tarden en salir del colegio. Dígame y sea breve.
—Parece ser que Delgado insinuó algo sobre una presunta relación entre Pamela y Elisa Mora.
—¿Cómo dice?
—El diario dice...— y comenzó a leérmelo.
Hoy no he podido más. Después de semanas aguantando a Beatriz, desde que empecé a dudar de lo que estábamos haciendo las de la pandilla, le he dado su merecido a esa tirana.
Ya hubo veces en que lancé indirectas, cuestioné sus planes, pero siempre conseguía aplacarme.
No sé cómo lo hacía, pero siempre conseguía dar con esa frase que removía algo por dentro de quien fuera y hacer que la gente la siguiera e hiciera lo que ella quisiera.
Sin embargo, hoy he roto esa cadena. Lo que es peor, la ha roto ella misma.
Le dije que la pobre Elisa no hacía nada a nadie, que no entendía por qué tenía esa manía de hacerle la vida imposible y que si era cosa de ella, que se manchara las manos.
No sé si estaré madurando o es que estoy harta de sentirme la matona de nadie, pero ya no me parece divertido estar acosando a chicas sólo porque no son como nosotras.
El caso es que ella no tuvo nada mejor que decirme que «a ver si va a resultar que te gusta la gorda».
Llevo toda la vida escondida, sabiendo que si hablo de mis sentimientos y mis atracciones seré rechazada, señalada y quién sabe si agredida.
Y, si ella extendía ese rumor aún siendo cierto, me complicaría mucho la vida.
Exploté de rabia, pero también de miedo.
El primer derechazo se lo di en el ojo, donde duele y deja marca.
Los siguientes golpes fueron al torso, donde duele y resta el aire.
Todavía me dio tiempo a simular una pistola con mis dedos y disparar en su pecho, antes de golpearla en el mentón y hacerla besar el suelo.
Pero el golpe más duro no se lo di yo. Se lo dio el hecho de que medio instituto lo vio y el otro medio lo sabría en menos de una hora.
El boca a boca entre adolescentes (y no me refiero a los morreos en el pasillo) es rápido y efectivo. Se acabó la tirana.
—¿Le dio una paliza por miedo a que revelara que era lesbiana?
—Eso parece. Estaba en la última página del diario, suponemos que lo guardó por algo.
—Me temo que eso no lo sabremos, ya no podemos preguntarle.
—No, pero vamos a repasar el diario a ver si encontramos algo más.
—Perfecto, comisario, manténgame al corriente.
El pitido largo indicó que el comisario colgó el teléfono y, acto seguido, me llevé un susto de los que destrozan marcapasos (suerte que no llevo).
—¿Qué significa «lesbiana», tío Marcos?
—La madre que os parió, Daniel. ¿Cuándo habéis entrado en el coche?
—Cuando ese señor te estaba leyendo lo de la chica esa que pegaba tan fuerte.
Y ahí me vi, explicando a mis sobrinos que hay personas con distintas formas de amar, que eso es normal y no ha de pasar nada por ello y que en aquellos años estaba mal visto, haciendo que muchas personas prefirieran esconder su manera de sentir.
No quise decirles que todavía quedaba mucho por hacer para que a esas personas las dejaran en paz porque tenía la esperanza de que ese momento llegara mientras ellos crecían…
A Alba se lo expliqué con mensajes cortos en su móvil.
No quería decírselo en voz alta para no remover el asunto delante de los niños.
Era suficiente con explicarles una realidad que aún (pensaba yo) no estaban preparados para entender como para volver a abordar el asunto.
Ella contestó con un escuento «ahora entiendo».
Y, mientras los niños veían dibujos animados y yo preparaba la comida, se me ocurrió algo más.
Envié un mensaje a Zumalacárregui con una propuesta irrechazable.
Acabo de pensar, comisario… ¿le apetece una visita al despacho de Inmaculada Mora mañana?
La respuesta no se hizo esperar, en forma de mensaje lleno de emoticonos con manitas juntas en señal de ruego.
Íbamos a tener nuestro primer contacto con la posible asesina de las que fueron sus amigas.
Iríamos con la excusa del caso que se estaba investigando en el Ayuntamiento.
Además, sabía que se estaba moviendo algo aunque no tuviera evidencia de ello: ella no se movería del despacho, seguramente, mientras yo ponía las pilas a los confidentes que estaban incurriendo en una manifiesta dejación de funciones.
Estrangularlos delante del comisario no me parecía una buena idea.
Tenía motivos fundados para hacerlo, pero también tenía enfrente un Código Penal un poco tiquismiquis…
Lo mejor es que iríamos sin avisar, sin dar tiempo a meter papeles en la trituradora y, poco menos que yendo a pillar como lo haría un test de la autoescuela.
No hay nada como aprovecharse de la imagen institucional que cualquier cargo público está obligado a dar para poder plantarnos allí sin una orden y ser recibidos sin ser emplazados a conseguirla.