La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 19 | La conexión
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Capítulo 19 | La conexión

Aquel jueves estaba destinado a ser un día de revelaciones.

Alba se levantó con la mente revuelta, más inquieta de lo habitual.

La conversación con los niños y la que tuvimos a solas, pese a haberla terminado entre risas, habían sacudido su cabeza.

Para ella, fue como si una posibilidad que ni siquiera se había planteado hubiera entrado en escena de forma repentina.

A veces, aunque conozcas una circunstancia, la mente se empeña en ocultarla por mera supervivencia.

—Marcos, no sabes lo que es eso. Ir al instituto con miedo, sintiéndote sola aunque estés rodeada de personas…

—Tiene que ser horrible.

—Imagina. Yo al principio no tenía trato con Elisa. No es que pasara nada entre nosotras, simplemente no se había dado el caso. De repente, era la única persona con la que podía hablar.

—No sé qué decir...—, dije en uno de sus silencios. Sin embargo, ella estaba en una especie de trance, buscando las palabras que necesitaba decir.

—Más tarde supimos que andaban acosando a otras chicas de otras clases. Pero por entonces sólo nos teníamos la una a la otra. Incluso a veces discutíamos.

—¿Cómo que discutíais?

—Imagina dos personas que no tienen a nadie más con quién hablar y que tienen mucho que decir, mucha basura mental que verbalizar.

Y empiezas a hablar, haces una pausa y ella comienza a hablar—, los gestos de sus manos describían un toma y daca —ella hace otra pausa, retomo lo que decía…

y cada una piensa que la otra es egoísta porque cada una aprovecha cada ocasión para poder hablar de sus cosas.

—Se mezclan la empatía y la falta de empatía entre dos personas heridas que quieren desahogarse.

—Mira que me encantas por cómo me entiendes, Lacalle—, me dijo.

Se limpió unas lágrimas que habían brotado mientras me explicaba esa soledad que había sentido.

Se recompuso antes de entrar al trabajo y me abrazó con una intensidad aún mayor que de costumbre al despedirse.

Verla entrar en el edificio fue una mezcla de alivio y energía renovada: lo primero, porque no me gustaba verla tan vulnerable; lo segundo, porque admiraba cómo había seguido adelante con todo lo que había vivido.

Era la viva imagen de lo que es levantarse, sacudirse el polvo y seguir caminando.

Llegué a mi oficina y, para variar, preparé café mientras el ordenador se tomaba su tiempo para iniciarse.

¡Dichoso cacharro! Tenía que cambiarlo tan pronto pudiera y me acordara.

Cuando, por fin, pude mirar el correo, me encontré con un mail de Zumalacárregui.

«Informes. Mejor léalo sentado», rezaba el Asunto.

El comisario sería muy novato, pero creando suspense se las pintaba solo.

Ni que fuera María Mateos escribiendo novela negra, oiga.

Abrí el correo de marras y ahí estaba lo que sospechaba, un hermoso informe del Registro Civil que reflejaba el cambio de identidad de Beatriz Delgado. El Equipo de Expedición del DNI refrendaba esa información. Pero todavía quedaba una sorpresa.

Un nombre.

Inmaculada Mora… la concejala de urbanismo a la que estaba investigando.

La ocasión se hizo merecedora de otro café y un pitillo.

Ya vería cómo capeaba a mi sobrino cuando llegara a casa.

El caso es que no era una celebración, no era un cigarrillo de la victoria ni un café que supliera al champán, que además no me gusta.

Era una de esas excusas mentales para tomarme quince minutos y tratar de procesar este giro inesperado.

La que las testigos definían como manipuladora era la concejala de la que mis confidentes en el Consistorio no me decían nada.

Supuse que ya se habría encargado de meterse en sus cabezas con lo que fuera o de ganarse sus lealtades.

Tendría que investigar por mí mismo, sin informaciones ajenas…

o contar con Alba de nuevo: dos frentes, dos investigaciones...

qué menos que dos personas buscando pistas y pruebas.

La llamada a Alba no se hizo esperar. Teníamos por fin la información sobre Beatriz y lo mejor es que podría interrogarla en el propio Ayuntamiento.

Con la asistencia del comisario, no podría negarme la cita y tendría la oportunidad para tratar de pillarla por ambos casos.

Sólo faltaba conocer el paradero de Elisa Mora.

Alba, después de recibir todas las novedades del caso, tardó medio segundo en aportar un detalle:

—Inmaculada Mora… estoy segura de que se ha puesto ese nombre por Inma y por Elisa. La cuestión es qué conexión tienen ellas a los ojos de Beatriz—. Esa posibilidad no la vi venir, pero resultaba muy interesante.

Nos despedimos y lo siguiente fue llamar a Zumalacárregui.

—¿Comisario?

—Dígame, Lacalle.

—Lo primero, muy interesante su correo y los informes. Al final termino cerrando dos casos…

—Vaya, gracias.

—Espere, que ahora viene lo difícil— quería crear suspense, pero no se me daba tan bien como al comisario —¿le dice algo el nombre de Inmaculada Mora?

—Sí, la concejala de urbanismo—, dijo satisfecho. Culpa mía, tenía que haber especificado un poco más.

—No está mal, pero ciñámonos a la información del caso. ¿No ve algún simbolismo posible?

—No caigo, Lacalle.— Escuchar eso no me supuso nada nuevo, me lo esperaba.

—Inmaculada Merino y Elisa Mora—, le dije. —Hablé con Alba y me transmitió esa posibilidad. Si conseguimos confirmarla y encontrar una razón, puede que tengamos medio caso resuelto.

—¿Le ha dado la información a la señora Lamas antes que a mí?

—He confirmado la consistencia de una sospecha antes de transmitírsela a usted—, corregí.

En realidad, yo no había caído en ello, pero eso no era relevante de cara al comisario.

Era verdad lo que él decía, después de todo.

—¿Recuerda lo que le dije del ruido innecesario?

En el polideportivo, cuando apareció Alicia Ramos.

—Entiendo. Buen trabajo, Lacalle.

—Espere, comisario—, le dije. Parecía estar a punto de despedirse y tenía algo más que decirle. —¿Se han registrado los domicilios de las víctimas?

—No, en su momento no se consideró procedente.

—Pues yo iría pidiendo la orden para ello. Quizá podamos encontrar alguna información adicional. Fotos, diarios… Yo voy a hacer unas llamadas a Rosa y Diana, a ver si puedo recabar algo más.

—Entendido, creo que será buena idea. Voy a pedir la orden judicial.

Colgamos la llamada. Las otras dos llamadas resultaron en sendas expresiones de perplejidad.

La conexión en los nombres les resultaba curiosa, aunque no tenían una explicación lógica para ellas.

Ni siquiera una triste conjetura. Inmaculada a los ojos de Beatriz sería una traidora y Elisa, una víctima a la que consideraba inferior a la vista del maltrato que dirigió contra ella.

¿Por qué tomaría sus nombres para conformar su nueva identidad? ¿Por qué las asociaría a ese nuevo yo ?