Capítulo 18 | El Jardín
La vuelta a casa fue un brotar incesante de dudas.
¿Quizá la versión de Rosa y Diana cuadraba demasiado?
Las dos habían dicho prácticamente lo mismo con respecto al liderazgo de Beatriz Delgado, roto tras su cambio de instituto y la paliza de Pamela, y al perdón de Elisa Mora.
Las dos llevaban alrededor de dos semanas sin hablar con esta última.
Las dos hablaban con vergüenza de sus años como bullies y con alivio de la desaparición de Beatriz de sus vidas.
Pero las dos la habían seguido por el camino del acoso escolar.
Del mismo modo, me decía a mí mismo que quizá estaba buscando algo que paliara la falta de información sobre Elisa y Beatriz.
Quizá estaba hasta el gorro del caso y buscaba atajos para cerralo.
Los indicios apuntaban a Elisa, las sospechas se cernían sobre Beatriz y yo estaba perdiendo esa paciencia que me pedía el comisario en su correo.
Eso me recordó ese informe que esperábamos y que, quizá, podría encaminarnos al fin de aquella investigación.
Llegué a casa y Alba ya se había encargado de recoger a los niños.
Comí algo ligero y me senté con mi familia.
También necesitaba desconectar y disfrutar de mis sobrinos y mi novia.
Era difícil, sabiendo que se trataba de un caso en el que Alba estaba implicada de algún modo; de hecho, podía sentir su impaciencia por que nos metiéramos en el despacho cuando los niños estuvieran merendando frente a la tele.
Luego irían a hacer los deberes y tendrían su hora de lectura, así que podríamos extendernos un poco más.
Pero, por el momento, charlábamos los cuatro en el sofá entre las ocurrencias de mis sobrinos y alguna broma entre Alba y yo.
—… eso fue todo lo que me dijo—, cerré mi explicación a Alba de lo sucedido por la mañana.
—¿Están todas bajo vigilancia?—, preguntó Alba.
—Todas. Sólo falta que sepamos algo de Elisa Mora y de Beatriz Delgado… o como se llame ahora.
—¿Qué piensas, Marcos? Te noto disperso.
—Las versiones de Rosa y Diana parecen calcadas. Creo que sólo cambia el número de días que dicen llevar sin hablar con Elisa Mora. No sé, suele ser un síntoma de verdad y, sin embargo, creo que están mintiendo.
—No sé qué decirte, no lo acabo de ver. Han pasado muchos años, su grupo es el que está siendo asesinado… tampoco tenemos ningún móvil que haga encajar esa posibilidad.
—Tienes razón, es una sospecha un poco absurda. Y sin embargo…
—Lo sé, todo te parece raro. A mí también, la verdad. Pero mientras no aparezcan las piezas que faltan…
Alba tenía esa capacidad para poner algo de cordura.
En realidad, sólo tenía esa intuición incómoda que me hacía dudar de esos testimonios, pero no había ningún dato objetivo que hiciera saltar las alarmas: más bien, habían saltado por sí mismas.
Luego, estaba Amanda. Ya le había contado a Alba lo que me contó en la cárcel y aquel inmediato viaje de vuelta cuando supe que fue agredida.
La insistencia de Rivas en la acusación sobre Beatriz era casi una sentencia escrita en piedra; sin embargo, su inquina hacia Delgado era tan patente que nos obligaba a tenerla cogida con pinzas.
Una sospecha condicionada por la inquina no era algo de lo que fiarse ciegamente por muy vehemente que fuera.
—«Las rosas marchitas no son las únicas que mueren»—, repitió Alba. Le había llamado la atención la coincidencia entre la carta que recibí en comisaría y la frase que las presas dijeron antes de agredir a Amanda.
—Es extraño, es la única de las tres que me inspira confianza.
—Sí, pero sus sospechas son sesgadas. Oye, que lo mismo va y acierta, pero no es seguro—, respondió Alba. Tenía razón.
La alarma del móvil nos avisó de que era hora de dejar el caso y dar la cena a los niños. Teníamos que tratar de abandonar mentalmente el jardín de las rosas hasta el día siguiente.
No podía acabar de cenar. De repente, se me cerró el estómago y lo poco que había comido tendría que bastar.
Miraba a mis sobrinos, recordaba los testimonios, los volvía a mirar…
Pensé en mi hermana, que cumplía un año encarcelada, en esas rosas marchitas…
Alba había logrado superar aquella etapa o, al menos, enterrarla en un lugar de su alma donde no pudiera impedirle progresar en la vida.
Pero también estaba Elisa, la otra víctima de la que sabía algo, que era la sospechosa de tres muertes por venganza.
Era cierto que también lo era Beatriz, aunque fuera otra la posible motivación.
La investigación había abierto la puerta por donde entró el miedo de que Daniel y Jaime pudieran encontrarse con esas vivencias en el colegio.
—¿Qué tal en el colegio? ¿Tenéis amigos?
—Marcos, ¿qué te ha dado?
—Sí, tío Marcos, estuvimos en su casa el sábado, ¿recuerdas?—, dijo Jaime.
—Es verdad. ¿Y hay algún chico que se meta con vosotros?
—No, tío Marcos—, respondió Daniel —los otros niños se portan bien—. La inocencia en el tono de Daniel me llenaba de ternura… excepto cuando me regañaba por fumar.
—Escuchadme bien, es muy importante—, les dije. —Si alguna vez tenéis problemas con algún niño del colegio, quiero que nos lo digáis a la tía Alba o a mí. ¿Entendido?
—Sí, tío Marcos—, dijeron al unísono mientras Alba me miraba con una expresión de perplejidad.
Puede que fuera la típica respuesta para que les dejara en paz o quizá se tratase de un «sí» totalmente sincero, pero el caso es que fue como si el estómago se volviera a abrir y pude acabar la cena. Al poco rato, los niños ya dormían en su habitación. Alba y yo veíamos la televisión en el sofá.
—Marcos, ¿a qué ha venido eso?
—A que tengo miedo de que pasen por el bullying . Tú lograste dejarlo atrás y hacer tu vida, pero Elisa…
—Ya, entiendo—, respondió Alba sin saber muy bien qué más decir.
—No querría verme de viejo, mandando a prisión a uno de los dos y preguntándome qué hicimos mal…
—No va a ocurrir, Marcos. Sabes que no se callan una y que sabremos cualquier cosa que les pase.
—¿Cómo estás tan segura?— pregunté.
—Porque no tienen filtro—, dijo y puso cara de «se me ha ocurrido la mejor respuesta del mundo». —Fúmate un cigarrito, a ver qué pasa.
Estallamos en carcajadas y la tensión del ambiente desapareció en un instante. Quizá fuera ese el punto de ruptura que nos hacía falta. Pusimos una película y hasta conseguimos verla con tranquilidad.