Capítulo 17 | La rosa que cambió de color
Me levanté soñoliento aquella mañana. La noche anterior había sido larga mientras ponía a Alba al corriente de cuanto aconteció con Amanda Rivas.
No obstante, no era nada que una buena dosis de café no pudiera arreglar.
Los niños desayunaron, acompañados por su querida tía Alba, mientras yo me duchaba y tomaba el primer café del día.
Cuando lo acabé, los niños ya me esperaban.
—Tío Marcos, vamos a llegar tarde—, dijo Daniel impaciente. —No estarás fumando, ¿no?
—Que no, pesado—, respondí de mal humor. No era la mejor idea tocarme las narices de buena mañana. Envidiaba el temple de Alba y su capacidad para afrontar la misma falta de sueño que yo con esa entereza y vitalidad.
Dejamos a los niños en el colegio y nos sentamos en el bar de enfrente.
Mientras llegaban nuestros desayunos, analizábamos lo que sabíamos del caso.
Sin embargo, no terminábamos de salir de la misma dicotomía: Elisa o Beatriz, la víctima o la líder de las bullies , la desaparecida hacía nueve días o aquella cuyo rastro llevaba años perdido…
—Lo del mote no me cuadra para Beatriz, pero lo del encargo de paliza en prisión no me casa con la forma de ser de Elisa—. Más que un dato, era un pensamiento en voz alta de Alba.
—Estamos igual… de perdidos—, me limité a responder.
—La puesta en escena cuadra con Elisa Mora—, siguió diciendo Alba —reflejando lo que le hicieron, las rosas aludiendo al apodo… apuntan hacia ella y a la vez es demasiado obvio.
De repente, una bombilla pareció encenderse en mi cabeza.
—Tengo que encontrar a Diana Valenciano—, dije.
—Es la testigo que te falta, ¿no?
—Efectivamente. Y la próxima víctima.
—¿Qué quieres decir?—, preguntó Alba, perpleja por mi afirmación.
—Quedan Rosa y ella. Rosa Espiño sólo ponía motes y planeaba cada putada. Es una puesta en escena compleja de diseñar. Pero Diana era de las que pegaban, ¿no?— dije, aún sin estar muy seguro y como si verbalizara mis pensamientos a la vez que los iba hilando.
—No está mal pensado, Lacalle—, me dijo ella —pero olvidas un detalle: Alicia no hacía nada, sólo estar y hacer bulto. Y ahí la tienes, muerta e incinerada.
Un jarro de agua fría imaginario cayó sobre mí, Alba tenía razón. Sin embargo, esa intuición testaruda que llamamos «instinto» seguía empujándome en esa dirección.
—Bueno, entonces la buscaré como testigo—, dije. —Aunque mi teoría se haya desmontado, tengo que dar con ella igualmente. Es el testimonio que falta.
—Eso y que el terco olfato de Marcos Lacalle te empuja, ¿verdad?—, dijo Alba. Me conocía mejor que mi madre, estaba claro.
—A ti no puedo engañarte—, dije mientras encendía un pitillo.
—Tío Marcos...—, remedó Alba.
—Daniel, sal de ese cuerpo y vuelve a clase—, dije entre risas.
Desayunamos y dejé a Alba en la puerta del trabajo. Tenía que encontrar a Diana Valenciano y sacar cuanta información pudiera. Además, tenía que garantizar su protección.
Llegué a mi oficina y revisé el correo. De la dichosa concejala de urbanismo, nada de nada.
Lo que más me chocaba era que los contactos que tenía en el Ayuntamiento ni siquiera me escribieran para decir «no sabemos nada nuevo».
Tendría que hacer unas llamadas cuando acabara con el caso de las rosas marchitas.
Busqué un poco en Internet por si diera con alguna información de Diana.
Sin embargo, no tenía redes sociales (o no aparecían, a saber si no tendría un nombre tipo ShUmOrEnArEsHuLoNa o algo del estilo) y en el buscador no aparecía nada: ni noticias, ni edictos ni ningún procedimiento administrativo…
sólo tenía los datos del informe de Zumalacárregui.
Llegué al domicilio que aparecía en esa información y toqué el timbre. Un chico de unos treinta años abrió la puerta.
—Buenos días, pregunto por Diana Valenciano.
—Buenos días. Me temo que ya no vive aquí.
—¿La conoce usted?
—Sí, fue quien me vendió la casa.
—Verá, soy Marcos Lacalle, detective privado. Sólo puedo decirle que es de vital importancia encontrarla.
—Deme unos instantes, por favor—, respondió cerrando la puerta.
La verdad es que aquello podría sonar al clásico portazo sutil para no volver a abrir hasta que me fuera.
Sin embargo, ese joven me transmitía confianza.
A través de la puerta se oía un abrir y cerrar de cajones, papeles siendo revueltos y un «aquí está» que me hacía albergar la esperanza de encontrar a Diana.
La puerta se abrió y el joven apareció tras ella sonriente y sudoroso a la vez.
—Aquí tiene. Este es el domicilio que tengo de ella. Espero servir de ayuda, detective.
—Muchas gracias—, respondí. Podía sentir cómo un brillo renovado inundaba mis ojos.
Me despedí y me puse en marcha, mientras me preguntaba cómo la policía podía buscar información sobre alguien y obviar buscar en el Registro de la Propiedad para cualquier transacción o en la Cámara de Comercio por si viviera de alquiler.
No es que tuviera que desconfiar por mala praxis ni nada por el estilo: lo único que me infundía desconfianza era algo tan inocente como la bisoñez del comisario.
Hablando del rey de Roma… un bip del móvil me notificaba un correo electrónico.
El asunto era revelador: Sorpresa . Estaba deseando llegar y aparcar para poder leerlo.
Llegué al barrio donde estaba el domicilio y revisé ese correo que me traía con el corazón en la boca y el pulso al galope.
El texto, efectivamente, era sorprendente pero, al mismo tiempo, creaba más suspense.
Tenía usted razón. Estamos esperando la información del Registro Civil y del Equipo de Expedición del DNI. Un poco de paciencia…
Paciencia… qué cabrones. En cualquier caso, estaba a dos calles a pie del domicilio donde esperaba encontrar a Diana. Podía ser que pudiéramos evitar más rosas marchitas.
—Buenos días. Pregunto por Diana Valenciano.
—Buenos días, ¿quién pregunta por ella?
—Soy Marcos Lacalle, detective privado.
—Señor Lacalle, es un placer conocerle. Pase, por favor.
Diana Valenciano era una mujer de las que no pasan desapercibidas.
Su cabello era rizado y con un peinado desenfadado, llevaba gafas con montura gruesa y de colores, a juego con un vestido colorido que la hacía reconocible desde lejos.
Desde luego, si hubiera un asesino cerca, no tendría que forzar mucho la vista para saber a dónde tenía que apuntar.
—Supongo que sabe por qué he venido.
—Así es. Pobres chicas. Aunque no nos sentíamos orgullosas, todo era más fácil cuando nos temían en el instituto.
—Puedo entenderlo, aunque…
—Lo sé, no es algo que contar a los nietos para presumir.
—¿Qué sabe de Elisa Mora?
—Cuando Beatriz cambió de instituto, le pedimos perdón. La inercia del abuso duró entre poco y nada—, dijo y se notaba su incomodidad y su vergüenza en cada palabra que se refería a esos años.
—¿Ha sabido de ella últimamente?
—Hace un par de semanas que hablamos por última vez. Habló de un viaje que pretendía hacer, pero al no ver nada en sus redes sociales me extrañé.
—Ya, es de esas personas que lo muestran todo—, respondí. Lo cierto es que no había nada nuevo. Decidí cambiar de tercio. —¿Qué sabe de Beatriz Delgado?
—Nada desde que se fue del instituto. No tenía razones para ello, Pamela había sido expulsada. Pero había un motivo que estaba sólo dentro de ella: el orgullo.
—¿El orgullo?
—Para alguien con el ego de Beatriz Delgado, es difícil asumir que te han dado una paliza, que todo el mundo lo ha visto y que ese trono de miedo ajeno se tambaleaba.
—¿Disfrutaba del temor de los demás?
—Le gustaba sentirse como la reina del instituto. Éramos algo parecido a su guardia pretoriana. Ella manipulaba y daba las órdenes, nosotras ejecutábamos y Las Mariposas éramos intocables.
—Sin embargo, todo rastro de ella desde hace unos años se ha perdido.
—No creo que haya muerto ni se haya ido del país. Estoy convencida de que algo habrá hecho para pasar desapercibida. Cambiar de nombre o qué sé yo—, remachó.
«… qué sé yo», dijo. Quizá quería ocultarlo, quizá no era consciente, pero era la única persona aparte de mí que había contemplado esa posibilidad.
La que decía no saber, al menos, parecía leer la situación mejor que nadie o conocer a Beatriz Delgado, o como coño se llamara, como ninguna persona había llegado a conocerla.
—Tengo que solicitar medidas de protección para usted, Diana—, dije procurando no alarmar en exceso a mi anfitriona.
—¿Para mí?
—Hay varias líneas posibles en esta investigación, pero la más consistente la convierte a usted en posible víctima.
—Debí suponerlo al saber lo de Inma, Alicia y Pamela.
—Así es. Todas eran del mismo instituto y de la misma pandilla. Rosa Espiño ya está bajo vigilancia y Amanda Rivas está en la cárcel. Sólo queda usted.
Diana tragó saliva y parecía sudar levemente.
O se estaba asustando o el cerco se estrechaba.
No había que olvidar que cada posible víctima era, a su vez, una sospechosa.
La cuestión era que el único móvil claro lo tenía Elisa Mora y, por alguna razón, las peores sospechas recaían sobre Beatriz Delgado.
Pero Rosa, aunque no me diera esa impresión, y Diana podrían ser las asesinas y mandar toda la investigación al cubo de la basura.
Las únicas que sabíamos inocentes eran Amanda Rivas y las tres víctimas.