Capítulo 16 | Represalia
Volvía a casa. Aquella mujer alta, rubia y atlética había removido los cimientos de la investigación, de mi convicción y hasta de mi vida entera.
Pocas veces se veía a un preso hablando de redención, de pagar por sus delitos, de bondad…
Me había fijado en la biblia que llevaba a todas partes, o eso intuía al ver que la tenía en la mano izquierda cuando hablamos.
Ni siquiera la soltó en la repisa de aquella cabina mientras contestaba a mis preguntas.
Supuse que ese refugio espiritual en forma de libro, unido al tiempo que decía haber invertido en reflexionar, había sido la llave para esa pureza redentora que destilaba su presencia.
De nuevo el teléfono interrumpió mis pensamientos.
Era Zumalacárregui con un seco «venga a comisaría inmediatamente».
Pensé que tendría que explicarle la diferencia entre colaborar con él y estar bajo sus órdenes; también, que ni en el caso de que lo estuviera tendría que hablarme así. Buenos días, por lo menos.
Debí tardar unos quince minutos en llegar a la comisaría.
Un silencio inquetante se hizo cuando entré.
Un agente ya entrado en años me indicó la puerta tras la que me esperaba el comisario: una cortesía agradable aunque innecesaria cuando, dos días antes, había estado ahí recogiendo la información sobre las rosas marchitas.
—Buenos días, Lacalle— ni que el comisario me hubiera leído la mente —, ¿ha pensado en darle al cartero su dirección?
Aún no me dio tiempo a poner cara de no entender nada cuando extendió el brazo y me ofreció un sobre.
Lo cogí y, quizá por la costumbre, miré el remitente.
El espacio estaba vacío, no había matasellos, ninguna pista.
También era cierto que habría que ser muy idiota para dejar tantas huellas en un correo certificado. Rasgué el sobre y saqué la carta.
Te sigo la pista, Lacalle. Las rosas marchitas no son las únicas que mueren. Espero que te hayas despedido de Amanda.
Hice ademán de salir del despacho, ante la perplejidad del comisario, cuando uno de los agentes llegó al despacho.
—Comisario, tiene que ver esto. Está saliendo en televisión.
Corrimos hacia una pequeña salita donde había varios policías teniendo unos minutos de asueto.
Allí tomaban café y veían la televisión un rato.
Habían interrumpido la programación por un incidente en la cárcel donde Amanda se encontraba.
Un enfrentamiento entre varias reclusas había interrumpido la programación habitual.
Las imágenes mostraban a Amanda siendo conducida de regreso a su celda, mientras las otras dos yacían en el suelo. No fue necesario ver nada más. Cogí mi móvil, llamé a la prisión y me dirigí hacia mi coche seguido del comisario. En dos minutos estábamos caminos del centro penitenciario.
Al llegar, un funcionario me esperaba con el pase en la mano. Presenté al comisario y nos dejaron entrar. Él estaba extrañado: no había necesitado mostrar su identificación tal como lo presenté y cogí mi pase.
—No se sorprenda, comisario. Son muchos años ya.
Al llegar a la cabina, esperamos unos minutos. Cuando la reja de mi derecha se abrió, Amanda Rivas anduvo hasta su asiento y cogió el interfono. Su cabello recogido dejaba al descubierto una rojez en el pómulo y una herida en la ceja. La biblia seguía en su mano izquierda.
—No sé si reconsiderar lo de que vuelva usted cuando necesite algo—, me dijo con esa ironía que abrazaba en vez de atacar.
—¿Estás bien?
—Sólo han sido un par de golpes.
—¿Qué ha pasado?
—Cuando te fuiste— nos habíamos empezado a tutear sin darnos cuenta —vinieron esas dos. Una de ellas dijo que las rosas marchitas no son las únicas que mueren.
—Eso me han dicho—, le dije mostrándole la misiva que había recibido.
—Ya veo... de repente esas dos me lanzaron sendos golpes. Los vi venir, pero… Mateo 5:39.
—¿Qué quieres decir?—, pregunté.
—Es el evangelio donde Jesús enseña a poner la otra mejilla—, dijo Zumalacárregui. Amanda ni se inmutó; yo lo miré con cara de sorpresa. —Fui a un colegio de curas—, dijo el comisario encogiéndose de hombros.
—¿Quién es el beato?—, preguntó Amanda.
—Disculpa, no os he presentado. Amanda Rivas, te presento al comisario Zumalacárregui.
—Encantada, comisario.
—¿Te has dejado dar dos hostias en la cara?—, retomé la conversación.
—Sí. Hasta que consideré que ya era bastante penitencia por hoy. Ellas querían seguir y... Lucas 6:30.
—Amanda…
—«A cualquiera que te pida, dale»—, aclaró el comisario.
—¿Pero eso no pretendía predicar la generosidad?
—Sí, y fui generosa: les di cuanto pidieron—, dijo Amanda entre risas. Pero recuperó el tono serio: —seguro que esa hija de puta está detrás.
—¿Beatriz?
—Sí. Beatriz Delgado, estoy segura.
—Pero lo de «rosas marchitas» era un mote que os puso Elisa Mora.
—Pero Elisa no encargaría a esas dos que me quitaran de en medio.
—No me cuadra que Beatriz usara ese mote—, insistí.
—No sé cómo lo sabría—, admitió la presa —pero estoy convencida de que ha sido ella.
—Nos falta mucha información sobre Beatriz—, dije esperando que Amanda pudiera orientarnos.
—Lo que encontramos de ella se acaba hace muchos años—, dijo el comisario.
—Poco puedo aportar entonces—, dijo Amanda con una voz de decepción. —Le perdí la pista cuando se fue del instituto y malditas las ganas de saber algo más.
—No te preocupes. ¿Necesitas algo?—, le pregunté.
—Si puedes traer tabaco...—, dijo ella.
—Toma este paquete, traeré más el próximo día.
—Marcos...—, dijo señalando el cristal.
—No te preocupes, ahora te lo darán—. Efectivamente, el funcionario se lo daría cuando me fuera.
Nos despedimos de Amanda y salimos de allí.
Su testimonio parecía exculpar a Elisa, yo mismo deseaba que no fuera ella la culpable: sería injusto mandar a chirona a una víctima que, desde el punto de vista más visceral, estaría tomándose la justicia por su mano.
Es cierto que las leyes lo prohíben, es verdad que no es lo que se debe hacer, pero que alguien me diga quién niega la lógica en las ansias de venganza de quien ha sufrido tanto por mano ajena.
La comprendería aunque, de todas maneras, tuviera que colaborar en su detención.
Por otra parte, el testimonio de Amanda tenía una fisura clara: su animadversión hacia Beatriz podía condicionar su percepción. No teníamos más que sospechas, alguna esperanza y un deseo de que todo eso se pudiera probar.
—Necesitamos insistir con la información sobre Beatriz Delgado, comisario.
—Estoy totalmente de acuerdo. No consta su defunción, nadie desaparece así como así—, concordó el comisario.
—Se me ocurre algo...