Capítulo 15 | Faltando más piezas
Todos los caminos parecían ir al mismo sitio.
En aquel lugar, los tres pasillos confluían en un corredor donde, al abrirse cada reja, estaban las cabinas.
Ahí, las presas recibían a sus familias y podían hablar, aunque fuera a través del cristal blindado y con el interfono de por medio.
No fue difícil que Amanda y yo nos reconociéramos: ella no esperaba a ningún familiar y yo sólo tenía que esperar a que las demás mujeres se acomodaran con sus visitas.
—Amanda Rivas, supongo.
—Así es. ¿Y usted es…?
—Marcos Lacalle, detective privado.
—Y supongo que colabora usted con la policía en el caso de los asesinatos, ¿verdad?
—Exacto.
—Ya se ve que yo no fui— su ironía contrastaba con el tono acogedor de su voz. Parecía resignada a estar allí, asumiendo que era lo justo a tenor de sus actos. Transmitía una calma inusitada para un lugar como aquella prisión.
—No he venido a acusarla de nada. Más bien, es usted una posible víctima—. Su cara cambió, mutando entre el nerviosismo y la sorpresa. —Necesito que responda unas preguntas.
—Bueno, aquí estoy vigilada—, dijo procesando aún su condición de víctima potencial —pero nunca se sabe. ¿Qué necesita saber?
—Tengo entendido que tanto las víctimas como usted pertenecían a la misma pandilla en el instituto.
—Eso me temo— no parecía recordar esos años con cariño. —Éramos los polluelos de Beatriz.
Amanda puso cara de asco.
—¿Beatriz Delgado?—. Aunque era obvio que era ese su nombre, necesitaba confirmar que su expresión de repugnancia tenía que ver con su otrora líder. Sus facciones se habían comprimido en el momento exacto de pronunciar su nombre.
—Esa misma—, dijo con una voz que rezumaba desprecio. —Éramos unas crías y ella una manipuladora.
—Ella lideraba el acoso contra otras compañeras, ¿es cierto?
—Así es. Era hábil para mantenernos obedientes, ejercía dominio y poder sin golpes ni amenazas. Sabía cómo hacer que nosotras hicéramos sus mierdas—. Esa voz ya no mostraba desprecio, escupía odio.
—Sin embargo, todo cambia cuando Pamela es expulsada y ella cambia de instituto.
—Sí. Ya no había nadie para señalar a nadie ni manipularnos a nosotras.
—¿Sabe usted por qué expulsaron a Pamela Rojo? Hasta el momento nadie ha sabido decírmelo.— En realidad, tampoco había dado tiempo a indagar sobre ello. —En el instituto tampoco se conservan actas de entonces—, mentí.
—Sí, no sé exactamente cómo ocurrió, pero las dos tuvieron una discusión muy fuerte. Rosa decía que Beatriz había tocado la tecla equivocada. El caso es que Pamela se revolvió.
—Defina «revolverse».
—Le dio una paliza— su cara pretendía esconder una sonrisa de satisfacción —del primer derechazo le puso un ojo morado. Al segundo, la mandó al suelo. Y en ese momento, mientras intentábamos separarlas, la cosió a patadas y pisotones.
—Parece que recordar eso hace que se sienta usted mejor.
—Sus golpes eran los de todas. Empezábamos a estar hartas de hacer lo que nos decía— su cara volvió a cambiar hacia la rabia, con unas lágrimas de soslayo asomando con timidez. —Estábamos jodiendo a chicas que no hacían nada a nadie.
Sus puños estaban tan apretados que intuí sus uñas clavándose en las palmas.
Mientras tanto, yo anotaba cuanto me contó de la pelea.
Ahora, la expulsión de Pamela Rojo tenía sentido, el cambio de instituto de Beatriz Delgado encajaba…
y unas piezas nuevas entraban en liza para complicar un poco más aquel rompecabezas.
—Elisa Mora ha desaparecido—, dije mirándola fijamente. Ella me miró con una legítima expresión de sorpresa.
—¿Muerta?
—No, que sepamos. Paradero desconocido y nueve días sin subir nada a sus redes sociales. ¿Cree usted que pueda tener algo que ver con el caso?
—Lo dudo mucho. Esa chica es la bondad hecha persona. Pero si fuera ella la asesina, no le faltarían motivos.
—Hay algo que no entiendo, Amanda—. No era ningún truco, efectivamente me surgió esa duda. —La veo renegando de aquella época, percibo su arrepentimiento… pero está usted aquí por varios delitos… no lo entiendo.
—Mi única especialidad es la de tomar malas decisiones. Estando aquí, he tenido mucho tiempo para pensar.
—Su historial dice que podría optar a permisos y, sin embargo, nunca los ha pedido.
—No me los merezco. He hecho el mal toda mi vida: en el instituto, inducida por Bea; después, por rabia o por venganza; lo último, por supervivencia.
—¿Supervivencia?
—No es fácil encontrar trabajo con mi historial. Los robos fueron para comer. Pero aquí puedo pagar por todo, incluso por lo que no fui condenada.
—Entiendo. Creo que no me quedan preguntas por ahora, pero ¿tiene inconveniente en que vuelva si necesito algo más?
—Para nada. Si puedo ayudar a encontrar a esa asesina, cuente conmigo.
Ella estaba convencida de que Beatriz estaba detrás de los crímenes. Su seguridad era tal que me infundió la duda donde creía tener el caso encarrilado. Tenía un montón de indicios apuntando a la sien de Elisa Mora… Y la palabra de Amanda bastó para que todo lo que creía saber se desmoronara.