Capítulo 14 | El puzzle
Mientras iba a recoger a los niños, fui poniendo al día a Alba de la información que acababa de llevarme de la conversación con Rosa Espiño.
Efectivamente, había datos y detalles que Alba desconocía: su reacción ante cada nueva información no dejaba lugar a dudas.
Que Rosa y Diana hubieran acabado siendo amigas de Elisa era un giro de guión que ella no esperaba.
Supongo que Inmaculada ya estaba fuera de esta historia y se habría congraciado con Elisa por su cuenta, pero eso no me lo podría explicar ella.
—¿Amigas? Pero si le habían hecho de todo. Incluso palizas, Marcos, palizas…
—Ya ves. Expulsan a Pamela Rojo, Beatriz Delgado se va del instituto y todo acaba. Yo también me he quedado estupefacto.
—Me perdí la mejor época entonces—, dijo de repente.
—¿Cómo que te perdiste…?—, pregunté sin entender nada.
—Echa cuentas, Marcos… ¿en qué año te conocí? Sí, cambié de instituto y fui a parar al tuyo.
—Ahora entiendo...— aún no terminaba de procesarlo —...por qué no te había visto antes. Pensaba que simplemente no me había fijado. No sabía que habías llegado ese año al instituto.
Con respecto a Alba, todo estaba en orden y la pieza que faltaba ya encajaba en todo el conjunto de cosas que la relacionaban con el caso, aunque fuera de forma indirecta.
No es que desconfiara de ella, pero sí era un alivio no tener una razón para empezar a hacerlo.
Cosas peores he visto, no hay que olvidar que también llevo casos entre parejas.
—Hoy no has fumado, tío Marcos—, dijo Daniel con una sonrisa más grande que su propia cara.
—¿Ya tienes a los malos?— preguntó Jaime.
—Aún no. Pero tengo una información que contrastar para despejar algunas incógnitas—, dije ligeramente más animado que otras veces.
—¿Qué son incógnitas?—, preguntó Daniel.
—El tío Marcos a veces usa palabras raras—, se quejó Jaime.
—Son… son…— la verdad es que no sabía cómo explicarles la dichosa palabra a los niños —...son una especie de preguntas que no tienen respuesta hasta que encuentras algunos datos que te pueden orientar.
—¿Qué es orientar?
—Déjalo, Daniel.
—El tío Marcos quiere decir que ahora tiene menos dudas porque tiene información nueva—, resolvió Jaime.
Frené en seco y me volví hacia Jaime, que sonreía sabiéndose el más listo de los presentes. Nunca me cansaba de decir que ese enano acabaría dominando el mundo.
Llegamos a casa y les hice la comida. Ellos se habían acostumbrado al comedor escolar, pero agradecían un poco más de tiempo conmigo.
Aún faltaba que Alba consiguiera adaptar su jornada para poder estar también en casa, pero así teníamos más tiempo para los deberes, alguna actividad extraescolar y que pudieran jugar.
Queríamos que los niños pudieran ser niños.
Daniel y Jaime veían una película mientras yo trabajaba en mi despacho.
Trataba de preparar el siguiente interrogatorio.
No tanto por las preguntas, sino por ver a dónde iría al día siguiente.
Después de un buen rato dándole vueltas, decidí interrogar a Amanda Rivas.
Sería fácil conseguir un pase en la prisión aunque fuera de un momento a otro.
Ventajas de haber colaborado tantas veces para alojar un nuevo huésped en aquel atípico hotel.
—¡¡Tia Albaaaaaaa!!—, sonaron las voces de los niños.
—¡Qué alegría verte!—, dije yo. Era la hora de la merienda y hacía tiempo que no pasábamos esa franja del día juntos un día entre semana.
—Me he podido escapar. Lo único que tengo que hacer es poder conectarme más tarde para editar desde aquí—, dijo satisfecha.
—El tío Marcos no ha fumado hoy—, informó Daniel, contento.
—Tiene información nueva del caso—, dijo Jaime dándose importancia como informador.
—Sí, va a despejar… ¿cómo se decía, tío Marcos?
—Incógnitas.
—Tía Alba, ¿qué son incógnitas?
Alba era incapaz de responder. Estaba ocupadísima riendo a carcajadas ante el diálogo de besugos que estaba teniendo lugar. Preparó la merienda a los niños y se encerró en el despacho conmigo mientras ellos disfrutaban de sus viandas viendo su programa favorito.
—Sigo sospechando de Elisa—, me soltó de sopetón.
—¿Y eso?
—La puesta en escena—, dijo con voz decidida.
—El mechón rapado de Inma se debe a un chicle que le pegaron en el pelo y se lo tuvo que cortar.
No tuvo que cortarlo mucho, pero es lo que viene a simbolizar el cabello de Inma.
La yema quemada de Alicia es porque a veces la quemaban con cigarrillos: supongo que esa fue Amanda, era la que fumaba del grupo.
—¿Y la paliza a Pamela? Tenía un ojo morado, contusiones por todo el cuerpo… Alguien se ensañó con ella antes de matarla.
—Solían acorralarla y Pamela era una de las que atizaba. Ella, Amanda y Diana. Supongo que Pamela le propinó alguna de ellas.
—¿Y la navaja suiza?
—Es lo único que no me cuadra. No me extrañaría que la hubieran pinchado con cada una de sus herramientas—, dijo pellizcando su barbilla, pensativa. —Pero eso no lo sé con certeza—, admitió.
Aún así, todo encajaba. Elisa cobrando venganza por cada golpe, cada broma pesada y cada humillación…
No había duda, era la opción más plausible y su desaparición ya no parecía tan forzada.
De hecho, tenía sentido: la teatralidad con las rosas marchitas, la representación de cada maltrato en los cadáveres y esa desaparición encajaban como piezas hechas a medida.
Quizá encontrándola a ella podríamos cerrar el caso.
Con todo apuntando en la misma dirección, no tocamos más el tema en lo que quedó de aquel día.