Capítulo 13 | La Reina Caída
—¿Marcos Lacalle? ¿Qué haces aquí?
Daba gusto no tener que presentarme cuando llegaba a una casa a hacer preguntas sobre tres casos de asesinato, pero en el caso de Rosa Espiño era diferente.
Supongo que me reconocía bien por mi fama como detective o por reconocerme de cuando conocí a Alba en esos años de instituto.
No obstante, nunca había tenido trato con ella, no sabía ni su nombre hasta hacía unos días; ese tuteo, como si fuéramos amigos de toda la vida, me molestaba viniendo de alguien que había hecho daño a mi novia hacía tres décadas y a quien habría echado las manos al cuello si su vida no dependiera de aquella investigación.
—Pasaba a saludar—, dije con sarcasmo. —Andaba por el barrio, me acordé de unos asesinatos de nada que estoy investigando y pensé que podías saber algo.
La cara de Rosa Espiño cambió de repente.
Balbuceó los nombres de las víctimas. La experiencia de mis ojos escudriñaron su lenguaje corporal y entendí que su emoción era sincera.
Debía aparcar el rencor recién adquirido y centrarme en resolver el caso.
Los casos de infidelidad eran aburridos, pero empezaba a echarlos de menos: no suponían tanta implicación personal como este o el de Dumpivampi.
—Pasa, por favor—, dijo Rosa mientras se ponía de lado y me indicaba con la mano el camino a la sala de estar.
—Rosa, las víctimas eran compañeras tuyas de instituto, ¿verdad? Cuéntame cómo era vuestra relación—, pregunté para medir su testimonio. Ella no sabía hasta dónde sabía yo, así que podría detectar cualquier disonancia entre sus palabras y la información que tenía.
—Éramos amigas— comenzó a decir mientras su mirada adoptaba un tono de tristeza. —Habíamos estado en el mismo colegio y entramos juntas al instituto. Éramos una piña, aunque Inma se distanció al año siguiente. Ella pasó de curso, nosotras repetimos y empezó a conocer a otra gente.
—¿Hubo rencor o enfado por ese distanciamiento?
—No, no exactamente. Se nos hizo raro, pero ella siempre había sido diferente. Más estudiosa y responsable que las demás— su mirada parecía pesada, como si no tuviera fuerzas para levantarse del suelo—. Era cuestión de tiempo.
—¿Conocías a Elisa Mora?—. Esa pregunta pilló a Rosa por sorpresa. Un color rojo vergüenza inundó sus mejillas, al tiempo que dio a sus ojos un aspecto húmedo y vidrioso.
—Sí. Me temo que sí. Ojalá no hubiera pasado.
—¿Pasado el qué?
—Era la chica gordita y tímida de la clase. Un blanco fácil para cinco idiotas como nosotras—. Rosa mostraba una inmensa amargura en su voz.
Podía sentir su arrepentimiento mientras pronunciaba cada palabra.
El aire olía a tristeza. Normalmente, habría extendido la mano y la habría posado en su hombro para ofrecer algún tipo de consuelo.
Sin embargo, con ella no podía. Aunque no dejaba que el rencor me cegara, no podía olvidar que Alba también las había sufrido. Seguí inmóvil y en silencio.
»Al principio, sólo eran burlas puntuales. Las encajaba en silencio, mirando para otro sitio o tratando de esquivarnos de algún modo. Pero Beatriz…
—¿Beatriz Delgado?
—Exacto. Ella la tomó con Elisa y nos arrastraba a las demás.
—¿Qué le hicieron?—, pregunté mientras Rosa contenía el llanto.
—De todo. Chicles en el pelo, quemaduras con cigarrillos encendidos… parecían trastadas, no éramos conscientes del daño que hacíamos.
—Sin embargo, ahora eres abogada. Es un cambio radical. ¿Qué pasó?
—El grupo empezó a deshacerse. No me enteré de qué pasó entre Pamela y Beatriz. Sólo sé que una fue expulsada y la otra cambió de instituto. Inma ya nos había dejado del todo…
—Elisa Mora ha desaparecido.
—Eso sí que es raro— la sorpresa que sus facciones me mostraban era sincera. —Hablé con ella hace unos diez días.
Eso sí que no lo esperaba. La antigua bully tenía contacto con su otrora víctima.
Entonces fue cuando Rosa me explicó que, una vez que Beatriz no estaba, nadie lideraba aquel acoso y dejó de producirse.
Las que quedaban pidieron perdón a Elisa y, en el caso de Rosa y Diana, llegaron a hacerse sus amigas.
—Tengo entendido que Beatriz os manipulaba a todas— dije, introduciendo la siguiente pregunta. —También, que algo pasó entre ella y Pamela…
—Bea sabía cómo jugar con nuestras mentes y emociones para dominar ese escenario. Pero con Pamela tocó la tecla equivocada. Un único error que hizo que Pam empezara a pasar de ella. Seguía en el grupo por las demás, pero no seguía a Bea ciegamente.
—La reina empezó a caer, supongo.
—Supongo que sí. Yo estuve enferma y no fui durante semanas al instituto. A la vuelta, Pam no estaba, Bea tampoco y nadie nunca contó nada más que el chisme: habían discutido. Pero tuvo que pasar algo más para llegar a ese punto.
—Llámame si recuerdas algo más—, le dije entregándole una tarjeta. —Hay vidas en juego, entre ellas la tuya.
—Así lo haré, Marcos—, dijo cabizbaja. —Muchas gracias. Por cierto, ¿cómo está Alba?
—Es periodista, la habrás visto en televisión—, respondí mientras ella asentía con la cabeza. —Desde que apareció el cuerpo de Alicia, ató algunos cabos, así que tiene sus propias teorías.
Omití que estaba colaborando en la investigación, no quería dar más información que la precisa. Si una foto deja de ser tuya y de estar bajo tu control cuando la mandas por el móvil, con la información pasa lo mismo. Y puede costar vidas humanas.
Salí de la casa y apagué mi grabadora. Me fui de allí, conduciendo hasta un parque en las afueras de la ciudad. Necesitaba procesar las respuestas. Sin embargo, una pregunta me asaltó: si el acoso de aquel grupo cesó con la ausencia de Pamela y Beatriz, ¿por qué Alba no lo había mencionado?