Capítulo 12 | El cambio
El domingo había transcurrido sin novedades en torno al caso.
Por la mañana, habíamos llevado a los niños de pícnic a las afueras.
Habíamos disfrutado de verlos correr y jugar entre la hierba, curiosear observando cuanto bicho encontraban y tratando de responder a todo lo que preguntaban sobre aquel entorno natural.
El día había sido caluroso, así que los cuatro nos bañamos en el río aprovechando la poza que se formaba en un azud cercano.
Por la tarde, nos cambiamos de ropa en casa y fuimos al cine.
Aún no me había acostumbrado a la felicidad de la vida en familia, aunque fuera con unos hijos «prestados» tras el encarcelamiento de mi hermana.
El lunes por la mañana había llegado y el café con Alba sucedía a dejar a los niños en el colegio y haber desayunado en el bar de enfrente.
Parecía que volvíamos a la rutina que se nos había negado en los últimos días lectivos aunque la sombra de las rosas marchitas estuvieran todo el tiempo planeando sobre nosotros.
Mientras Alba entraba a pagar los cafés, un breve sonido de mi móvil anunciaba que se había acabado la tregua de tranquilidad que nos había concedido el caso durante el día anterior.
Era un correo. El asunto, «Información Rosas Marchitas».
Claro, conciso y directo. Cuando llegara a la oficina, podría leer el archivo PDF adjunto y tener todos los datos de cada posible víctima a la par que sospechosa.
Se lo dije a Alba cuando nos despedimos y quedamos en hablar cuando supiéramos algo más.
Ella entró al edificio y yo me dirigí a mi coche.
La música que sonaba no conseguía sacar la expectación de mi cabeza: en un puzzle sin completar, ahora iban a añadirse más piezas.
La duda sería si ayudarían a resolverlo o lo complicarían un poco más.
Aparqué un poco más lejos de lo habitual.
Parecía que el destino quería añadir unos minutos de suspense impidiéndome dejar el coche donde siempre.
La calle olía a café y tostadas, a bacon y lomo haciéndose en la plancha para los bocadillos de los trabajadores que, en cinco o diez minutos, tendrían su pausa de media mañana.
Me pregunté en qué momento me había centrado tanto en el trabajo y la familia como para que me resultaran tan novedosos los olores de una mañana cualquiera.
El tercer café de la mañana llegó mientras el ordenador se encendía.
Algo rutinario, tenía que hacer las copias de seguridad y comprar uno nuevo de una vez.
Era una de esas cosas que vas aplazando hasta que se eternizan sin que te des cuenta.
Por fin, tras haber despachado la mitad de la taza, pude abrir mi correo.
El mail del comisario seguía siendo el primero en mi bandeja de entrada.
Me alegré de no tener mucho más que revisar, aunque me extrañaba que el caso de la concejala de urbanismo llevara parado casi una semana…
Por fin pude abrir el archivo. Rosa Espiño era abogada, casada y con tres hijos.
Su vida, según el informe, era bastante normal.
Poco activa en redes sociales, con un despacho solvente y aficionada al tenis.
La verdad es que me cuadraba su profesión con el ingenio que Alba describía.
La abogacía suele combinar el conocimiento de la ley en el campo en que te prodigues con el ingenio a la hora de argumentar una demanda o una defensa.
Diana Valenciano había sido una de las matonas en el sentido más físico de la palabra.
Según el informe del comisario, empezó a hacer deporte en esos años de instituto, cuando ya Elisa y Alba estaban un par de cursos por delante.
Con los años, se había convertido en monitora deportiva en un gimnasio de la ciudad.
Se había divorciado unos años antes de que empezaran a aparecer las rosas marchitas y tenía una hija que, según ese documento, era una deportista prometedora.
Me daba la sensación de que había aprendido a canalizar su fuerza y agresividad a través del deporte y la enseñanza.
Amanda Rivas estaba exculpada directamente…
por ser una delincuente. Llevaba dos años en prisión por una serie de robos.
Tenía una condena larga por delante por la acumulación de esos delitos.
Sin embargo, además, había un dato curioso: aunque ya podía optar a permisos penitenciarios, no había solicitado ninguno.
Había tenido ocasiones para salir unos días de prisión y no las había aprovechado.
Era raro, pero la eximía de cualquier participación material en los crímenes.
Su nombre podía tacharse de la lista, pero le puse un asterisco: nada podía descartarse del todo.
El informe de Beatriz Delgado era el más largo, aunque tampoco reflejaba nada concreto.
La habían cambiado de instituto cuando llegó al tercer curso de BUP.
En el anterior, donde había coincidido con Alba, había progresado muy lentamente y había protagonizado demasiados incidentes.
Lo más curioso era que ese cambio se había producido después de que Pamela Rojo, la víctima más reciente, hubiera sido expulsada del instituto.
De esta última, no había ningún informe.
Amanda y Beatriz habían llamado mi atención, aunque tendría que explorar todas las vías.
Rosa y Diana no parecían tener relación alguna con los asesinatos, Amanda estaba vigilada en una prisión de la que no había salido teniendo la oportunidad y Beatriz no parecía tener más interés que esa coincidencia entre su «mudanza» y la expulsión de Pamela.
Necesitaba más información de esta y de la propia Beatriz.
Informé a Alba y al comisario de mis conclusiones.
Alba me respondió al mensaje con emoticonos de asombro; Zumalacárregui, por su lado, me respondió al correo con un escueto «OK».
También les dije a ambos que faltaba la información sobre Elisa Mora.
Sus redes sociales seguían vacías de contenido desde hacía una semana.