Capítulo 11 | Poner puertas al campo
Dejar un cabo suelto no era sólo una forma de hacer creer a la asesina que nos habíamos dejado un detalle por descubrir y alimentar la sensación de estar a años luz de ser descubierta.
Era, al mismo tiempo, una forma de excluirme como fuente de información para Alba y su cadena, dado que sus sospechas y conclusiones tomaban (aún más) importancia en la investigación.
Ya no podía ocultar mucho más su vinculación al caso, aunque evitara delatarla como mi colaboradora en tantísimos otros; sin embargo, el hecho de conocer a las víctimas y el nexo del instituto podía hacerla salir a la luz sin que nadie me acusara de comprometer la información del caso que pudiera considerarse reservada.
Sin embargo, al llamar al comisario entendimos que no era necesario darle tantas vueltas al asunto de la inclusión de mi novia en el caso.
Aunque no había contado con ello, la desesperación de Zumalacárregui jugó en nuestro favor.
Básicamente, estaba tan ansioso por cerrar el caso que echaría mano de cualquiera que pudiera aportar algún tipo de información.
—¿Entonces usted no le ha dicho nada de la investigación?
—Nada que no hayan publicado ya todos los medios de comunicación.
—¿Pueden venir a comisaría?
—Tendrá que ser rápido, tenemos que recoger a los niños.
—No se preocupen, no les robaré mucho tiempo—, dijo el comisario. —Sólo recogerán una carpeta con toda la información del caso.
—Entendido. En cinco minutos estamos ahí.
En realidad estábamos cerca. Sabía que nos haría llamar desde el momento en que le dije que Alba sólo sabía lo que había salido en los medios.
Cuando me despedí, estábamos ya aparcando junto a una plazoleta que había al lado de la comisaría.
¿Por qué haría entonces esperar al comisario unos minutos estando ahí al lado?
Muy sencillo. Me moría por fumar un pitillo.
Por fin entramos a recoger la carpeta y tuvimos una breve conversación con el comisario. Él, por una vez, había estado rápido pensando: si hacía cinco minutos sólo íbamos a recoger la información, cuando entramos tenía algunas preguntas que hacer.
Al salir, teníamos dos cosas: a la mayor brevedad, el comisario nos mandaría cuanta información se tuviera sobre las cinco posibles víctimas a la vez que sospechosas; también, el plan de ponerlas bajo vigilancia según las fueran localizando.
No era ponerles una patrulla en la puerta de su casa, pero sí que se las vigilara a cierta distancia.
Ni criminal ni víctimas tenían que saber que habría varios pares de ojos en su nuca.
—¡Tía Alba!—, exclamaron los niños al vernos llegar. Eso, y al tío Marcos que le zurzan…
—Has vuelto a fumar, tío Marcos—, dijo Daniel cuando al fin se dio cuenta de que yo también estaba ahí.
—Daniel, no seas pesado. Eso quiere decir que aún no ha atrapado a los malos—, dijo Jaime.
De repente, un breve silencio se hizo, como si el pequeño hubiera dictado sentencia. Lo dicho, ese enano parecía poder dominar el mundo cuando creciera.
—Bueno, ¿alguien quiere ir a la Hamburguesería Rey?—, propuso Alba.
—¡¡Sííííí!!—, gritaron al unísono los niños, entusiasmados.
Ella sabía cómo hacer que los niños se olvidaran de un tema como ese.
Yo odiaba esas grandes cadenas de hamburgueserías que atraían a los niños con muñequitos que coronaban sus menús para arrastrar con ellos a sus familias.
Un modelo de negocio inteligente para vender comida low cost con trabajadores explotados.
No era eso lo que más me fastidiaba de esos sitios, sino que transmitía un penoso mensaje: a ver, cuando mis sobrinos crecieran un poco, quién les explicaba que debían seguir el ejemplo del universitario que les había puesto el Menú Towhaper y no el del macarra que gritaba en el reality de turno…
Al menos, no volvieron a preguntar por el caso.
De camino a casa, íbamos en el coche cantando alguna melodía de su programa favorito, riendo los chistes de Daniel (más por su ingenio inocente que por su gracia) y diciendo a Jaime que eructar «en voz alta» era de mala educación.
Y más todavía cuando te has puesto fino de mostaza…
Decidimos parar en un parque. Así los niños socializaban un poco y se terminaban de cansar.
Aquella noche sería de las de café, papeles y tomar apuntes con las ideas principales.
Lo único que teníamos claro era que había que encontrar rápido a Elisa y a las cuatro bullies que quedaban y ponerlas bajo vigilancia.
Alguien tenía que poner puertas a aquel campo de rosas.
A las nueve de la noche (siempre me resultó raro decir eso en pleno verano, cuando el sol se pone más allá de las diez), los niños estaban con los plomos fundidos.
La hora de la cena estaba siendo un show entre lo divertido, lo educativo y algo asqueroso: los bostezos de los niños entre bocado y bocado tenían su gracia, pero daba cosilla ver la comida a medio masticar en sus bocas abiertas y hubo que recordarles el decoro de taparse la boca para bostezar «como caballeros».
Con los niños ya camino del séptimo sueño, ya podíamos ponernos serios sin interrupciones.
Sin embargo, la información de la policía no arrojaba nada nuevo.
Lo único, la obligación de que Alba se hiciera la sorprendida cuando volviéramos a hablar con el comisario.
Así, nos pusimos a ver una película, prometiéndonos no mencionar el caso hasta la mañana siguiente.
Sin embargo, hacia la mitad de la película, no pudimos evitar hablar de ello.
—¿Qué piensas, Marcos?
—Que todo es muy raro.
—Lo ha sido desde el principio.
—Sí, pero teníamos la sospecha de Elisa.
—¿Y ahora?
—Ahora tenemos Pitbull. Un apodo que todo el mundo conocía pero que sólo se usaba en la pandilla. Tenemos cinco víctimas potenciales y cinco sospechosas en un grupo de cinco personas.
—Exacto. Estamos en la misma página entonces.
—Bueno, seis posibles víctimas…
—¿Seis?
Le conté lo de la rosa recibida en comisaría y que había pedido protección para ella. En ese momento no existían las otras cinco que esa mañana habían pasado a ser cuatro. Sólo estaban Elisa y ella. Alba tragó saliva.
—¿Crees que puedo estar en peligro?
—Sí y no. No tengo claro que estés en ese grupo de cinco, pero tampoco me siento del todo seguro. «Las rosas marchitas no son las únicas que mueren», o algo así decía la nota. Pensé en ti de inmediato—, expliqué.
—Sinceramente, no lo creo.
—¿Por qué?
—Porque era la más fácil de encontrar de todas, llevo años saliendo en televisión como reportera. Habría sido la primera en caer—, sentenció.
Tenía todo el sentido del mundo, aunque algo dentro de mí se resistía a pensar que fuera tan fácil descartar esa posibilidad.
Sin embargo, debía reconocer que Alba había llegado a una conclusión muy lógica.
Era sencillo encontrarla, si no por el lugar exacto, por la sede de la cadena donde trabajaba.
Yo mismo había ido miles de veces allí. Sabía que no era difícil pasar los controles de seguridad, a cargo de vigilantes entrados en años y quemados por los años como la nuca de un albañil.
Además, habría sido la muerte más fácil de justificar sin pensar en un crimen, a tenor de haber tenido que cubrir eventos como manifestaciones, incidentes a la salida de estadios de fútbol y otros tumultos del estilo.
Tenía razón, era sencillo dar con ella en un ambiente propicio para darle matarile sin levantar sospechas.
En ese momento, sí me pareció más plausible su explicación y, con un beso de alivio, cerramos la conversación para seguir viendo la película.