La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 10 | Rosas y espinas
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Capítulo 10 | Rosas y espinas

El camino hacia el colegio no existió, era sábado.

Los niños se hacían bromas durante el desayuno, aunque a veces había que frenarlos: los niños, niños son y a veces se vienen arriba.

Daniel era un poco bruto; a veces no era consciente de que estaba cobrando fuerza y podía hacer daño a su hermano.

Sin embargo, tenía buen corazón y trataba de corregir su conducta cuando se le llamaba la atención.

Íbamos en el coche a casa del amigo de Daniel.

Sus padres nos habían hecho el favor de quedarse con los niños.

Normalmente, los sábados los dejábamos con Gianine, una niñera que venía cuando teníamos trabajo y no había colegio.

Ese fin de semana, estaba enferma.  Los niños seguían bromeando en el coche y el camino transcurrió en paz y armonía.

Jaime, tan callado siempre, rompió esa infantil rutina. Como si hubiera tenido una epifanía repentina, preguntó:

—Tío Marcos, ¿ya sabes quiénes son los malos?—. Sus ojos estaban muy abiertos, incluso ignorando las muecas burlonas de su hermano.

—No, todavía no sabemos nada. Hay sospechas, pero ninguna certeza—, respondí.

—Yo creo que la respuesta es la que menos te esperas. Así pasó con Dumpivampi—, dijo de repente.

Era normal que ese caso hubiera dejado tanta huella en mis sobrinos.

No sólo habían presenciado un momento traumático, sino que su propia madre estaba en prisión por ello.

Sin embargo, la lucidez de Jaime nos dejó con la boca abierta.

Bueno, no a Daniel, que seguía haciendo muecas con la esperanza de que alguien le prestara atención y riera ante las caras que ponía.

—La cosa es que no sabemos qué esperar, pequeño—, dije con resignación. —Pero te prometo una cosa: daremos con los malos, como siempre.

—Eso lo sé. Nunca fallas y la tía Alba está contigo. Sois un equipo infalible—, dijo orgulloso.

Ese niño, con un comentario inocente, me había subido tanto la moral que me sentía pletórico.

Cuando llegamos a la casa y los niños bajaron del coche, por fin pude liberar esa emoción.

No quería, en ese momento, tener una larga conversación para explicarles que los hombres sí lloran y que no hay nada de malo en ello.

No porque no lo considerara importante, sino porque llegábamos tarde y era mejor hablar de ello en casa y sin prisas.

—Ese pequeñajo nos tiene como sus héroes—, dijo Alba con una sonrisa de las que iluminan una vida entera.

—Y no pienso defraudarle. No sé cómo, pero tenemos que resolver esta mierda—, sentencié con determinación. La miré con una mirada decidida: —Y también por ti. Podrás ponerte en paz con esos años.

Alba no contestó, aunque su sonrisa me recordase a la Mary Jane de las películas de Spiderman con Tobey Maguire: «a por ellos, tigre», parecía decir. El sonido de mi móvil, a través del manos libres del coche, rompió la magia de ese momento épico y sentimental.

—Lacalle.

—Venga enseguida al polideportivo municipal. Tenemos otra rosa marchita—, dijo el comisario.

—Entendido, voy para allá—, dije colgando el teléfono. Miré a Alba. —No nos dejan tomar café.

—Otra razón para atrapar a la asesina—, respondió ella.

—Bueno, ahora te llamo. Ya tienes la primera noticia del día—, respondí resignado.

Alba bajó del coche. Tenía que cruzar la ciudad para llegar al polideportivo. Por suerte, había cerca una salida hacia la autovía y podría esquivar el tráfico propio de una ciudad a la hora de entrar al trabajo. Diez minutos más tarde, estaba en la puerta del pabellón.

—Pamela Rojo. Misma edad y mismo instituto que las víctimas anteriores.

Tiene un ojo morado, varias contusiones y un disparo a quemarropa en el pecho.

Rosa marchita en la mano izquierda y en la otra una navaja suiza—.

Zumalacárregui me ametralló con las respuestas anticipadas a las preguntas de rigor.

—Echaré un vistazo—, dije con una seca seriedad.

El escenario no distaba mucho de parecerse a los anteriores.

Más allá de las diferencias en el modus operandi y en los elementos colocados para mantener la teatralidad, el resto era prácticamente idéndico.

Nada de huellas, nada de pistas… para colmo, el informe del ADN de los restos hallados bajo las uñas de Alicia Ramos no llegaba…

La buena noticia era que debía estar al caer, los análisis para restos frescos tardan apenas unos días; la mala, que el resultado podía no conducir a ninguna parte y, en caso contrario,  el tiempo que se tardase en saber algo era tiempo para añadir otra víctima al caso. Muy halagüeño todo (lamento la ironía).

Acompañado por el comisario, que trataba de aprender de cualquiera más veterano que él (prácticamente de todo el mundo), escudriñé la escena del crimen en busca de algo que se hubiera escapado a los agentes.

Observé cada detalle, anoté cuanto me pareció relevante…

Nada nuevo. Mi libreta no pasaba de ser un acta informal de aquella visita al escenario.

Todo cuanto pudiera ser relevante estaba entre los datos que el comisario había vomitado a mi llegada.

Una vez no había más que observar o examinar, el juez decretó el levantamiento del cadáver. Cuando este se produjo, bajo el brazo cuya mano tenía la navaja, una mancha de sangre en el suelo captó mi atención.

—¡Un momento!—, exclamé mientras señalaba al suelo con el dedo.

El juez, que aún estaba ahí, dio la orden al unísono con el comisario.

Examinamos el brazo de la víctima y ahí encontramos las espinas de la rosa clavadas en la cara posterior del brazo.

La mancha de sangre, bloqueada por el propio miembro, había resultado imperceptible y sólo era una silueta sin forma cuando se levantó el cuerpo; sin embargo, las heridas en el brazo formada por espinas de rosa, formaban una palabra: Pitbull .

Pedí permiso al juez para tomar fotos de las heridas y de la palabra que formaban.

Quizá Alba pudiera darme un contexto y un significado para lo que estaba viendo.

Aunque la forma de proceder parecía diferente, lo cierto es que me daba la sensación de ser lo mismo: una puesta en escena que revelaba cuentas pendientes y una muerte que bien pudiera tener relación con lo que aconteciera en el instituto en los años de adolescencia de las víctimas y su asesina.

Y una sensación de inquietud me invadió: de repente, pensé en Elisa Mora.

¿Dónde estaba?¿Por qué ahora tenía la impresión de que era inocente?

Llamé a mi editora de informativos favorita al salir de allí.

Le mandé las fotos y le di toda la información de la que disponía para que pudiera atar cuantos cabos viera oportunos.

También, la avisé de que no debía citar las heridas formando Pitbull en caso de que incluyera la noticia en los informativos, ya que era importante dejar cabos sueltos en la difusión de información.

Como ya dije, a veces contar demasiado pone en alerta a los criminales.

Igual que un mago no revela sus trucos, a veces es necesario que no se sepa qué sabemos.

Difundir la información elimina la sensación de impunidad, que tantas veces es clave para atrapar a un delincuente.

En ocasiones, los medios de comunicación pueden ser más útiles para dar con un culpable que la propia investigación.

Si quieres atrapar a alguien y le haces consciente de que sabes por dónde va, cambiará de camino: era fácil suponer que sería más difícil cuando ni siquiera teníamos una pista más allá de las sospechas de Alba.

Por fin llegué al coche y avisé a mi novia, como me había pedido que hiciera al despedir la llamada anterior. Aún estaba activando el manos libres del coche cuando sonó el teléfono.

—Hola, cielo, ¿cómo llevas el día?

—Ya está todo terminado. La noticia se va a incluir tal como me dijiste. No he dicho nada de las espinas ni de la navaja—, me dijo. —¿Me vienes a recoger?

—Ya mismo estoy allí. Un beso.

Salí a la autovía y en diez minutos llegué a la puerta del edificio, donde ella me estaba esperando. Si la cara es el espejo del alma, en la de Alba se estaba librando una guerra entre mil pensamientos y otras tantas emociones.

—Dime, ¿qué piensas?—, pregunté nada más iniciar la marcha.

—Que tu teoría del Final Boss se acaba de caer.

—Sí, me he dado cuenta—, admití. —Ni Rosa ni Diana, sino Pamela. Alguien está saltándose los turnos o quizá no, porque no los había.

—Además, Pitbull no era una palabra que usara Elisa para referirse a ella. Pamela tenía ese mote, pero dentro de su pandilla.

—¿Quieres decir…?— intenté preguntar, sin atreverme a formular la pregunta por entero.

—Quiero decir que lo sabía todo el instituto pero nadie lo empleaba. O Elisa ha querido burlarse del apodo que tenía en su propio grupo o la asesina es una de las abusonas del instituto.

—Mierda...— fue lo único que fui capaz de decir.

—Requetemierda—, replicó Alba.

La teoría que acotaba la investigación se acababa de desmoronar y la que parecía ser la sospechosa estaba desaparecida.

Para colmo, la muerte de Pamela y esa palabra escrita con espinas en su brazo añadía cuatro sospechosas más a la lista.

Ya no era una cuestión de prestigio, fama o dinero: había cuatro vidas que salvar, podía ser que cinco.

Y lo peor era que la tesitura convertía a cada posible víctima en, al mismo tiempo, sospechosa.