La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 9 | ¿Dónde estás, Elisa?
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Capítulo 9 | ¿Dónde estás, Elisa?

Mis sobrinos ya dormían plácidamente y me senté con Alba en nuestro sofá.

Habíamos hablado de cómo ajustar la jornada para tener más tiempo que dedicar a los niños, de actividades extraescolares y de cómo cuadrar esto para que pudieran también salir a jugar.

No era bueno que mantuvieran una rutina de colegio-comedor-merienda con la tele- deberes- cena-dormir.

No quería que tuvieran una infancia como la mía.

—¿Hay algo nuevo del caso?—, preguntó Alba de sopetón.

—Nada… oficialmente—, le dije. —Investigué a Elisa Mora por internet y di con sus redes sociales.

—¿El amante de lo clásico Marcos Lacalle buceando en internet?—, dijo con sorna. Sabía cuánta tirria le tenía a ese mundo cibernético que sustituye a la vida real.

—Sí, para lo que ha quedado uno...—, respondí con ironía. —Ya en serio, tengo más dudas que certezas.

—Cuéntame.

—Elisa vive lejos de aquí. Unos trescientos kilómetros.

—Pues vaya peñazo debe ser venir, matar, montar el show y largarse. A no ser que esté por aquí hasta acabar el plan—, dijo ella resumiendo mis pensamientos en un par de frases.

—Así es. Pero eso es lo menos inquietante—, añadí, creando un poco de suspense.

—Dime ya qué piensas, Marcos—, habló la impaciencia por boca de Alba —si quieres crear suspense, escribe una novela negra. ¿Qué tenemos?

—Tenemos a una mujer que prácticamente publica su vida. Trabajo, viajes, su día a día… le gusta la mirada ajena casi tanto como a una folclórica— necesitaba hacer esa comparación, sí. —De repente no ha subido nada desde el día cinco.

—Ese es un día antes de aparecer el cuerpo de Inma—, dijo Alba. Esa agilidad mental me enamoraba todavía más.

—Exacto. O estaba ocupada planeando y llevando a cabo los asesinatos, o renuncia a cualquier coartada...— expuse.

—...o le ha pasado algo y todo lo que creemos tener se va a la mierda—, completó Alba.

—Así es.

El sonido de la cafetera y el aroma del café nos dieron una pausa.

A Alba, a la vez, le concedió cierto alivio al enmascarar el olor del tabaco.

Mientras no volviera a coger del vicio con la regularidad de hacía un año, sí podía fumar en casa siempre que los niños no estuvieran delante.

Era un alivio contar con esa licencia, con el aroma del café, con la compañía y el apoyo de Alba, con unos niños que se dormían temprano y con cualquier cosa que me arropara ante un hecho: esa ausencia de cinco días en las redes sociales podía ser una confesión velada…

o una patada en el culo a la investigación del caso.

Volvimos al sofá con nuestras tazas de café.

El aire, entre la tensión, el humo de tabaco y el olor a cafetera, se había vuelto denso.

Tuve la sensación de poder cortarlo, mojarlo en mi taza y comerlo como una magdalena o una porción de bizcocho.

Por suerte, Alba me sacó de aquellos disparatados pensamientos.

—Toma, esta es la lista—, dijo poniendo cara de acabar de despertarse. —Casi se me olvida.

La lista contenía cinco nombres más. Cinco mujeres, cinco adolescentes en aquellos tiempos, que se sumaban a las dos víctimas que ya teníamos.

—Siete contra una, qué valientes—, murmuré sin pensar.

—Y siete mujeres muertas si no aparcas la rabia y sacamos algo en claro—, espetó mi amada.

Tuve una sensación extraña, casi humillante para mí: pese a ser una de las agredidas por aquellas bullies de hacía décadas, Alba era capaz de mantener la cordura mientras yo me dejaba llevar por mis emociones.

Necesitaba procesar todo lo que estaba sabiendo, pero no tenía tiempo para ello.

El reloj andaba, el tiempo transcurría y el cero en una hipotética cuenta atrás hacia otra víctima se aproximaba acechante. Tic tac, tic tac…

Rosa Espiño, Diana Valenciano, Pamela Rojo, Amanda Rivas y Beatriz Delgado.

Cinco nombres. Cinco matonas de instituto.

Cinco mujeres a las que tendría razones para odiar si sus vidas no estuvieran en mis manos.

Enfrente, estaba Elisa Mora: un nombre que no sabía si correspondía a una mujer o a un fantasma, una vida extinta desde hacía cinco días.

—Las he ordenado de menor a mayor jerarquía dentro del grupo. Si tu teoría del Final Boss es correcta, Beatriz debe ser la última en caer—, aclaró Alba.

Me explicó por encima cómo funcionaba esa manada que habían conformado las siete.

Inmaculada Merino era la que había abandonado a tiempo, la que pasó de curso y dejó de hostigar a otras chicas; Alicia Ramos era la que había crecido antes y era una presencia que intimidaba aunque no hiciera nada y no dijera una palabra; Rosa Espiño era la que aportaba el ingenio y la creatividad poniendo motes y planeando trastadas que hacer a las chicas acosadas; Diana, Pamela y Amanda eran meros brazos ejecutores, tenían maldad y las manos largas.

Beatriz era la líder, la manipuladora que conseguía mantener a las otras bajo su mando, pese a que fueran más fuertes que ella, y la que escogía a las víctimas. Se hacían llamar «Las Mariposas».

Las siete tenían en común, además de ser pijas, ser agraciadas con su físico en aquel entonces.

Engreídas, maliciosas y con cuerpos delgados o atléticos según el caso.

De cualquier manera, eran las reinas de los leggins , la soberbia y la mala leche a la hora de hacer la vida imposible a otras chicas.

—Elisa y yo las llamábamos «Las rosas marchitas». Todas guapísimas, todas muy buenorras, bellísimas como flores de un bodegón renacentista: pero podridas por una maldad que hacía marchitar su belleza—, aclaró Alba.

—De ahí la rosa marchita en los cuerpos de las víctimas—, dije y al instante me di cuenta de que había soltado una obviedad de tal magnitud que Alba habría preferido mi silencio. Tanto que obvió mi comentario.

—Aún así, hay cosas que no recuerdo. Como si mi mente hubiera bloqueado a propósito períodos de aquellos años—, dijo.

—Bueno, supongo que la mente a veces archiva cosas en lo más recóndito de la memoria por mera supervivencia—, dije sin pensar.

—¿Ves, Lacalle? Ahora has sonado más inteligente que antes—, me dijo —Aunque tampoco es que el listón estuviera muy alto.

—Gracias, so borde—, respondí entre risas.

Sin embargo, se hizo un súbito silencio. Su cara cambió y su expresión mezclaba emociones, entre la preocupación y el temor con algunos toques de vulnerabilidad. Levantó la mirada como si clamara al cielo:

—¿Dónde estás, Elisa?