Capítulo 8 | la lista
Los niños notaron que algo raro pasaba. Estábamos muy callados, cada uno repasando mentalmente el caso mientras los llevábamos al colegio.
Pocas veces entraron tan contentos al colegio, sabiendo que hasta en las aulas se respiraría menos tensión que en el coche.
Y menos tabaco: sí, otra vez se quejaron de mi olor a pesar de me fumé el cigarrillo un buen rato antes de salir.
Alba tuvo una llamada que no hizo sino cargarla con más presión.
Nada extraño cuando eres editora de informativos y entra una noticia urgente a primera hora de la mañana.
El café protocolario antes de que entrase a trabajar no tendría lugar aquel día.
La dejé prácticamente en la puerta del edificio y me dirigí hacia mi oficina.
Aún estaba encendiendo el ordenador cuando Zumalacárregui ya estaba al teléfono.
—¿Ocupado, Lacalle?
—Si mi ordenador no fuera tan lento, le diría que sí. Dígame, comisario.
—Parece que tiene usted un mensaje aquí en comisaría.
—¿Un mensaje?
—Ha llegado aquí un paquete a su atención —dijo para mi sorpresa. —No se preocupe, ya lo hemos comprobado y no es un paquete bomba—, intentó bromear.
—Entonces tienen mi permiso para abrirlo.
Los sonidos propios de un papel rasgándose y de una caja de cartón abriéndose se unían a algunas voces curiosas y confusas como ruido de fondo en la llamada.
—¿Tiene usted alguna pretendienta? Es una rosa—, me dijo.
—Váyase a la mierda, esto es serio—. A veces me sacaba de quicio. —¿Marchita, por casualidad?
—No, una rosa fresca. Roja. Incluso huele bien—, matizó. Me dije que lo raro sería que oliera a churrasco. —Espere, hay una nota. Dice «las rosas marchitas no son las únicas que mueren».
—Ya empezamos con los acertijos…
Efectivamente, mi voz era incapaz de contener el hastío, la sensación de hartazgo y rutina.
No esperaba que el asesino, la sospechosa o quien fuera firmase la nota con un «eh, soy yo y estoy aquí, deténganme».
Sabía que esa era una pauta propia de quien marca los cuerpos de sus víctimas y deja rosas marchitas por ahí.
Me despedí del comisario, sin preocuparme demasiado en ser formal o educado, y llamé a Alba.
Cuando la puse al corriente de lo ocurrido, la voz de Alba se entrecortó.
Su respiración empezó a acelerarse y, pese a no verla al otro lado del teléfono, podía intuir su rostro palideciendo.
Sin duda, algo rondaba su mente y no tenía pinta de ser nada bueno.
No quiso hablar de ello y sólo me dijo que después me daría la lista que le pedí.
A falta de confirmar las sospechas, sólo podíamos tratar de anticiparnos al siguiente asesinato.
Lo siguiente fue llamar al comisario. Al no poder contarle mis sospechas ni destapar a Alba como mi informadora de referencia, opté por la salida más inteligente: utilizar la coincidencia del instituto, ligarla a esa rosa que me habían enviado a la comisaría y solicitar medidas de protección para Alba.
Al menos, tratar de poner las cosas difíciles si es que alguien quería cargarse a mi novia.
Zumalacárregui me dijo que tendría que tocar algunos hilos porque no había una sospecha consistente.
—No me joda, Zumalacárregui. Iban al mismo instituto y la rosa que me han mandado puede ser un aviso porque asocien a Alba conmigo. ¿No son suficientes indicios de que necesite protección?
—Ahí le ha dado, Lacalle, tiene razón. Algo podremos hacer.
Tras revisar el correo, vi que el caso de la concejala seguía parado.
No había citas para ese día, lo que me alegró.
Sí, es algo raro si tenemos en cuenta que por más detective famoso que fuera, soy un autónomo; pero eso me dejaba al menos un día con carta blanca para investigar a Elisa Mora sin preocuparme por otros frentes abiertos.
Sus redes sociales arrojaban una vida normal, al menos en apariencia.
No tenía pareja ni hijos. Compartía imágenes del trabajo en una oficina, de salidas de fin de semana y hasta de viajes estivales.
Aquella mujer parecía cualquier cosa menos una asesina en serie.
No obstante, mi experiencia en investigaciones me exhortaba a no dejarme guiar por las apariencias: cuántas veces hemos visto casos de asesinos de los que nadie sospechaba porque saludaban a sus vecinos por la escalera…
La distancia, según su perfil, jugaba a su favor.
Vivía lejos de nuestra ciudad, me parecía demasiado hacer un viaje de trescientos kilómetros para cometer un asesinato, llevar a cabo la puesta en escena que encontraríamos después y marcharse para repetir el guión un par de días más tarde.
O, lo que es peor y a la vez más plausible, mantener una estancia de varios días o semanas hasta completar su plan.
Sólo sabíamos una cosa: el plan no estaba completo mientras no cayeran las demás bullies que pudieran quedar vivas.
Este último pensamiento parecía apartar a Alba de la lista de víctimas.
Hablábamos de las abusonas y Alba era no lo era.
Pero no debía olvidar que todo esto era una teoría; que podía haber otra causa ligada al nexo del instituto y que no fuera exclusivamente haber padecido el acoso de Inmaculada, Alicia y sus amigas; que los pocos hilos de los que podía tirar eran tan poco consistentes que pensar que sabía algo era pretencioso...
Seguí deslizando publicaciones de las redes de Elisa Mora, buscando lo que fuera que pudiera darme un norte.
Al llegar a la última publicación, la fecha hizo saltar algo que no sabía si eran alarmas de peligro o fanfarrias de victoria: su último post era del 5 de junio.
Era del día anterior al primer cadáver. Viendo la frecuencia de sus publicaciones, mínimo una al día, pensé que una publicación en otro lugar la haría parecer inocente; de su contenido, deduje que le gustaba mostrarse y presumir de sus viajes y escapadas, mostrar sus rutinas…
disfrutaba de esa exposición o había sucumbido a esa moda extraña de mostrar los pies en la playa o los platos de algún restaurante visitado; la ausencia de publiaciones desde aquel día me daba dos posibilidades: o estaba renunciando a cualquier coartada o algo le había pasado y volvíamos al punto de partida.
La lista: necesitaba esa lista con las posibles víctimas potenciales de nuestra asesina.
Lo único que teníamos claro en la investigación, era que las manos correspondían a una mujer según el forense.
«Manos de mujer o de pianista», había dicho.
Lo del pianista me sonaba a hipérbole irónica del médico judicial.
Tampoco Alba tenía claro que nadie de las personas acosadas por aquel grupo supiera tocar el piano…
En resumen, teníamos dos víctimas, muchas sospechas, pocas pistas y una rosa roja en comisaría. También, una sospechosa desaparecida hacía unos días y una lista que podía tener la clave para acotar la investigación. Lista… lista era la asesina que nos tenía bailando en la palma de sus manos.