Capítulo 7 | Rosas de Mora
La tensión inundó el ambiente. Del mismo modo, me sentí aliviado.
Que Alba fuera a hablarme de sus sospechas significaba que no iba a abandonar la investigación, que había sido uno de mis miedos tras comunicarle la muerte de Alicia Ramos.
Que las víctimas fueran personas próximas a ella, al menos en cuanto a haber sido compañeras de instituto, me hacía temer que ella estuviera en la diana de quien estuviera segando vidas por ahí.
Habría entendido que no quisiera continuar; pero contar con ella era tener un activo muy valioso para la investigación.
—Alicia era amiga de Inmaculada—, me dijo para ponerme en situación. —Las dos estaban en ese grupito de abusonas que me hicieron bullying .
—Entiendo. Tiene que ser raro investigar las muertes de quienes te hicieron pasar por eso.
—Marcos, teníamos quince años—. Esa respuesta de Alba me dejó helado. Estaba justificando lo ocurrido o disculpándolo.
—Cielo, aún así. Te lo hicieron pasar mal y eso que aún no me has contado qué te hicieron.
—No quiero hablar de eso—, zanjó con contundencia.
Un silencio incómodo se hizo en ese momento.
Ella volvió la cara, ocultando la contracción de sus facciones y las lágrimas que asomaban.
Alba estaba siendo muy valiente, pero eso no significaba que fuera invulnerable.
El caso, las fallecidas y sus sospechas giraban en torno a la peor época de su vida.
—¿Quieres que lo hablemos en otro momento?—, le ofrecí. No quería verla tan herida.
—Y una mierda. No tenemos tiempo que perder. Ni las víctimas ni quien las esté matando van a esperar a que yo me encuentre mejor.
—¿Entonces? ¿Qué sospechas tienes?— la respuesta de Alba me hizo volver al punto inicial, a desear que me dijera todo cuanto había en su mente.
—No lo tengo claro todavía, puede que sea una coincidencia. Pero creo que detrás de estas muertes hay una antigua víctima de sus abusos.
—¿Se te ocurre alguien en concreto?
—Elisa Mora. Era la otra «gordita» de la clase. Había otra más a la que acosaban normalmente, Laura Hidalgo. Pero ella tuvo un accidente años más tarde—. Eso era una sospecha clara y lo demás eran tonterías.
—¿Murió?
—No. Pero se quedó en silla de ruedas. Iba de paquete en una moto y…
Hizo un gesto de impotencia. El silencio volvió a inundar el salón.
Una sonrisa melancólica era el retrato de mis pensamientos: por fin, el caso parecía apuntar en una dirección concreta; por otra parte, era imposible no viajar mentalmente a aquella época y sentir la turbidez del día a día de Alba y Elisa en el instituto.
Alba insistió en que sólo eran sospechas, sin ninguna base sólida, y había dicho que no estaba segura, que quizá todo pudiera ser una simple coincidencia.
Elisa Mora era una opción plausible, pero no había nada más que la intuición de Alba para conectarla con los crímenes.
No había en ellos nada que apuntara en esa dirección concreta: sí, iban al mismo instituto, pero también vivían en la misma ciudad.
Eso haría sospechosa a mucha gente, incluso a mí mismo aunque la única vez que maté una mosca fuera por accidente.
Compañeros de instituto, de la carrera, alguien del trabajo, amantes despechados…
todos podían ser sospechosos. Hasta mis sobrinos podrían serlo sin saber muy bien por qué.
Aunque lo odiara, tenía que darle la razón a Alba; el único camino que podíamos seguir era tan poco consistente que se desvanecía sólo con pensar en él. Habría que buscar fundamentos más sólidos. No obstante, yo tenía la ventaja de ser detective y no policía...
—¿Qué piensas, Marcos?
—Que, aunque sea un hilo muy débil como para tirar de él, se puede investigar.
—Pero ¿con qué justificación? No tenemos con qué fundar ninguna sospecha.
—No, efectivamente. Pero yo no necesito una orden judicial para inveestigar a Elisa: yo tengo un poco más de manga ancha. Es como si su marido me contratara para saber si le es infiel.
—Bien visto, Lacalle— cuando me llamaba así al mismo tiempo que su voz se volvía melosa, me volvía loco. Esa noche terminaría mejor que bien, mucho mejor de lo que me esperaba… aunque el relato de esa parte mejor me lo salto. Un caballero no tiene memoria.
Una hora más tarde, caímos en un plácido y profundo sueño.
Abrazados, sintiéndonos, respirando pausadamente como si el mundo no existiera.
Era extraño que se diera una escena tan bella en medio de toda la tormenta de las rosas de Mora.
Sabía también que algo se me escapaba, que a Alba también se le quedaba un cabo suelto…
pero también sabía que, en ese momento, tampoco importaba.