La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 6 | Alba en el rosal
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Capítulo 6 | Alba en el rosal

Alicia Ramos. Inmaculada Merino. Dos rosas marchitas y dos modus operandi .

Un mechón rapado, una yema quemada, dos cuentas pendientes.

Una con veneno, una estrangulada, dos muertes.

Dos puestas en escena, tan diferentes pero iguales, un único patrón que no acertábamos a encontrar.

Dos crímenes, un misterio y millones de neuronas trabajando a destajo colisionando en mi cabeza.

La impaciencia se empeñaba en estirar las horas que faltaban hasta que Alba me diera el aviso de que venía a casa y poder tener esa conversación.

También es cierto que el «tono» del mensaje me hacía temer algo; aunque no hubiera un tono de voz en un mensaje escrito, lo cierto es que resultaba lo suficientemente escueto para darme a entender que algo no andaba bien.

Y temía que Alba no pudiera sostener su colaboración en el caso.

Estaba claro que le afectaba personal y emocionalmente.

El juez ya había dado la orden de levantar el cadáver y eso tenía un significado extra: todo el mundo rodeaba al forense, sobre el que caía una tormenta de preguntas.

Lo cierto es que él mismo solía animar esos «linchamientos» de cuestiones, buscando que cada cual pudiera despejar sus propias incógnitas y, con ello, aportar su visión al caso.

En él se mezclaban la voluntad de aportar cuanto más detalles mejor, incluso respondiendo a preguntas que ni él se había hecho, con un ego histriónico que le hacía desear cierto protagonismo.

Las marcas del cuello revelaban unos dedos finos y largos, a medio camino entre los de una mujer o un pianista; en el centro de cada dedo, lo que parecía la marca de una costura daba a entender que esas manos estaban dentro de unos guantes de trabajo.

Al parecer, habían recogido muestras bajo las uñas de Alicia, lo que quería decir que había intentado defenderse y que, si ese ADN estaba en las bases de datos de la policía, podríamos identificar a alguien; también, que si no estaba registrado, habría que mirar las caras de la gente y hacerse preguntas si alguien presentaba arañazos visibles.

Esperar y rezar, era todo lo que nos quedaba por el momento.

Más pistas, pero la misma confusión. Ese era el resumen de este nuevo asesinato.

Mi plegaria, ese «mata otra vez, por favor», había sido escuchada parcialmente: teníamos otra víctima, alguna información en la que depositar alguna esperanza, pero seguíamos igual de perdidos.

Y dolía. Dolía pensar que tanto despliegue de agentes y expertos no estuviera sirviendo para nada y que, para colmo, alguien estuviera señalando hacia nosotros y riendo de forma maléfica mientras tachaba un nombre de una lista y se encaminaba hacia el siguiente.

Encendí un cigarrillo. Hacía mucho que no fumaba, aunque siempre tenía mi paquete de tabaco en el bolsillo.

Tener a los niños en casa obligaba a dejar el vicio aparcado hasta que no pudiera más, cuando los nervios propios de un caso como aquel estremecieran mi cuerpo.

De hecho, pronto puse nombre a esa tensión que me había llevado a hacer chasquear la yesca del mechero: miedo.

Dos compañeras de instituto, dos rosas marchitas; dos cuentas pendientes, estaba seguro por lo que diferenciaba cada ritual en cada muerte; mi miedo era que Alba también tuviera sus pétalos en aquel rosal de flores marchitas.

Por fin, aquella feria de hombres de ley se dispersó.

El forense solo con su propio alivio, tras haber contestado un sinfín de preguntas ansiosas, y satisfacción por haber sido el centro de atención por un buen rato.

Y yo, al mirar mi reloj, sentí que un interruptor en mi cabeza actuaba: era el momento de desconectarme del caso hasta la noche y activar el modo «hombre de familia». Había que recoger a los niños.

—Has fumado, tío Marcos. Apestas a tabaco—, espetó Daniel nada más entrar en el coche.

—Daniel, no me fastidies, anda—, respondí algo malhumorado —no sabes cómo se pega este olor rodeado de policías fumando.

Daniel no parecía conforme con la respuesta.

—Aún no habéis atrapado a los malos, ¿verdad?—, dijo Jaime. Era una sorpresa escucharle hablar, siempre parecía ausente y hasta concentrado, como si metiera palabras en la cabeza de su hermano, más lenguaraz. Ese niño lo observaba todo en silencio, como si urdiera un plan para dominar el mundo.

—Me temo que no—, rezongué con una mezcla de cansancio e impotencia. —Sea quien sea, está sabiendo caminar sin dejar huellas.

Por suerte, llegar a casa acabó con las preguntas.

Los dos corrieron al salón, compitiendo por llegar primero hasta el mando a distancia para encender la tele.

Su programa estaba a punto de comenzar. Mientras, yo preparaba su merienda e intentaba dejar mis neuronas quietecitas hasta que Alba llegara.

No tenía sentido darle más vueltas mientras no escuchara lo que ella tenía que decirme.

Una hora después, los niños apagaron la tele y se fueron a hacer los deberes.

Me quedé solo en el salón, escuchando música.

También sabía que apenas tendría hora y media, dos como mucho, de tranquilidad.

En la última tutoría del colegio, me habían explicado que los dos tenían una memoria prodigiosa, tanto que solían retener con facilidad lo que se decía en clase; eso explicaba que fueran tan rápidos con sus tareas y que sacaran tan buenas notas pese a no estudiar demasiado.

De hecho, solía tener libros adecuados para su edad y les hacía completar una hora de lectura después de los deberes.

Quería que fueran cogiendo el hábito lector y de estudio.

Sí, de estudio: solía hacerles preguntas sobre las lecturas como si fuera un examen doméstico.

Tanto me evadí con la música que ni siquiera oí las llaves de Alba volteando el bombín de la cerradura.

—¡Tía Albaaaa!—, piaron las alegres voces de los niños, que adoraban a su tía consorte.

—El tío Marcos ha fumado—, dijo Daniel con diligencia. Dichoso niño acusica…

—Está nervioso porque aún no ha podido atrapar a los malos—, me defendía Jaime, haciendo sangre sin querer en la impotencia que estaba sintiendo. Era curioso que un comentario inocente pudiera hacer tanta sangre.

Dejamos morir el tema mientras cenábamos todos juntos. Con todo, me tuve que cambiar de ropa para que dejaran de darme la brasa con mi olor a nicotina.  Al poco, los bostezos de los niños anunciaban esa conversación con Alba que llevaba esperando todo el día.

—Marcos, creo que tengo una sospecha.