Capítulo 5 | La llamada
Por la mañana, Alba y yo despachábamos el café antes de que ella entrase al trabajo.
Habíamos dormido un sueño ligero, agitados por la inquietud ansiosa de ella y el insomnio que me provocaba esa ira hacia aquellas bullies .
Por una parte, era irónico tener que investigar para prevenir las muertes de unas personas a las que habría matado yo mismo con mis propias manos; por otro, una parte de mí sabía que podría estar siendo tremendamente injusto. Había pasado mucho tiempo.
—Marcos, no sabemos nada, han pasado muchos años.
—Lo sé, es una especie de rabia atrasada. Si lo hubiera sabido...—, dije. Mi sensación de confusión era real, indeciso entre dos impulsos que brotaban, uno por naturaleza y el otro tras usar la razón.
—Sabes que no me gusta que te pongas tan protector. Cuando pueda mirar los nombres busco algo de información.
—Bueno, esta noche sabremos algo, ¿no?
—Puede que antes—, respondió señalando su móvil. Había hecho una foto a la orla para consultarla en algún momento que tuviera. Supuse que lo haría cuando hubiera discutido con el Jefe de Informativos o algún papanatas de la cadena. —Bueno, me toca subir a ver qué me encuentro hoy.
—Vale, tesoro. ¿Hablamos luego?
Nos despedimos con un beso y la vi alejarse, mezclada con la gente que entraba y salía a borbotones de aquel edificio.
Me preguntaba a veces cómo podía caber semejante cantidad de personas ahí dentro, por muy grande que fuera, sin que colapsara toda esa estructura.
El caso es que dejé aparcados mis pensamientos catastróficos y me fui a por el coche.
Ya en la oficina, el correo no arrojó nada especialmente interesante. Mis confidentes en el Ayuntamiento decían que todo estaba tranquilo, que no se veía nada raro en el despacho de la concejala. Sin embargo, una llamada lo cambió todo:
—¿Alba? ¿Qué ha pasado?
—Va a salir en las noticias de las dos. Estoy segura de que el comisario te va a llamar en breve. Hay otra víctima—. Su voz era baja y apresurada, como si estuviera conspirando para cometer un crimen.
—¿Cómo? ¿Otra víctima? ¿Dónde? ¿Cuándo?
—Estrangulada. Sí. En la puerta del Centro de Salud. Esta mañana. Y antes de que me lo preguntes, tiene una rosa marchita en una mano y la yema del índice de la otra quemada.
—¿Sabes el nombre de la víctima?
—No, no hemos podido saber mucho más.
La llamada se cortó abruptamente. Imaginé que se habría escaqueado por un momento para llamarme y que colgó rápido para no levantar sospechas. Los medios de comunicación son celosos con las exclusivas...
Me sentí culpable. La plegaria de la noche anterior había sido escuchada.
Y me sentía peor cuando una voz aguda dentro de mí me susurró que podría ser que en ese crimen hubiera una oportunidad de hallar alguna pista o alguna información que pudiera ser útil.
En este trabajo te vas insensibilizando con los años.
Tenía un pequeño demonio en el hombro celebrando la oportunidad y a un angelito enfadado diciéndome que me podía convertir en un zurullo humano. Y ambos tenían razón.
Tenía que esperar la llamada del comisario para no destapar a Alba.
Quizá no a ella concretamente, aunque ya era público y notorio que estábamos juntos y atar cabos no sería difícil para nadie, pero tenía que ocultar que tenía información por una vía extraoficial.
Por suerte, la llamada se produjo unos minutos después.
—Lacalle al habla. Dígame, comisario.
—Tenemos otra víctima. Venga lo antes posible.
—De acuerdo, ¿dónde?
—En la puerta del Centro de Salud. Otra rosa marchita.
—Voy para allá. Gracias, comisario.
Ni siquiera esperé a que Zumalacárregui colgase el teléfono. Corrí a la escena del crimen, pretendiendo llegar antes de que demasiada gente anduviera cerca del cuerpo. A más pisadas, menos huellas que seguir.
Cuando llegué al Centro de Salud, el comisario mantenía a raya a la mayoría de personas del operativo.
Apenas un par de agentes estaban por detrás del precinto, mientras él iba distribuyendo al resto del personal.
Al ser una escena al aire libre, era primordial que curiosos y transeúntes estuvieran a una distancia prudencial de aquel escenario.
—Gracias por venir tan deprisa, Lacalle—, dijo Zumalacárregui levantando el precinto.
—Veamos qué tenemos aquí—, dije con una frialdad impostada.
Los sentimientos encontrados, entre el ansia de cazar al asesino y una especie de pérfida satisfacción por ver muerta a alguien que posiblemente hiciera daño a Alba, me impedían discernir con la claridad de siempre.
No obstante, contar con la información de mi novia era una ventaja que tenía que administrar; para no destaparla, fui dando pequeños rodeos antes de comprobar la quemadura en su dedo.
Por suerte, la rosa marchita era un detalle demasiado obvio.
—Se llamaba Alicia Ramos—, dijo Zumalacárregui casi sin darme opción a preguntar.
—Ya decía yo que la cara me era familiar—, mentí —Tengo que hacer una llamada.
—¿Una llamada?
—Sí. Tengo una sospecha que quiero confirmar. En caso afirmativo, se lo explico.
—¿Y en caso negativo?
—No tendría sentido meter ruido innecesario en el caso. Ya estamos bastante perdidos.
—Entiendo.
—Confíe en mí, comisario.
Creo que, en ese momento, infundí seguridad en el joven comisario.
Llamé a Alba y le dije el nombre de la víctima.
Ella no lo sabía aún, se enteró en ese instante en que se lo dije, y su voz se entrecortó.
Efectivamente, la conocía. Había sido amiga de Inmaculada Merino, una de las que repitió curso.
Sin embargo, era de las que apoyaba con su presencia a las otras si decir ni hacer nada.
Más que una de las acosadoras, era de esas cómplices que no se atrevía a parar nada pero tampoco intervenía activamente en las burlas y agresiones.
El primer detalle que anoté en mi libreta es que podría haber un patrón.
La que dejó de acosar, la que no hacía nada…
No sabía cúantas eran las implicadas, pero parecía que hubiera una línea ascendente, como si dejara a la líder para el final.
Pero, hasta el momento, era sólo una idea peregrina.
También, esa parte de infantil de mí que había sanado con el caso de Dumpivampi pensó en los videojuegos y en esa búsqueda del Final Boss .
Cómo echaba de menos esa voz alegórica de Marquitos…
Podría parecer una gilipollez, pero mi parte más nostálgica de la niñez se sentía conectada con esa etapa adolescente en la que Alba tenía algún tipo de relación (a su pesar) con las víctimas de aquellos asesinatos.
Esa idea, aún un susurro en mi cabeza sin demasiado fuste, se tradujo en un mensaje:
Alba, siento meterte prisa. Necesito saber los nombres de esas chicas y la implicación que tenían en el acoso.
Sin embargo, cuando apenas le había dado al botón de Enviar, un mensaje de Alba llegó:
Tenemos que hablar esta noche. Luego te cuento. Un beso.