La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 4 | Mata otra vez, por favor
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Capítulo 4 | Mata otra vez, por favor

Al amanecer, completamos nuestra rutina de ducha, café, niños, colegio, desayuno en el bar de enfrente y nuevo café antes de que Alba entrase a trabajar.

Ahí se acababa el tiempo en común hasta la tarde, cuando yo recogiera a mis sobrinos y me encargara de su cuidado esperando a que Alba llegara a casa y volviéramos a ser una familia.

A veces me daba rabia que el tiempo en común fuera tan corto, pero todavía nos estábamos adaptando. Todo era nuevo para todos nosotros.

De camino a la oficina, me preguntaba de qué hilos podríamos tirar con la información que teníamos.

Había una mujer envenenada, un mechón de pelo rapado, una rosa marchita y el nuevo dato, que había ido al instituto con Alba.

Sin embargo, nada pasaba de ser un mero indicio de cuentas pendientes y una coincidencia.

Lo único que se me ocurría era buscar algo de luz entre las amigas de la víctima: el comentario de Alba sobre aquellas malas compañías podía ser oro puro, si arrojaban algo de luz, o ser un recuerdo adolescente sin mayor transcendencia.

No obstante, tampoco había mucha más tela que cortar.

En el último semáforo en rojo antes de llegar a mi despacho, envié un mensaje a Alba:

«Necesito los nombres de las pijas que decías que se juntaban con Inmaculada Merino. Es lo único que se me ocurre por ahora. Un beso».

Cuando la luz se puso en verde, bajé las dos últimas calles, doblé una esquina a mi derecha y aparqué a una manzana del edificio donde tenía mi despacho.

No estaba lejos de mi casa, pero la ruta exigía mover el coche por acercar a Alba al trabajo.

Tener ese tiempo extra para estar juntos bien merecía cambiar el paseo por la calzada y las señales, aunque se me hiciera pesado a ratos.

Una vez hube llegado a la oficina, mi móvil sonó.

«En cuanto tenga sus nombres te los paso. Recuerdo más motes que otra cosa. Un beso».

Pese a comprender que, casi treinta años más tarde, sería difícil recordar algunos nombres, lo cierto es que el mensaje de Alba me dejó planchado.

Un día sin investigar era un día perdido.

Revisé el email y los mensajes del contestador.

Me habían entrado un par de casos rápidos, casi banales en comparación con el asesinato de Inmaculada Merino; pero vendrían bien para levantar los ingresos de ese mes y pagar algunas facturas.

Con un poco de organización, pronto supe qué pasaba con ese hombre que llegaba demasiado tarde del trabajo, cuya mujer me contrató por sospechas obvias.

Para su decepción, porque tal pareció cuando le mostré las fotos, se había apuntado a un gimnasio.

O eso o mi concepto de local de alterne se había quedado muy anticuado.

Quinientos euros rápidos y sin dramas colaterales: el otro caso sería cuestión de tiempo, al menos mientras se producía algún movimiento en la concejalía de urbanismo.

Vaya racha llevaban en ese despacho del Ayuntamiento…

Por la tarde, recogí a los niños mientra mi cabeza estaba en otra parte.

Sentía que había perdido un día en la investigación sobre la pobre Inmaculada, mientras había resuelto un caso de presuntos e inexistentes cuernos y el de la concejala de urbanismo estaba en punto muerto.

Evidentemente, el caso de asesinato colmaba mis pensamientos mientras preparaba la merienda de mis sobrinos, que esperaban ya delante del televisor.

Mientras ellos disfrutaban de su programa y engullían las viandas sobre la mesa baja del salón, yo contaba los minutos para ver a Alba entrar por la puerta.

Debían ser las ocho y media cuando, por fin, llegó a casa.

Cenamos juntos, charlamos de cómo había ido nuestro día y acostamos a los niños cuando llegó la hora.

Apenas eran las diez cuando, tras darnos una ducha y prepararnos unas infusiones, tuvimos tiempo para nosotros.

Ella había estado mirando la orla del instituto mientras yo salía de la ducha y vertía las infusiones en las tazas.

Sin embargo, parecía afectada cuando llegué al salón.

—Mejor lo miro mañana, Marcos.

—Entiendo, estarás cansada, ¿verdad?

—No es eso, cielo. Es… algo más complejo.

—¿Qué ocurre, cariño?

—Verás, estas chicas...— su mirada se fue hacia el techo y su mano tapó su boca. No quería que viera cómo se le torcía el gesto. —… también me hicieron bullying a mí .

—¿Cómo?— una súbita y lógica rabia me corroía, era puro instinto de protección. Pero necesitaba contenerla, no debía pecar de paternalista ni hacer a Alba sentirse peor. —¿Has dicho bullying ?

—Ya sabes, en aquella época yo no estaba demasiado en forma como ahora. Estaba gordita, tenía granos… y un grano en el culo que eran estas niñatas y la pobre Inmaculada.

«Un grano en el culo… y la pobre Inmaculada», repetía mi cabeza.

No supe qué responder, entre mi propia rabia y esa mezcla de recuerdo agrio de Alba para con sus agresoras y empatía por Inmaculada que me había conmovido.

Dejé la taza en la mesa y di un par de vueltas por la casa.

Un arranque de furia me quemaba la sangre, pero al mismo tiempo sabía que desatar esa ira no serviría de nada.

También culpaba a esas mujeres de una nueva espera, pues tendría que esperar a que Alba estuviera preparada para enfrentarse a esa orla.

Necesitaba un nuevo crimen para, si había suerte, obtener más información y alguna miga de pan para seguir un camino; también, de algún modo, como una forma de venganza hacia las acosadoras de mi novia.

Era cierto que había pasado mucho tiempo y a lo mejor eran unas bellísimas personas, pero esa idea ni siquiera se asomaba por mi mente en ese preciso instante.

Me sentía perdido en el caso e iracundo en la vida.

Mi plegaria de aquella noche no era para Dios, que nunca fui creyente, sino para el asesino: «mata de nuevo, por favor».