La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 3 | Alba al Rescate
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Capítulo 3 | Alba al Rescate

La información de la policía tardaba en llegar.

Las horas pasaban lentas, como si tuvieran voluntad propia y quisieran echar leña al fuego de la tensión expectante.

Yo daba vueltas a mis propias conclusiones, a falta de más datos para añadir o eliminar aquí y allá, de poder afinar mis propias teorías como si de cuerdas de guitarra se tratara.

Sin embargo, el teléfono guardaba el mismo silencio que mi propia boca y acabé pensando en lo mismo de siempre cuando necesito una fuente alternativa: Alba.

Ella, por su trabajo, estaba acostumbrada a investigar.

Aunque ahora le hubieran asignado la edición de informativos, nadie que conociera a Alba Lamas Audaz pensaría que se conformaría con ese trabajo entre cuatro paredes tras tantos años de reportera y periodista de investigación.

Siempre dije que la clave de su éxito era una especie de instinto policial sumada a sus dotes para la comunicación.

Probablemente, como era costumbre, acogería mi propuesta de ayudar en la investigación como quien encuentra una manta en una noche de invierno.

—Hola, Alba, ¿cómo llevas el día?

—Hasta las narices, no te miento. Ya sabes, todo el tiempo peleando con los directores de Informativos que intentan meter tijera en las noticias—, respondió con una mezcla de hartazgo e ira periodística. —Yo me hice periodista para informar—, sentenció.

—Mi reportera de alma...— no «del alma», lo dije bien: Alba llevaba la calle y el llegar al fondo de la noticia en lo más profundo de su ser —...¿a que matarías por volver a investigar?

—Consideraré tu propuesta—. Aún a través del teléfono, podía intuir una sonrisa de entusiasmo y satisfacción. —¿Qué tenemos?

—¿Recuerdas la víctima del caso de ayer?

La puse al corriente de todos los detalles: nombre, edad y toda una ristra de datos sobre la escena del crimen.

—Inmaculada Merino… no me digas, fue al mismo instituto que yo—, espetó de repente.

—¿Estás segura?—, respondí impotente. —Estamos pendientes de confirmar algunos datos, me llamó la atención que tuviera tu edad.

—Creo que sí la conozco. Veré qué puedo sacar en claro.

En el instituto era un poco… peculiar— su entonación me daba a entender que no habían sido las mejores amigas, al menos en esa etapa, —pero era cuestión de compañías.

Cuando el grupo de pijas con quienes andaba repitió curso, empezó a mejorar el trato con la gente.

Ese dato fue directo de su boca a mi libreta.

Aunque no fuera algo técnico, supuse que podría ser una puerta hacia esa motivación personal que llevaba conjeturando desde que encontramos el mechón de pelo rapado.

Incluso el veneno podría tener algún sentido, más allá de la propia metodología de un asesino: quizá fuera parte del mensaje.

Debían ser las seis de la tarde cuando me fui a casa y los niños ya esperaban a que los recogiera.

Las tostadas de pan de molde con crema de cacao y la leche caliente hacían las delicias de Daniel y Jaime mientras la televisión les daba un respiro antes de hacer los deberes y comenzar el fin del día: la ducha, la cena cuando llegara la tía Alba y a dormir.

Y, en ese momento, comentaríamos la jornada en ese ratito que tendríamos los dos para nosotros solos.

—¿Ya están dormidos, cariño?

—Ya duermen. Y me sorprende que Daniel lo consiga, Jaime ronca como lo hacía mi padre—, respondí entre risas.

—¿Qué sabemos de Inmaculada Merino?

—De momento, nada más. Hasta este punto, tú y yo sabemos lo mismo.

—¿No tienes alguna foto o algo para ver si es la que yo conocía?—, preguntó ella.

—No tengo ninguna, sólo tengo los informes que me trajo el comisario.

—¿Será esta?—, dijo de repente mostrándome su móvil. —La busqué en redes sociales—. Que alguien me llame antiguo, pero lo cierto es que no había caído en buscar ahí, donde la vida está publicada sin que nadie espíe a nadie.

—Sí que es ella. ¿Es la que tú conocías?

—Eso me temo. Se juntaba con unas pijas, como te decía antes, que se metían con todo el mundo. Como las abusonas de las películas americanas.

—¿Iban haciendo bullying ?

—Sí, ya sabes. Cuando éramos adolescentes no se le llamaba así, pero era lo que hacían. Lo que sí tenía ella es que era muy inteligente. Cuando las otras repitieron curso, Inma pasó al siguiente y empezó a cambiar de compañías. Cambió tanto que parecía otra persona.

—¿Hace cuánto que no sabías de ella?

—Ya sabes, desde que acabamos el instituto. Teníamos algún contacto, pero no era como entonces. Una vez que llega la universidad, cada cual toma su camino…

—Entiendo. A ver qué sacamos en claro—, dije con la voz cansada.

Estaba deseando cerrar esa conversación y disfrutar del ratito que nos quedaba antes de entregarnos al sueño y comenzar un nuevo día.