La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 2 | En el punto de partida
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Capítulo 2 | En el punto de partida

—Entonces… ¿no hay una sola pista?—, preguntó Alba tras escuchar cuanto yo sabía del caso.

—Nada. Ya sabes, cada vez vienen más resabiados.

—No me vengas otra vez con lo de los medios de comunicación, por lo que más quieras.

—Ya lo sabes, cielo. Es como darles un curso para evitar errores. «Mejore su modus operandi para no ser atrapado en su próximo crimen». Poco menos que eso falta decirles.

—Vamos, que estáis más perdidos que la vergüenza de un político.

—Hasta eso sería más fácil de encontrar—, dije contrariado.

—Bueno, supongo que cuando tengáis los informes podréis ver algo de luz.

Y ya sabes… aquí estoy—, me dijo con un guiño.

Cuando hacía eso, era imposible no plantarle un beso de los que nada tienen que envidiar a los de las películas clásicas.

Me infundía una seguridad que me hacía olvidar toda la presión que mi fama me creaba.

A veces detestaba ser un detective conocido por los casos que resolví en el pasado.

De hecho, el de Dumpivampi fue tan complicado y, en cierto modo, rocambolesco que consolidó mi fama de investigador perspicaz y casi infalible.

Ahí estaba el principal problema, en que el más mínimo fallo se magnificaría hasta convertirse en un fracaso estrepitoso.

En esta profesión, donde se vive del prestigio, sería el primer clavo en el ataúd…

y el único. No harían falta más para enterrar toda mi carrera.

Tras un rato intentando ver una película, Alba se fue a la cama mientras yo repasaba mentalmente cada minuto que pasé en aquel lugar.

Intentaba interpretar ese pelo minuciosamente colocado, ese mechón rapado y esa rosa marchita que reposaba en su mano.

Buscaba algún detalle, alguna pista por mínima que fuera, algo que se me hubiera podido escapar…

A veces, los recuerdos del caso te «hablan», pero esta vez lo hacían en un idioma extraño: el silencio.

Por más que me fastidiara, no tenía más remedio que esperar.

-7 de junio-

A la mañana siguiente, ambos nos levantamos temprano.

Ella se daba una ducha mientras yo preparaba el desayuno para los niños y luego nos dábamos el relevo; yo cumplía con la higiene personal mientras ella los acompañaba en su ingesta matutina.

Cuando ya estuve listo, llevamos a los niños al colegio y desayunamos en el bar de enfrente.

Después tomaríamos un café en el edificio donde desayunaban los del canal en el que trabajaba Alba, antes de despedirnos y verme de nuevo enfilando el camino de la oficina.

Y, entre caso y caso que entrase por la puerta, tocaba esperar los informes que pudiera mandarme la policía.

Las esperas siempre me han parecido la parte más tediosa de mi trabajo.

La tensión que se genera es increíble, como si te estuvieran operando a corazón abierto y estuvieras consciente para verlo.

«Doctor, ¿ese bisturí no está pasando muy cerca de la aorta?

Cuidado con la cava, que le veo venir...

». Pero, al mismo tiempo, distraía la mente atendiendo a los clientes que entraban con algún caso.

No obstante, esa mañana fue bastante anodina.

Por fin sonó el portero automático, rompiendo la tensa monotonía de aquella mañana. La voz a través del telefonillo me resultaba familiar. Sin embargo, no le pude poner cara hasta que sonó el timbre y abrí la puerta. Nunca habría esperado recibir esa visita en mi despacho.

—Comisario Zumalacárregui, ¿cómo usted por aquí?—, pregunté sorprendido. No por verlo, que era lo normal colaborando en el mismo caso, sino por que viniera a mi oficina en lugar de citarme en comisaría.

—Buenos días, Lacalle—, dijo extendiendo el brazo con una carpeta en la mano —¿puedo pasar?

—Por supuesto. Tome asiento, por favor.

—Aquí tiene los informes. Como supusimos, no hubo violencia física. No hubo confrontación. Como puede ver, la víctima fue envenenada.

—¿Envenenada? ¿Quiere decir…?

—Efectivamente, Lacalle. La víctima no murió en la escena del crimen.

La llevaron allí después de muerta y allí prepararon toda la parafernalia—, dijo con una frialdad impostada que escondía una voz a punto de resquebrajarse.

Era el primer caso del comisario al frente del puesto que dejó vacante Daponte.

—Interesante. La mata, la lleva a un sitio apartado, le rapa el mechón de pelo y dispone el resto del cabello formando esa especie de aureola.

Luego le pone la rosa marchita en la mano.

Estoy seguro de que hay un asunto personal por medio y ganas de contarlo...

— según lo resumía, había algo que no me cuadraba.

Sin embargo, el remate a la teoría que pasó por mi cabeza vino pronto a salir por mi boca. —… aunque no ahora.

—¿No ahora? ¿Qué quiere decir?

—La corona formada por el cabello no es casual, seguramente hubo algo relacionado con el mechón rapado. El resto es crear armonía visual para que veamos que ese mechón no falta por casualidad.

—¿Y la rosa?

—Casi apostaría el cuello a que es una firma, algo con lo que sepamos que la próxima víctima también será suya.

—¿Ha dicho «la próxima víctima»?

—Así es. De lo contrario, no necesitaría esa firma. Es algo propio de los asesinos en serie. Estoy seguro de que habrá más hasta que haya ajustado todas sus cuentas—, dije convencido.

—¿Ha dicho…?

—...sí, he dicho «todas sus cuentas», comisario—, interrumpí.

—Como le he dicho, lo del cabello me hace creer en una motivación personal.

Ya no me pregunte cuál porque no tengo ni idea.

Pero esa motivación, junto a la firma con la rosa marchita, me hace pensar que vamos a tener más cadáveres—.

Después de esa última palabra me disculpé, consciente de que había respondido con cierta brusquedad.

—No se preocupe, Lacalle. Todos estamos un poco tensos—, dijo Zumalacárregui con tono conciliador.

Preparé café mientras repasaba mentalmente la conversación. Aunque la última palabra del comisario aún flotaba en el aire, mi mente comenzó a poner en orden (es un decir) las ideas.

—Por cierto, comisario, ¿tenemos el nombre de la víctima?

—Así es. Inmaculada Merino. Cuarenta años, natural de Vitoria, pero desde niña vivía por aquí. Sin familia: hija única, soltera y sin hijos. Sus padres fallecieron hace unos años por causas naturales.

—Cuarenta años… caray, tenía la edad de Alba… Perdone, comisario, he pensado en voz alta. ¿Sabemos algo más?

—Me temo que no. Estamos indagando en busca de más información. Aparte, no sabemos si habrá alguien que reclame el cuerpo para el sepelio o lo que sea.

—Entiendo. Necesitaré saber cuanto se averigüe sobre ella. Cualquier dato… ya sabe, puede ser fundamental. No demos nada por hecho, ya ve lo que pasó con mi hermana y el anterior comisario.

Nos despedimos y Zumalacárregui se marchó. Tenía la sensación de que, como yo, se sentía algo más reconfortado. Al menos habíamos encontrado un punto de partida. Aunque fuera difuso…

Inmaculada Merino. Ese nombre era algo más que la identidad de una víctima mortal.

Se había convertido en el esperado pistoletazo de salida de esta investigación.

Estaba convencido de cuanto dije al comisario, de que habría más víctimas y de que sólo podíamos aspirar a que fueran las menos posibles antes de capturar a la mano que segó su vida; pero al menos teníamos una posibilidad de encontrar un camino a partir de la información que pudiera darnos ese primer cadáver.