La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1)
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Capítulo 1 | La Rosa Marchita
Me costaba mantener la compostura cuando salí de la escena del crimen.
Una llamada del comisario Zumalacárregui, a la sazón sustituto de Daponte, me había hecho correr hacia el lugar en una nueva colaboración con la policía.
Cada vez que él me llamaba, no podía evitar acordarme del viejo comisario.
Llevaba un año encarcelado, entre el tiempo de prisión preventiva y la condena por el caso de Dumpivampi.
Inevitablemente, sentía pena por él: un intachable servidor de la ley, una trayectoria inmaculada, manchada al final de su carrera por el duelo de un amor malogrado… y la manipuladora de mi hermana.
Después de un año sabático tras cerrar aquel caso, que aproveché para estar con mis sobrinos Daniel y Jaime mientras se adaptaban a vivir con Alba y conmigo, habría preferido otro caso de concejales corruptos o de infidelidades (clásicos básicos de mi trabajo); incluso, habría agradecido otro caso de trabajadores de baja por hernias discales que descubres jugando al pádel: al menos, las empresas pagan bien.
Pero no, tenía que ser otro caso de asesinato.
La víctima era una mujer de unos cuarenta años, cabello castaño y complexión delgada.
Su cuerpo yacía boca arriba, con la melena cuidadosamente extendida por el suelo formando una especie de aureola sacra alrededor de su cabeza…
excepto en la parte superior. Justo en el centro, por donde se unen los parietales, el cabello de aquella mujer había sido rapado.
El pelo cortado estaba cerca del cuerpo, visible, enfatizando quizá que esa era la pieza que faltaba para completar la armonía (si podía haberla) de aquella melena que rodeaba la cabeza como una corona de santidad.
El cuerpo estaba en ropa interior, habiendo sido sus prendas desgarradas a tirones, a la vista de la forma irregular que tenían las aberturas de cada pieza.
Otra vez sin huellas, sin material orgánico que analizar.
Parece que los criminales habían aprendido a usar los guantes sin perder la precisión en el tacto.
Siempre dije que esa es la desventaja en que nos pone la información tan exhaustiva que dan los medios de comunicación: entiendo que al espectador le interesa saber cómo atrapamos a los delincuentes, pero a estos les sirve también para saber qué fallos deben evitar para aumentar sus posibilidades de salir indemnes.
Lo más chocante era que ni siquiera había signos de violencia.
Habría que esperar el informe de tóxicos...
Para rematar la escena, en su mano derecha había una rosa marchita y aplanada como las que se guardan mucho tiempo entre las páginas de un libro.
Me recordaba a aquel herbario que hacía en el colegio y que no logro recordar dónde lo guardé.
Por alguna razón, pensé que esa sería una especie de firma del asesino.
El cabello rapado me decía que había alguna cuenta pendiente entre la víctima y su verdugo.
Y quizá haría falta un informe más detallado sobre la mujer asesinada para intentar encontrar un punto de partida.
Las hipótesis que me señalaban los elementos de aquel crimen me habían provocado un fuerte dolor de cabeza.
También una rabia que hacía difícil mantener esa compostura a la que siempre me obligaba yo mismo cuando colaboraba con la policía.
El comisario Zumalacárregui ordenó a sus hombres seguir buscando más detalles y enviarme una copia del informe posterior.
Aunque no era mi manera favorita de trabajar en estos escenarios, ese día lo agradecí enormemente.
Estaba siendo una vuelta al trabajo más cruda de lo que habría podido esperar.
Al llegar a casa, Alba aún no había vuelto del trabajo.
Fui a recoger a los niños, que a veces pasaban la tarde en casa de alguno de sus amigos.
Les preparé la merienda y, mientras ellos veían su programa favorito, yo trataba de echarme una breve siesta en el sofá.
Necesitaba bajar un poco las pulsaciones y recuperarme de aquel shock: la disposición de cada elemento, la teatralidad de la puesta en escena…
Lo único que tenía claro es que el asesino no tenía intención de esconderse.
Más bien, estaba dejando migas de pan para ser encontrado, aunque sin trazar un camino claro: estaba seguro de que estaba dispuesto a aceptar el castigo, pero sin renunciar a jugar al escondite con la policía y conmigo.
Tras una cabezada de una media hora, entré en el despacho que había montado en casa.
Conservaba el que tenía fuera, para recibir a los clientes y concertar cada investigación; pero el trabajo duro, los análisis de cada pista, los esquemas y todo lo que conlleva cada investigación, lo hacía en esa pequeña oficina doméstica.
Así podía trabajar sin desatender el cuidado de Daniel y Jaime.
Cuando Alba llegó a casa, ya tenía noticias del crimen que estaba investigando. De hecho, su cadena lo había sacado en el informativo de la tarde que ella misma había tenido que editar. Así fue como vio alguna fotografía en la que entraba o salía de aquel escenario.
—Vaya retorno, ¿no?—, dijo nada más entrar. Nos dimos un beso mientras los niños ya estaban demandando su atención.
—Tía Albaaaaa—, celebraban sus voces.
Lo cierto es que me sentía muy contento por que los niños se hubieran adaptado tan fácilmente a vivir con nosotros.
También era cierto que Alba se hacía querer y verme feliz había allanado ese camino entre ella y los pequeños.
Y así, sonriendo, pasé por alto que se había interrumpido nuestra charla sobre cómo nos había ido el día. Ya nos pondríamos al tanto más tarde.
Durante la cena, los niños contaron a Alba su día en el colegio y preguntaron, con su ávida inocencia, sobre alguna noticia «molona» en la que hubiera trabajado.
Después, nos sentamos a ver la televisión un rato hasta que llegó la hora y los niños, como si un resorte los llevara, se fueron a la cama.
No podía evitar sonreír viéndolos ya dormidos desde la puerta de la habitación, como tampoco podía negar que esa sonrisa me hacía poner cara de tonto. Pero un tonto feliz, para qué negarlo.