La Rosa Marchita (Marcos Lacalle 1) Capítulo 23 | El último pétalo
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Capítulo 23 | El último pétalo

Alba se acercó y sostuvo a una Elisa exhausta pese a los pocos minutos que llevaba libre de aquella silla.

Me acerqué a ayudar, sosteniendo a la (hasta ese momento) rehén, mientras Alba encaraba a quien fuera su peor pesadilla treinta años antes.

Cargó su mano, cerró el puño, lo lanzó hacia delante…

y lo detuvo justo antes de tocar el pómulo de Beatriz. Escupió en el suelo.

—Ni siquiera mereces que te parta la cara—, dijo Alba con una voz que no había oído nunca, cargada de desprecio y rencor. —No quiero ser como tú.

—Eres una cobarde, como lo eras entonces—, se atrevió a decir Beatriz.

—No. Tengo el suficiente poder ahora como para decidir. Y elijo ser yo, no degradarme para parecerme a ti—, sentenció Alba. Vi el momento de interrumpir aquel «reencuentro entre amigas».

—¿Eso era? ¿Aprovecharte de la cobardía de Inmaculada Merino?—, dije provocándola. —No, no creo. Los indicios de cada crimen apuntan a Elisa Mora, aquí presente.

—Con lo fácil que ha sido pillarla en lo de urbanismo, no creo que pudiera montar esas puestas en escena tan elaboradas—, añadió el comisario. Llegué a pensar «¿quién se ha metido en el cuerpo de Zumalacárregui?».

—Eso fue fácil. La envenené y la llevé a donde la encontraron. Sabía que Alba se enteraría y apuntaría hacia Elisa—, respondió Beatriz — … en cuanto asociara el mechón de pelo con el chicle, el resto vendría solo.

Alba escuchaba, entendiendo nuestra jugada al ver el resultado.

—Pero lo de Alicia fue diferente. Siempre tenías a tus matonas, no eres capaz de estrangular a nadie con tus propias manos. Además, no eran tus huellas las que estaban allí—, dijo con el mismo desprecio de antes.

—Llevaba guantes, alma de cántaro—, contestó Beatriz con una soberbia absurda —la estrangulé, le puse la rosa y le quemé la yema del dedo. Fue más fácil todavía que lo de Inma.

—Pero lo de Pamela… el tiro a quemarropa es propio de una cobarde como usted—, añadió el comisario. —Pero esa paliza que le dio antes...

—La invité a tomar una cerveza con la excusa de hablar y hacer las paces—, dijo con un tono presuntuoso, tratando de fardar de inteligencia —y cuando se levantó para ir al baño eché un somnífero en su vaso.

Después, me despaché a gusto. El tiro era por la señal de la pistola que solía hacer antes de noquear a alguien.

—Eso lo leímos en sus diarios—, dije yo.

—Sin embargo, he de admitir que fue inteligente añadir todos los indicios para inculpar a Elisa—, dijo Alba.

—Eso fue lo más sencillo. Sabía que si desaparecía levantaría sospechas. Así que la secuestré. Con alguien que publica todos los días su vida, era lo más efectivo—, dijo gustándose demasiado a sí misma. —Lo que le habían hecho ya lo sabía, yo misma lo había planeado.

Elisa recuperó el aliento y se encaró de nuevo con ella.

—En todos estos días me has tenido atada, me has besado contra mi voluntad, me has manoseado cuanto has querido, has intentado cargarme con estos crímenes...— hizo una pausa, tragando saliva y tomando aire — ...¿Por qué?—, preguntó a voz en grito.

—Ni que estuvieras enamorada de ella—, añadió Alba con sorna. Ella sabía que esa insinuación fue la que desencadenó la paliza que Pamela le había dado en el instituto.

Beatriz bajó la cabeza.

—Sí—, se limitó a decir. —Desde el instituto.

—Todo su acoso empezó cuando la rechacé—, dijo Elisa de sopetón. —Fue entonces cuando empezaron los insultos por mi cuerpo y todo lo que me hicieron después.

Alba se acercó a Beatriz y agarró su barbilla para levantar su cabeza y obligarla a mirarla a los ojos.

—¿Y a mí? ¿Por qué?—, le dijo levantando la voz lo justo para sonar intimidante sin llegar a gritar.

—Al principio, porque sin otra gorda a la que acosar, se notaría demasiado que no era por eso—, respondió la asesina. —Después, me acabó gustando y me encargué de manipular a las otras para que me siguieran.

—¿Y por qué esas tres? Inmaculada, Alicia y Pamela—, siguió preguntando Alba. —¿Por qué no las otras?

—Inmaculada dejó el grupo al año siguiente, la muy traidora.

Alicia era la que no hacía nada, me servía para intimidar pero poco más.

Con Pamela sí tenía que ajustar cuentas—, dijo con frialdad.

—Sabía que pondrían a las otras dos bajo protección, así que no fui a por ellas.

Y, con Alicia en la cárcel, sólo podía intentar que las otras presas la quitaran de en medio.

Esa sí que me tiene odio… lástima que fallaron las dos inútiles a las que mandé a por ella.

Con un descaro insultante, saqué de nuevo la grabadora y la paré dejando que ella lo viera.

Acababa de confesar todo lo ocurrido, no había negado el testimonio de tocamientos y besos forzados de Elisa, había dado tantos detalles que era imposible negar su implicación en los hechos...

Acababa de condenarse a muchos años a la sombra por pura soberbia.

—Dicen que los humanos tropezamos dos veces en la misma piedra—, le dije mirándola a los ojos —pero la piedra es tu soberbia y llevas tropezando toda tu vida.

Alba me apartó para volver a encararse con ella. Volvió a cargar el brazo, a cerrar su mano… Beatriz cerró los ojos, con una leve sonrisa, sabiendo por la vez anterior que no recibiría el golpe…

Pero se equivocó. Cuando el puño de Alba se hundió entre sus costillas, los ojos se le salieron de sus órbitas y su boca se abrió buscando un aire que había salido y no volvía a entrar.

—Como solías decir, en la boca del estómago no deja huella—, dijo Alba sacudiéndose las manos.

—¿No decías que no querías ser como ella?—, preguntó Elisa sorprendida.

—Y no lo soy, no lo hago por diversión ni por despecho—, se justificó Alba. —Además, tenía que esperar que Marcos apagara la grabadora—, dijo con una sonrisa pícara y guiñando un ojo.

—Ya ves—, dijo Elisa mirando hacia Beatriz. —Hay amores que matan. Pueden llevársela, chicos—, dijo con una débil sonrisa mientras emulaba a los comisarios de las películas. Con todo lo que había pasado, le quedaban ganas de bromear. Eso era fortaleza.

Cuando dejamos a Beatriz en los calabozos, a la espera de pasar a disposición judicial, Alba y yo fuimos rápido a por los niños.

Daniel y Jaime habían salido ya del colegio y estaban en la misma casa de donde los habíamos recogido el sábado anterior.

Mientras conducía, iba fumando un cigarrillo cuyas ganas eran producto de la tensión de todo el día.

Alba me miraba, con una mirada cargada de reproche y comprensión.

Cuando llegamos a la casa, los niños estaban jugando en el jardín. Recogimos a mis sobrinos y nos despedimos de los padres de su amigo, emprendiendo el camino a casa. Al llegar, bajamos del coche.

—Has vuelto a fumar, tío Marcos.

Cuando abrí la boca para hablar, Daniel se disculpó.

»Tienes razón, soy un pesado. Perdóname, tío Marcos—, me dijo. Me enterneció tanto…

—Iba a decirte que tienes razón—, le dije con un tono tan paternal que parecía copiado de cualquier sitcom americana. —Perdóname tú, hijo.

—En realidad soy tu sobrino—, respondió con su cándida inocencia.

—No lo estropees, anda—, dije entre risas.

Saqué el paquete de tabaco de mi bolsillo y se lo enseñé. Antes de que dijera nada, lo tiré en la papelera ante sus satisfechos ojos.

»Es una promesa.

Fin