La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 23
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Capítulo 23

Capítulo

Veintitrés

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L os días que siguieron a la detención de Álvaro Medina transcurrieron con la extraña sensación de anticlímax que Elena ya conocía de investigaciones anteriores, esa mezcla de alivio profundo y vacío repentino que llegaba siempre después de que la tensión acumulada durante días encontrara, finalmente, su resolución.

La noticia corrió rápidamente por toda la ciudad, y durante casi una semana, Toledo entero pareció hablar de poco más que del escándalo del chef con estrella Michelin detenido por el asesinato de un respetado comerciante de azafrán.

Los periódicos locales, e incluso alguno de tirada nacional, dedicaron amplios reportajes al caso, y Elena se encontró, en más de una ocasión, esquivando peticiones de entrevista de colegas de profesión interesados en conocer de primera mano los detalles de una investigación que ella misma había llevado, en gran parte, sin la protección institucional de ningún medio de comunicación grande detrás.

Prefirió, en cambio, dedicar aquellos días a algo mucho más personal: acompañar, en la medida en que resultaba apropiado, el proceso de duelo y reconstrucción de las personas que habían quedado más directamente afectadas por todo lo sucedido.

Visitó a Diego apenas dos días después de la detención, encontrándolo en el obrador familiar, ya sin el precinto policial que había cerrado el negocio durante casi dos semanas, ordenando las estanterías con un cuidado que a Elena le pareció, más que simple obligación práctica, casi un ritual de duelo tardío.

—El inspector me ha contado todo lo que descubrió usted, con la ayuda de Ángela —dijo Diego, ofreciéndole asiento en el mismo taburete alto donde Elena se había sentado la primera vez que visitó la tienda, apenas tres semanas antes, aunque a ella le parecían ya meses—.

No sé cómo agradecérselo lo suficiente. Sin su investigación, probablemente yo habría seguido siendo el principal sospechoso durante meses, quizás años, mientras la policía intentaba reunir pruebas que usted consiguió encontrar en cuestión de días.

—Solo hice mi trabajo, Diego, y lo hice porque quería conocer la verdad, no porque dudara realmente de su inocencia desde el principio, si le soy sincera.

Diego sonrió, la primera sonrisa genuina que Elena le veía desde que se conocieron, y sacó de debajo del mostrador una carta que, según le explicó, había llegado esa misma mañana.

—Grupo Saboría ha retirado definitivamente su oferta, alegando que "las circunstancias del negocio han cambiado sustancialmente".

Imagino que un asesinato con tanta repercusión mediática no encaja bien con la imagen corporativa que buscan.

—Se encogió de hombros, con una tranquilidad que sorprendió gratamente a Elena—.

Y la verdad, después de todo lo que ha pasado, después de leer esas cartas que encontré en el cajón de mi padre, creo que he entendido por fin por qué él se negaba con tanta terquedad a vender.

No era solo orgullo, ni testarudez sin sentido.

Era la certeza de que había cosas más importantes que el dinero, y que él estaba dispuesto a defenderlas hasta las últimas consecuencias, aunque eso, al final, le costara la vida.

—¿Va a continuar con el negocio, entonces?

—Voy a intentarlo, sí. He estado hablando con Ángela, de hecho, sobre la posibilidad de establecer un acuerdo de suministro directo entre su cooperativa y mi tienda, sin intermediarios, algo que mi padre siempre había querido hacer pero que nunca llegó a formalizar del todo por la vieja rivalidad comercial entre ambos negocios.

—Diego sonrió de nuevo, con un brillo en los ojos que sugería un futuro que apenas unas semanas antes habría parecido imposible—.

Es curioso, ¿verdad? Que después de todo lo que ha pasado, después de descubrir una historia de rencor familiar de siglo y medio entre nuestras dos familias, Ángela y yo estemos ahora hablando de asociarnos, de construir algo nuevo juntos en lugar de seguir compitiendo como si el pleito de 1887 todavía definiera nuestra relación.

Elena sonrió también, sintiendo una calidez genuina ante aquella noticia, consciente de que era exactamente el tipo de resolución que Fernando, con su respeto profundo hacia la tradición pero también hacia la posibilidad de sanar viejas heridas, probablemente habría deseado para su hijo y para el negocio que tanto había amado.

—¿Y qué va a pasar con la parte del negocio dedicada a proveer a restaurantes de alta cocina? ¿Va a buscar nuevos clientes para sustituir a Álvaro?

—Ya he recibido varias llamadas, de hecho, de chefs de otros restaurantes de la ciudad, algunos con estrella y otros sin ella pero con clientela igualmente exigente, interesados en trabajar directamente conmigo ahora que el asunto de Álvaro se ha hecho público.

—Diego se permitió una risa breve, algo amarga—.

Supongo que hay cierta ironía en que la tragedia de mi padre acabe generando, indirectamente, más interés comercial hacia el negocio del que él tanto se enorgullecía.

Aunque preferiría mil veces que nada de esto hubiera pasado, y que él siguiera aquí, discutiendo conmigo sobre la venta, en lugar de todo lo que hemos vivido.

Aprovechando la visita, Elena decidió compartir con Diego algo que llevaba días queriendo contarle, algo relacionado con el documento histórico que había iniciado, en cierto modo, toda aquella cadena de descubrimientos.

—Diego, hay algo más que creo que debería saber.

Jaime Sarfatí, el historiador que me ayudó con la investigación genealógica, ha seguido trabajando en los archivos después de la detención de Álvaro, movido por pura curiosidad académica más que por necesidad de la investigación policial, que ya tiene todo lo que necesita.

Y ha encontrado algo que quizás le interese, algo que va más allá de la simple historia del pleito.

—¿De qué se trata?

—Al parecer, existe un documento adicional, todavía sin catalogar del todo en los archivos diocesanos, que sugiere que la familia original, antes de convertirse en Azcárate por un lado y en Medina por otro, tenía un nombre hebreo original, anterior incluso a la conversión forzosa del siglo dieciséis.

Sarfatí cree que podría tratarse de una de las familias sefardíes más antiguas documentadas en el cultivo de azafrán en toda la región, con menciones que se remontan incluso a los siglos anteriores a la expulsión.

Diego se quedó pensativo un momento, procesando la información con una expresión que mezclaba curiosidad genuina y cierta melancolía.

—Es extraño pensar que llevamos una historia tan larga a nuestras espaldas sin haberlo sabido nunca, sin que mi padre me lo contara, quizás porque él mismo tampoco llegó a conocerla del todo hasta sus últimos meses de vida.

—Miró hacia las estanterías cargadas de latas de azafrán, con una expresión reflexiva—.

Creo que me gustaría investigarlo más a fondo, la verdad.

Quizás incluso podríamos incorporar esa historia al propio negocio, de alguna forma, como parte de la identidad de la marca.

A mi padre, si viviera, probablemente le habría fascinado la idea de conectar el presente del negocio con una historia tan profunda.

—Sarfatí estaría encantado de ayudarle a documentarlo con más detalle, si le interesa. Me ha comentado que está pensando incluso en escribir un artículo académico sobre todo este caso, aunque, por supuesto, evitando cualquier detalle que pudiera interferir con el proceso judicial en curso.

—Me encantaría hablar con él, sí. Creo que a mi padre, con esa nariz suya capaz de detectar cualquier matiz en un grano de azafrán, le habría fascinado también descubrir los matices ocultos de su propia historia familiar.

Antes de despedirse, Diego le mostró a Elena algo más: un pequeño cuaderno de tapas de cuero gastado que había pertenecido a su abuelo, encontrado entre las pertenencias de Fernando, con anotaciones sobre técnicas de cata y calidad de distintas cosechas a lo largo de las décadas.

En una de las últimas páginas, con la letra ya temblorosa de los años finales, su abuelo había escrito una breve reflexión sobre el oficio: el azafrán, como la memoria, necesita tiempo, paciencia y manos honestas para revelar todo su valor.

Quien intenta acelerar el proceso con atajos, tarde o temprano, termina traicionando tanto el producto como a sí mismo.

—Creo que voy a enmarcar esta página y colgarla aquí, en la tienda —dijo Diego, con la voz cargada de emoción contenida—. Como recordatorio permanente de lo que este negocio siempre ha representado para mi familia, y de lo que espero que siga representando durante muchas generaciones más.

Elena se despidió de Diego poco después, con la sensación satisfactoria de haber cerrado, aunque fuera de manera parcial, algunas de las heridas que la investigación había ido abriendo a su paso, y caminó de vuelta hacia el hotel bajo el sol suave de una tarde de mayo que, por primera vez desde su llegada a Toledo casi tres semanas antes, le pareció completamente desprovista de la tensión y la urgencia que habían acompañado cada uno de sus pasos anteriores por aquellas mismas calles.

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