La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 22
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Capítulo 22

Capítulo

Veintidós

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— Inspector, creo que sé dónde puede estar.

Elena habló casi sin pensar, con la certeza repentina de quien conecta, de golpe, todos los fragmentos dispersos de una personalidad que llevaba días observando con atención.

La frase de Cifuentes, apenas pronunciada un momento antes — el restaurante parece ser prácticamente lo único que tiene —, había encendido en su cabeza una conexión que llevaba tiempo formándose sin que ella misma fuera del todo consciente.

Cifuentes la miró con una mezcla de escepticismo profesional y curiosidad genuina, esperando que continuara.

—Álvaro Medina no es un hombre que huya sin más, inspector.

Todo en él, desde la primera noche que lo conocí, ha girado en torno a una sola cosa: su reputación, su restaurante, el reconocimiento que ha construido durante años de trabajo.

Ese lugar es, literalmente, el proyecto de toda su vida, y usted mismo acaba de decir que es prácticamente lo único que tiene, sin familia cercana, sin nadie más a quien recurrir.

No creo que sea capaz de abandonarlo sin más, huyendo hacia ninguna parte, dejando atrás todo lo que ha construido sin ni siquiera despedirse de ello.

—¿Está sugiriendo que podría haber vuelto al restaurante, pese a que nuestros agentes ya lo han registrado esta mañana y no encontraron a nadie?

—Sugiero que quizás no se marchó del todo, inspector.

Que quizás se escondió, esperando a que sus propios empleados se fueran, a que el registro terminara, para poder estar allí, en el único lugar donde de verdad se siente él mismo, antes de que todo se termine definitivamente.

Es un hombre acostumbrado a controlar cada detalle de su entorno, inspector.

Y cuando todo se sale de control, la gente como él suele buscar refugio precisamente en el espacio donde todavía siente que puede ejercer algún tipo de dominio, aunque sea ilusorio.

Cifuentes consideró la posibilidad un momento, con evidente tensión en el gesto, sopesando la credibilidad de una intuición que, aun así, no dejaba de ser una intuición sin base forense concreta.

Consultó brevemente con uno de los técnicos presentes en el despacho, intercambiando susurros que Elena no llegó a captar del todo, antes de girarse de nuevo hacia ella con una decisión ya tomada.

—Vamos a enviar de nuevo a un par de agentes a comprobarlo, aunque con discreción, sin activar de entrada un despliegue que pudiera precipitar una reacción violenta si efectivamente está allí escondido.

Esto no me gusta nada, pero es lo que tenemos.

—Miró a Elena y a Ángela con expresión seria—.

Ustedes dos se quedan aquí, en comisaría.

No pienso permitir que se acerquen a una situación potencialmente peligrosa.

Elena asintió, aunque con una inquietud que no conseguía disimular del todo, consciente de que la espera que se avecinaba iba a resultarle mucho más difícil de sobrellevar que cualquiera de las conversaciones tensas que había mantenido durante la última semana.

Se sentó junto a Ángela en una pequeña sala de espera contigua al despacho del inspector, con las manos entrelazadas sobre el regazo, incapaz de encontrar ninguna postura que le resultara cómoda mientras los minutos transcurrían con una lentitud desesperante.

—¿Y si me equivoco? —preguntó, más para sí misma que dirigida realmente a Ángela—. ¿Y si está en cualquier otro sitio, y estamos perdiendo tiempo precioso mientras él se aleja cada vez más?

—No se equivoca, Elena. Lleva días demostrando que entiende a esta gente mejor de lo que ellos mismos se entienden. Confíe en su instinto, igual que ha confiado en él durante toda esta investigación.

La llamada de confirmación llegó apenas veinte minutos después, y el propio Cifuentes, tras recibirla, se giró hacia Elena y Ángela con una expresión que mezclaba alivio y gravedad a partes iguales.

—Tenía razón, señorita Vidal. Está en el restaurante, en la cocina, exactamente donde usted sugería. Mis agentes lo han localizado sentado junto a los fogones, sin resistencia aparente, pero se niega a salir hasta que hable con usted directamente. Dice que solo hablará con usted.

—¿Conmigo?

—Sus palabras exactas, según me han transmitido, fueron: "Si alguien merece escuchar la verdad completa, es la periodista que ha tenido la paciencia de reconstruirla entera. Que venga ella, y hablaré."

Elena sintió una mezcla compleja de emociones ante aquella petición: la satisfacción profesional de saber que su investigación había llegado tan lejos como para merecer una confesión directa, pero también un temor genuino ante la idea de enfrentarse cara a cara con un hombre que, apenas doce horas antes, la había amenazado veladamente en su propio restaurante, y que ahora se encontraba, según todos los indicios, en un estado emocional considerablemente más frágil e impredecible.

—Iré —dijo, sin dudarlo, aunque con la voz ligeramente tensa—. Pero solo si me acompaña usted, inspector, y con las medidas de seguridad que considere necesarias.

Cifuentes accedió, aunque no sin antes advertirle, con seriedad evidente, que se mantuviera siempre a una distancia prudente de Álvaro, que no hiciera ningún movimiento brusco, y que confiara en el criterio de los agentes presentes si en algún momento la situación pareciera escalar hacia algo peligroso.

Ángela quiso acompañarla también, pero el inspector se negó rotundamente, argumentando que ya había suficiente riesgo con una sola civil presente en la escena.

Apenas media hora después, Elena se encontraba de nuevo en el patio palaciego del restaurante Palacio de Gabriel, esta vez rodeado de varios agentes de policía discretamente apostados junto a las columnas mudéjares, con las luces del patio apagadas y solo la claridad residual de la tarde filtrándose entre los arcos.

Cifuentes la acompañó hacia la cocina, caminando despacio, con un agente uniformado unos pasos por detrás, hasta llegar a la puerta batiente de acero inoxidable que separaba la zona de servicio del comedor, ahora completamente vacío y silencioso.

Al empujar la puerta, Elena encontró a Álvaro Medina sentado en un taburete alto, con la chaquetilla arrugada y la mirada perdida hacia el suelo, en un contraste desolador con la imagen impecable que había mantenido durante toda la investigación.

Los fogones, apagados, ya no desprendían el calor habitual, y el silencio de la cocina, tan distinto del bullicio que Elena había presenciado durante la cena de la noche anterior, resultaba casi opresivo.

—Señorita Vidal —dijo, sin levantar apenas la vista cuando ella entró, acompañada del inspector, que se mantuvo a una distancia prudente pero vigilante, junto a la puerta—. Gracias por venir.

Elena se quedó de pie, sin acercarse demasiado.

—¿Por qué lo hizo, Álvaro?

Álvaro rio, pero fue una risa seca, sin aire.

—¿Sabe lo que cuesta mantener una estrella, señorita Vidal? No la primera. La segunda. La tercera. Cada año que pasa, el precio del azafrán sube. Y el de mi silencio también.

Hizo una pausa. Se pasó la mano por la cara, como si intentara borrarse algo.

—Un proveedor. Hace dos años. Me dijo: "Nadie lo nota, Álvaro. Ni siquiera los críticos." Y yo... yo quería creerle. Necesitaba creerle.

—¿Y Fernando?

—Fernando lo supo desde el principio. —La voz se le quebró—. Pero no dijo nada. Durante meses. Me dio tiempo. Me dio oportunidades. Y yo... yo solo veía números, señorita Vidal. Solo veía lo que perdía si dejaba de usar esa mezcla. Hasta que un día dejé de ver números y empecé a ver una amenaza.

Elena esperó. El silencio se extendió más de lo cómodo.

—¿Qué pasó cuando vino a hablar con usted, fuera de horario?

—Me dio un ultimátum. —Álvaro tragó saliva—. Volver al azafrán puro, o me denunciaba ante el consejo regulador. Le pedí tiempo. Se lo prometí todo. Y entonces...

Se detuvo. No terminó la frase.

—¿Entonces qué, Álvaro?

—Sabemos lo del pleito, Álvaro. Sabemos que su familia perdió esas tierras hace ciento cuarenta años, a manos de los Azcárate.

Algo cambió en la cara de Álvaro al oír aquello. Un parpadeo, apenas, pero suficiente.

—No sé de qué me habla.

—Sí lo sabe.

Álvaro miró hacia los fogones apagados, como si buscara allí algo que ya no estaba.

—Eso no tiene nada que ver con lo que pasó.

—¿No?

—No. —Lo dijo demasiado rápido, con una firmeza que sonaba más a defensa que a certeza—. Fue pánico, señorita Vidal. Solo pánico. No hay una explicación más profunda que esa, por mucho que a usted, o a la policía, le gustaría que la hubiera.

Elena no insistió. No necesitaba que él lo confirmara: la letra en el margen de un libro de socios centenario, el documento de 1887 que Jaime Sarfatí llevaba noches enteras descifrando, ya le habían dicho todo lo que Álvaro se negaba a decir en voz alta.

Lo dijo tan bajo que Elena tuvo que acercarse un paso para oírlo.

—¿Fue usted quien introdujo el veneno en su infusión?

Álvaro no respondió. Asintió, apenas, un movimiento mínimo de la cabeza, como si las palabras pesaran demasiado para pronunciarlas en voz alta.

—Necesito oírselo decir, Álvaro.

—Sí. —Una sola sílaba, y con ella pareció desmoronarse un poco más—. Llevaba el desinfectante encima. El del maletín de emergencias. Sin premeditación, se lo juro. Fui a pedirle más tiempo. Y él se negó. Y mientras se giraba para prepararse la infusión de siempre...

No terminó la frase esa vez tampoco.

—¿Y el incendio de la cooperativa?

Álvaro cerró los ojos.

—Ese sí lo pensé. Ángela estaba revisando los registros. Entré en pánico. Pensé que si quemaba los papeles ganaría tiempo. —Negó con la cabeza, despacio—. Ahora ni siquiera recuerdo qué pensaba que iba a ganar.

—¿Lo lamenta?

Algo parecido a las lágrimas le brilló en los ojos, aunque no llegó a derramar ninguna.

—Cada minuto. —Se le quebró del todo la voz—. Dígale a Diego que lo siento. Que ojalá hubiera encontrado otra manera. Una que no empezara con una muerte.

Elena asintió, sin responder enseguida, dejando que el silencio ocupara el espacio que ninguna palabra suya habría podido llenar del todo.

El silencio se extendió durante varios segundos eternos, roto finalmente por el inspector Cifuentes, que avanzó desde su posición junto a la puerta con gesto firme pero sereno.

—Álvaro Medina, queda usted detenido por el asesinato de Fernando Azcárate.

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