La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 21
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Capítulo 21

Capítulo

Veintiuno

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E l inspector Cifuentes actuó con una rapidez que sorprendió gratamente a Elena, consciente sin duda de que la advertencia sobre el posible nerviosismo de Álvaro Medina justificaba acelerar unos trámites que, en circunstancias normales, se habrían alargado varios días más.

A primera hora de la mañana siguiente, apenas doce horas después de la tensa cena en el restaurante, Elena recibió una llamada del propio inspector informándole de que el juez había concedido finalmente la orden de registro, tanto para el domicilio particular de Álvaro Medina como para las instalaciones del restaurante Palacio de Gabriel.

—Le agradecería que estuviera disponible esta mañana, señorita Vidal, por si necesitamos que confirme alguna de las informaciones que nos ha facilitado —le dijo Cifuentes, con un tono profesional que, sin embargo, dejaba entrever cierta satisfacción contenida—.

Vamos a proceder al registro dentro de un par de horas.

Elena apenas había dormido esa noche, dando vueltas en la cama del hotel mientras repasaba mentalmente, una y otra vez, cada detalle de la conversación tensa de la cena anterior, preguntándose si había sido prudente confrontar directamente a Álvaro o si, por el contrario, su impaciencia podría haber puesto en riesgo el resultado final de toda la investigación.

Se levantó temprano, sin apenas apetito para el desayuno, y bajó al vestíbulo del hotel donde ya la esperaba Ángela, que había llegado apenas unos minutos antes tras recibir también la llamada de Elena informándole de las últimas novedades.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Ángela, notando visiblemente el cansancio acumulado en el rostro de Elena.

—Nerviosa, la verdad. Anoche fui quizás demasiado directa con Álvaro, y ahora me preocupa que eso pueda haber cambiado el curso de las cosas de una forma que no anticipé.

—Hizo lo que tenía que hacer, Elena. Y si algo hemos aprendido las dos durante estas últimas semanas, es que a veces hay que arriesgarse para conseguir avanzar, incluso cuando el riesgo resulta incómodo.

Esperaron las noticias en la cafetería del hotel, junto a un desayuno que ninguna de las dos consiguió terminar del todo, repasando una vez más, con nerviosismo apenas contenido, toda la secuencia de acontecimientos que las había llevado hasta aquel momento, incapaces de concentrarse en nada que no fuera la espera de novedades.

El tiempo pareció transcurrir con una lentitud exasperante, cada minuto extendiéndose mucho más de lo que el reloj indicaba objetivamente, mientras ambas alternaban entre conversaciones triviales para distraerse y largos silencios cargados de tensión.

La llamada llegó pasado el mediodía, y el tono de voz del inspector, esta vez, no dejaba lugar a dudas sobre la importancia del hallazgo.

—Señorita Vidal, necesito que venga a comisaría cuanto antes. Hemos encontrado algo que creo que va a resultar decisivo.

Elena y Ángela llegaron a la comisaría en apenas quince minutos, caminando a paso rápido por calles que a Elena, en su estado de nervios, le parecieron interminables, y fueron conducidas directamente al despacho de Cifuentes, donde varios técnicos de la policía científica todavía procesaban muestras recogidas durante el registro matutino, con bolsas de pruebas etiquetadas cuidadosamente dispuestas sobre una mesa auxiliar junto a la puerta.

En un rincón del escritorio, entre carpetas, Elena reparó en una fotografía de una joven con toca de cocinera sonriendo a cámara; Cifuentes, siguiendo su mirada, comentó de pasada, casi con timidez, que era su hija, que estudiaba hostelería en Madrid, y que él, que no sabía freír un huevo sin quemarlo, todavía no entendía de dónde le había salido el talento.

El inspector, con expresión seria pero visiblemente satisfecho, les mostró sobre su mesa varias fotografías tomadas durante la operación.

—Durante el registro del domicilio particular del señor Medina, encontramos, escondido en un armario del garaje, un pequeño botiquín de emergencia que contenía, entre otros productos, un frasco de un desinfectante concentrado de uso exclusivamente profesional, del tipo que se emplea en cocinas de alta gama para esterilizar superficies de trabajo con contacto directo con alimentos.

—Cifuentes señaló una de las fotografías, donde se veía claramente la etiqueta del producto, con un código de lote todavía visible pese al ángulo algo forzado de la toma—.

Este desinfectante contiene, entre sus componentes activos, un compuesto químico llamado glutaraldehído, que en dosis concentradas e ingerido resulta extremadamente tóxico para el organismo humano, capaz de provocar fallo cardiorrespiratorio en cuestión de horas si no se trata a tiempo.

—¿Coincide con lo que encontraron en la autopsia de Fernando? —preguntó Elena, con el pulso acelerado, inclinándose sobre la mesa para ver mejor las fotografías.

—El informe toxicológico completo, que recibimos precisamente esta misma mañana desde el laboratorio de Madrid, confirma la presencia de glutaraldehído en el organismo de la víctima, en una concentración compatible con haber sido introducido en la infusión que tomó la noche de su muerte.

—Cifuentes hizo una pausa, dejando que la información calara en sus interlocutoras—.

Es un compuesto que no se encuentra habitualmente en el entorno doméstico normal, y su presencia específica en cocinas profesionales de alta restauración, combinada con el hecho de que encontramos el mismo producto exacto en el domicilio del señor Medina, constituye una prueba forense directa que vincula al sospechoso con el método concreto utilizado para el asesinato.

—¿Y por qué lo guardaba en el garaje de su casa, y no en el restaurante donde lo usa habitualmente? —preguntó Ángela, con una perspicacia que sorprendió gratamente a Elena.

—Buena pregunta, y una que también nos hemos planteado nosotros.

—Cifuentes asintió, con expresión pensativa—.

Nuestra hipótesis, todavía preliminar, es que el señor Medina se llevó el frasco a casa precisamente la noche del crimen, quizás con la intención de deshacerse de él en algún momento posterior, y luego, entre el shock de lo sucedido y el ritmo frenético de los días siguientes con el simposio todavía en curso, simplemente no llegó a completar esa parte del plan, dejando el frasco olvidado en un lugar que consideraba lo bastante discreto como para no levantar sospechas inmediatas.

Ángela dejó escapar un suspiro largo, entre el alivio y la conmoción, mientras Elena procesaba la magnitud de aquel descubrimiento, la pieza final que convertía todo el mosaico de indicios circunstanciales, genealógicos y documentales que había ido reuniendo durante la última semana en algo mucho más sólido: una prueba física, forense, capaz de sostener una acusación formal ante cualquier tribunal.

—¿Y qué pasa ahora, inspector? ¿Le han detenido ya?

—Todavía no, y ese es precisamente el motivo por el que necesitaba hablar con usted con cierta urgencia.

Esto no me gusta nada, señorita Vidal. —El semblante de Cifuentes se ensombreció ligeramente—.

Cuando nuestros agentes llegaron al restaurante para proceder al registro de las instalaciones, según lo previsto en la orden judicial, Álvaro Medina no se encontraba allí.

Su personal nos ha informado de que, esta misma mañana, muy temprano, canceló todo el servicio del día alegando un asunto familiar urgente, y salió del restaurante sin dar más explicaciones.

No contesta al teléfono, y su coche particular tampoco está en el garaje de su domicilio.

Elena sintió que el estómago se le encogía de golpe, recordando con inquietud creciente la tensión de la conversación de la noche anterior, la amenaza velada, el temblor en las manos de Álvaro al levantarse de la mesa.

—Cree que puede haber huido, ¿verdad?

—Es una posibilidad que estamos investigando activamente, sí.

Hemos alertado a los puestos fronterizos y hemos solicitado el rastreo de su teléfono móvil y de las cámaras de tráfico de la ciudad, por si podemos determinar su última ubicación conocida.

—Cifuentes se levantó de su silla, con gesto decidido—.

Pero también existe otra posibilidad que me preocupa todavía más, señorita Vidal, y es por eso que quería que estuviera aquí, informada de primera mano: que Álvaro Medina, sabiéndose acorralado, no haya huido para escapar, sino para intentar hacer algo mucho más desesperado antes de que consigamos detenerle.

El silencio que siguió a aquellas palabras pesó sobre el pequeño despacho como una losa, y Elena, mirando hacia Ángela, vio reflejado en su rostro el mismo temor repentino que a ella misma acababa de atravesarla: que la investigación, lejos de estar a punto de resolverse limpiamente, pudiera precipitarse hacia un desenlace mucho más peligroso de lo que ninguna de las dos había anticipado hasta ese momento.

—¿Tiene familia, Álvaro? —preguntó Elena, de pronto, pensando en la posibilidad de que hubiera huido junto a alguien, buscando refugio en algún lugar que ninguno de ellos hubiera considerado todavía.

—Divorciado, sin hijos, según consta en nuestros registros.

Sus padres ya fallecieron hace años, y no tiene hermanos que hayamos podido localizar.

—Cifuentes consultó una carpeta sobre su mesa—.

En realidad, según todo lo que hemos podido reconstruir de su vida personal, el restaurante parece ser prácticamente lo único que tiene, la única cosa por la que verdaderamente sentía un apego profundo.

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