Capítulo 20
Capítulo
Veinte
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E lena terminó el resto de la cena con una calma exterior que le costó un esfuerzo considerable mantener, consciente de que cualquier gesto precipitado podría alertar a Álvaro antes de que la policía tuviera oportunidad de actuar formalmente.
Los platos siguieron sucediéndose con la misma elegancia impecable de toda la velada: un postre de queso de oveja curado con miel de azafrán, una sorpresa final de chocolate con especias que el propio menú describía como "un guiño a las rutas comerciales que trajeron el cacao y el azafrán a converger, siglos después, en la misma mesa española".
Elena no pudo evitar pensar, mientras probaba aquel último bocado, en la ironía de que Álvaro hubiera construido toda una narrativa gastronómica en torno a la autenticidad y el origen, cuando precisamente esa autenticidad era lo que llevaba años traicionando en la sombra.
Cuando el chef se acercó de nuevo a la mesa, ya hacia el final del servicio, con la intención evidente de recoger cumplidos sobre el plato estrella de su carta, Elena decidió que había llegado el momento de tensar, aunque fuera ligeramente, la cuerda que llevaba días tejiendo con paciencia.
—El arroz estaba realmente extraordinario, Álvaro —dijo, eligiendo con cuidado cada palabra—.
Aunque, si me permite el comentario profesional, he notado un matiz particular al final, algo metálico, casi como a cartón mojado.
¿Es intencionado, parte de la complejidad del plato, o quizás tiene que ver con el origen concreto del azafrán que utiliza?
La pregunta, formulada con la aparente inocencia de una crítica gastronómica curiosa, produjo en Álvaro una reacción que Elena observó con la atención clínica de quien lleva días esperando precisamente ese momento.
El chef se quedó inmóvil apenas un segundo, con la sonrisa profesional todavía fija en el rostro pero los ojos súbitamente alerta, calculando.
—Interesante observación, la verdad, nadie me lo había comentado antes con esa precisión.
—Su voz mantuvo la cortesía habitual, aunque con un filo nuevo por debajo—.
El azafrán que utilizo procede de varios proveedores de la región, mezclado según mi propia receta personal para conseguir un perfil de sabor específico.
Quizás esté detectando alguna de esas variaciones naturales entre distintas cosechas.
—Curioso, porque el matiz que describo coincide bastante exactamente con lo que Fernando Azcárate me explicó, en su propia tienda, apenas unos días antes de morir, cuando me enseñó la diferencia entre azafrán auténtico y una mezcla adulterada con cúrcuma y cártamo.
El silencio que siguió se prolongó varios segundos, con el murmullo de fondo del resto del comedor continuando ajeno a la tensión que se había instalado entre ambos, y Elena pudo ver, con una claridad casi física, cómo Álvaro procesaba la implicación directa de lo que acababa de escuchar, calculando rápidamente sus opciones de respuesta.
Un camarero se acercó por un instante a la mesa contigua, y Álvaro esperó, con visible impaciencia, a que se alejara de nuevo antes de continuar la conversación.
—Señorita Vidal, no sé exactamente qué está insinuando, pero le agradecería que fuera más directa si tiene algo concreto que decirme, en lugar de dejar caer comentarios veladamente acusatorios delante del resto de mis clientes.
—Su tono se había endurecido notablemente, aunque mantenía la voz baja, consciente también él de la necesidad de discreción en un espacio público—.
Fernando era un hombre respetado, pero también, con todos mis respetos hacia su memoria, algo obsesivo con según qué temas de pureza y tradición.
No sería la primera vez que exageraba diferencias mínimas de calidad hasta convertirlas en dramas innecesarios.
—¿Y su visita a la cooperativa de Consuegra hace un año, investigando la historia genealógica de la familia Azcárate? ¿También es una exageración sin importancia?
Esta vez el golpe dio de lleno, y Elena vio cómo el color abandonaba brevemente el rostro de Álvaro, antes de que él mismo, con un esfuerzo visible, se recompusiera lo suficiente como para responder con una voz que ya no conseguía sonar tan segura como al principio de la conversación.
—No sé de dónde ha sacado esa información, ni qué relevancia cree que tiene para nada de lo que está insinuando.
—Se inclinó ligeramente hacia adelante, bajando todavía más la voz—.
Le sugiero que tenga mucho cuidado con las acusaciones que hace, señorita Vidal.
Soy una persona con cierta reputación en esta ciudad, y no dudaré en tomar medidas legales si continúa insinuando cosas sin fundamento delante de mis clientes.
—No estoy insinuando nada que no pueda demostrar, Álvaro.
Tengo un análisis de laboratorio que confirma que el azafrán que usted maneja está adulterado con cúrcuma y safranal sintético.
Tengo el testimonio de un molinero de Consuegra que recuerda su visita el año pasado, preguntando por la historia de la familia Azcárate.
Tengo el registro de la archivera municipal, confirmando que volvió hace apenas tres meses buscando específicamente partidas de nacimiento y defunción con ese mismo apellido.
Y tengo cartas escritas de puño y letra por el propio Fernando, describiendo sus sospechas sobre usted semanas antes de morir.
Cada frase pareció golpear a Álvaro con más fuerza que la anterior, y Elena observó cómo sus manos, apoyadas sobre el borde de la mesa, se cerraban en puños apretados que delataban una tensión que la voz todavía intentaba, sin conseguirlo del todo, disimular.
Un breve temblor le recorrió la mandíbula, y por un instante Elena creyó ver, tras la máscara profesional que Álvaro llevaba puesta desde que ella lo conocía, algo mucho más crudo y desesperado asomando a la superficie.
—Esto es absurdo. Fernando y yo teníamos una relación comercial normal, con sus más y sus menos como cualquier relación de este tipo, pero nada que justifique lo que está sugiriendo.
—Álvaro miró rápidamente hacia ambos lados, comprobando que ningún camarero ni ningún comensal cercano pudiera estar escuchando la conversación—.
Y en cuanto a esa historia genealógica de la que habla, sí, es cierto que investigué mi propia historia familiar, es un derecho legítimo de cualquier persona, no tiene absolutamente nada que ver con ningún crimen.
—¿Y el hecho de que ambos descendieran de la misma familia despojada de sus tierras hace siglos, precisamente las tierras de azafrán en Consuegra? ¿Tampoco tiene nada que ver?
—No sé qué pretende conseguir con todo esto, señorita Vidal, pero le advierto que se está adentrando en un terreno muy peligroso, tanto legal como personalmente.
—La voz de Álvaro había bajado hasta convertirse en un susurro tenso, casi amenazante en su contención—.
Le sugiero encarecidamente que termine su cena, pague la cuenta, y no vuelva a pisar mi restaurante.
Y si sigue difundiendo estas acusaciones sin fundamento, no dudaré en emprender acciones legales contra usted y contra su editorial, se lo aseguro.
—Álvaro, solo le voy a decir una cosa más antes de que se vaya.
—Elena mantuvo la voz baja pero firme, sosteniéndole la mirada sin apartarla—.
La policía ya tiene toda esta información.
La orden de registro está en trámite. Lo que decida hacer en las próximas horas puede marcar una diferencia importante en cómo se resuelva todo esto, tanto para usted como para la memoria de Fernando.
Álvaro se quedó paralizado un instante, procesando aquella advertencia velada con una expresión que mezclaba incredulidad y un pánico que ya no conseguía disimular del todo tras la fachada profesional.
Se levantó de la mesa con brusquedad, alisándose la chaquetilla con un gesto automático que no conseguía disimular del todo el temblor de sus manos, y se alejó hacia la cocina sin volver la vista atrás, dejando a Elena sola en la mesa, con el corazón latiéndole con fuerza pero con una certeza renovada: había tocado un nervio real, algo mucho más profundo que la simple indignación de un hombre acusado injustamente.
Pagó la cuenta poco después, con manos que también le temblaban ligeramente pese al esfuerzo por mantener la compostura, consciente de que varios comensales de mesas cercanas la miraban con curiosidad discreta, probablemente preguntándose qué habría pasado entre la periodista y el chef para que este último abandonara la sala con tanta brusquedad.
Salió del restaurante hacia la calle ya oscurecida, donde el aire fresco de la noche toledana le sentó como un alivio físico después de la tensión acumulada durante la cena, y caminó unos pasos hasta encontrar un rincón tranquilo junto a la fachada de piedra dorada, apoyándose contra la pared un momento para recuperar el aliento antes de sacar el móvil.
—Inspector, necesito contarle lo que acaba de pasar. Creo que Álvaro Medina sabe que estamos cerca, y me preocupa que pueda intentar algo precipitado antes de que consigan la orden de registro.
Cifuentes escuchó el relato completo de la conversación sin interrumpir, con una atención que Elena notó incluso a través del teléfono, y cuando finalmente respondió, su voz sonaba considerablemente más tensa que en llamadas anteriores.
—Ha hecho bien en contármelo de inmediato, señorita Vidal, aunque le voy a ser sincero: me preocupa que haya ido más allá de lo que le pedí en cuanto a discreción.
Voy a intentar acelerar todavía más los trámites de la orden, y voy a solicitar también vigilancia discreta sobre el domicilio y el restaurante del señor Medina durante las próximas horas, por si acaso decide hacer algo precipitado antes de que podamos actuar formalmente.
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