Capítulo 19
Capítulo
Diecinueve
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T oledo la recibió, a su regreso, con una luz distinta a la que recordaba de su llegada apenas ocho días antes.
El mismo cobre viejo sobre las fachadas, el mismo perfil quebrado de tejados y campanarios recortándose contra el cielo del atardecer, pero ahora cargados de un significado que Elena no había podido anticipar aquella primera tarde, cuando todavía miraba la ciudad con la curiosidad desprendida de una periodista en busca de un buen reportaje gastronómico, y no con la determinación de quien lleva encima el peso de una investigación que está a punto de cerrar un círculo trágico.
El autobús la dejó en la estación a última hora de la tarde, y mientras esperaba a que Ángela recogiera su propio equipaje del maletero, Elena se quedó un momento observando la fachada mudéjar de la estación, con sus azulejos de colores imposibles, pensando en lo distinta que le había parecido aquella misma fachada apenas tres semanas antes, cuando la miraba con la curiosidad ligera de una visitante primeriza y no con el peso acumulado de una investigación que había terminado por transformar por completo su percepción de la ciudad.
Ángela se instaló de nuevo en el mismo hostal cerca de la estación, mientras Elena regresaba a su hotel habitual, y ambas acordaron reunirse a primera hora de la mañana siguiente para decidir los próximos pasos, conscientes de que el inspector Cifuentes les había pedido explícitamente discreción hasta que la orden de registro estuviera lista.
Pero Elena, incapaz de conformarse con la simple espera pasiva mientras la maquinaria judicial avanzaba a su propio ritmo institucional, decidió esa misma noche hacer algo que sabía que bordeaba la imprudencia: reservar mesa para dos en el restaurante Palacio de Gabriel, con la excusa profesional de que, como periodista gastronómica, necesitaba completar su cobertura del simposio con una cena de cierre en el establecimiento del chef anfitrión.
Llamó primero a Cifuentes para informarle de su plan, esperando quizás que el inspector le desaconsejara la idea con firmeza suficiente como para hacerla desistir. Pero la respuesta del inspector, aunque cargada de advertencias sobre prudencia y límites claros, no llegó a prohibírselo del todo.
—Entiendo que quiera observarlo de cerca antes de que actuemos formalmente, señorita Vidal, y le voy a ser sincero: cualquier detalle adicional que pueda reunir nos sería útil, sobre todo si consigue algo que refuerce el vínculo entre el fraude y el propio establecimiento.
Pero le pido, por favor, que no le confronte directamente con acusaciones concretas.
No queremos que se sienta acorralado antes de que tengamos la orden lista, ni que pueda destruir pruebas o, peor todavía, reaccionar de forma imprevisible.
—Entendido, inspector. Seré prudente.
—Y llévese el teléfono con la batería cargada, por favor, y con mi número marcado para llamar directamente si algo le hace sentir en peligro real.
Elena pasó el resto de la tarde preparándose mentalmente para lo que sabía que sería una velada tensa, repasando una vez más todas las piezas reunidas hasta entonces: las cartas de Fernando, el informe de laboratorio, el testimonio de Anselmo y de Beatriz, la reacción delatora de Álvaro al mencionarle el incendio.
Todo apuntaba hacia él con una consistencia que ya resultaba casi abrumadora, pero Elena sabía, por experiencia acumulada en sus seis libros anteriores, que la diferencia entre una sospecha sólida y una condena judicial residía precisamente en ese último eslabón que todavía faltaba: la prueba directa, física, irrefutable, que conectara a Álvaro Medina con el momento exacto en que alguien introdujo el veneno en la infusión de Fernando.
Se vistió con cuidado, eligiendo un vestido discreto de color azul oscuro que ya había llevado en otra ocasión durante la investigación, buscando deliberadamente proyectar una normalidad tranquilizadora, la imagen de una periodista gastronómica cualquiera cerrando su cobertura de un evento, sin ningún indicio visible de la tormenta de sospechas que llevaba acumulada en su interior.
Antes de salir del hotel, releyó una vez más las cartas de Fernando, deteniéndose especialmente en aquella frase que tanto la había impactado: no sé todavía qué hacer con esta información .
Sintió, mientras guardaba las cartas de nuevo en su bolso, una responsabilidad renovada hacia aquel hombre que ya no podía defenderse por sí mismo, y que había depositado, sin saberlo, su confianza póstuma en la curiosidad tenaz de una periodista que apenas había conocido dos días antes de morir.
Llegó al restaurante puntual, a las nueve de la noche, y fue recibida por el mismo patio palaciego donde había conocido a Fernando ocho días antes, ahora iluminado con velas y farolillos que proyectaban sombras cálidas sobre las columnas mudéjares.
La fuente central seguía murmurando su melodía constante, ajena por completo a la tensión que Elena sentía acumularse en su pecho a cada paso que daba hacia el interior del restaurante.
La ironía de cenar en el mismo lugar donde todo había comenzado no le pasó desapercibida, y sintió un escalofrío al sentarse a una de las mesas del patio, recordando con precisión casi dolorosa cada detalle de aquella primera conversación con Fernando, su sonrisa al hablarle de azafrán, la advertencia velada sobre "la otra mitad" que él nunca llegó a completar en voz alta.
Álvaro Medina apareció al poco rato, recorriendo el comedor con la soltura habitual de quien supervisa personalmente cada detalle de su restaurante, saludando a comensales conocidos con la cortesía profesional que Elena ya había aprendido a interpretar como una máscara cuidadosamente entrenada.
Al llegar a su mesa, se detuvo con una sonrisa que, esta vez, a Elena le pareció mucho más forzada que en encuentros anteriores.
—Señorita Vidal, qué sorpresa encontrarla de vuelta en Toledo. Tenía entendido que había viajado a Consuegra para la fiesta.
—Así es, ha sido un viaje fascinante, la verdad.
—Elena mantuvo el tono neutro, casi de cortesía profesional pura, resistiendo el impulso de dejar traslucir cualquier indicio de lo que sabía—.
Pero quería cerrar mi cobertura del simposio con una cena en su restaurante.
Al fin y al cabo, todo empezó aquí, la misma noche que conocí a Fernando.
El nombre pareció golpear a Álvaro con más fuerza de la que probablemente esperaba delante de una periodista, y por un instante, apenas una fracción de segundo, algo se quebró en su compostura habitual antes de recomponerse.
—Sí, una pérdida terrible para toda la ciudad. Voy a pedirle a mi equipo que le preparen algo especial esta noche, en su honor, si le parece bien.
—Me encantaría, gracias.
Álvaro se retiró hacia la cocina, y Elena aprovechó el tiempo de espera para observar con más atención el comedor, los movimientos del personal, la disposición exacta de las mesas respecto a la cocina, que quedaba parcialmente visible a través de un pase abierto decorado con un marco de hierro forjado, permitiendo a los comensales atisbar parte del trabajo interno del restaurante como parte de la experiencia gastronómica ofrecida.
Contó mentalmente al personal presente: dos camareros de sala, una sumiller que se movía entre las mesas explicando maridajes con evidente pasión profesional, y al menos tres siluetas moviéndose tras el pase de cocina, aunque no consiguió distinguir con claridad si Álvaro se encontraba entre ellas en cada momento.
Junto al pase, sobre una repisa de acero inoxidable, distinguió una hilera de botellas con etiquetas técnicas, de esas que ningún cliente mira dos veces; una de ellas, algo apartada de las demás, llevaba impreso en letras pequeñas el nombre de un desinfectante concentrado de uso profesional.
No le dio mayor importancia en aquel momento —cualquier cocina de ese nivel tenía protocolos de limpieza estrictos, como el propio Álvaro mencionó de pasada mientras describía, con orgullo, la trazabilidad sanitaria de su restaurante— y sin embargo algo en el detalle, tan fuera de lugar entre la vajilla y la mantelería, se le quedó grabado sin que supiera todavía por qué.
El primer plato llegó poco después, presentado por un camarero joven con explicaciones cuidadosamente ensayadas sobre técnica y origen de los ingredientes: una crema fría de verduras de temporada con una lámina de jamón ibérico curado durante treinta y seis meses, según explicó el camarero con orgullo.
Elena escuchó con atención cortés, pero su mente estaba puesta en otra cosa: en el momento exacto, todavía por llegar según el menú degustación que le habían entregado al sentarse, en que servirían el plato que, según había podido confirmar consultando reseñas antiguas y la propia carta web del restaurante en los días previos, constituía la verdadera firma de Álvaro Medina, el plato que le había valido buena parte del reconocimiento crítico que sostenía su estrella Michelin: un arroz cremoso de azafrán, evolución sofisticada del mismo aperitivo que le habían servido a Elena la primera noche de la recepción, pero elevado ahora a plato principal con una técnica y una presentación considerablemente más elaboradas.
Los platos siguientes se sucedieron con la elegancia esperable de un restaurante de aquel nivel: una vieira a la brasa con una reducción de vino oloroso, un consomé clarificado que llegó a la mesa envuelto en una fina niebla de humo aromático liberada al levantar una campana de cristal, cada elaboración acompañada de la misma retórica cuidadosamente ensayada sobre técnica y origen que Elena, en cualquier otra circunstancia, habría disfrutado con genuino interés profesional.
Pero aquella noche, cada plato le sabía distinto, cargado de una tensión que ningún maridaje conseguía disimular del todo.
Cuando finalmente llegó el arroz de azafrán, presentado con una teatralidad casi ceremoniosa por el propio Álvaro en persona, algo que según le explicó el camarero solo hacía "con los platos más especiales de la carta", Elena observó cada detalle con una atención que iba mucho más allá de la simple curiosidad gastronómica.
El color, el aroma que se elevaba desde el plato en cuanto lo depositaron sobre la mesa, la textura cremosa que revelaba una técnica indudablemente refinada.
—Este es el plato que definió mi cocina, señorita Vidal —dijo Álvaro, con un orgullo que sonaba genuino, casi desafiante en su sinceridad—.
Lo desarrollé hace años, cuando todavía luchaba por hacerme un nombre en esta ciudad, y ha sido el responsable, más que ningún otro plato de mi carta, de que hoy tenga esa estrella que tanto me ha costado conseguir y que tanto me sigue costando mantener.
—¿Cuánto tiempo lleva perfeccionando la receta?
—Casi diez años, créame. El arroz exacto, el punto de cocción, la proporción precisa de caldo y azafrán...
cada detalle ha sido ajustado decenas de veces hasta llegar a esto.
—Álvaro hablaba con una pasión que a Elena, en aquel momento, le resultó casi conmovedora, un recordatorio incómodo de que el hombre que probablemente había asesinado a Fernando Azcárate era también, sin ninguna contradicción aparente en su propia mente, un artista genuino de su oficio, capaz de dedicar una década entera a perfeccionar un solo plato.
Elena probó el arroz, dejando que el sabor se desarrollara despacio en el paladar exactamente igual que había hecho aquella primera noche con la crema de bienvenida, buscando de manera deliberada ese mismo matiz final, metálico, casi a cartón mojado, que tanto ella como Ángela habían identificado en la muestra sustraída durante la fiesta.
Y ahí estaba, sutil pero innegable para quien sabía exactamente qué buscar: el mismo regusto final que delataba la presencia de cúrcuma y cártamo mezclados con el azafrán auténtico, presente incluso en el plato más emblemático, más cuidado, más personal de toda la carrera profesional de Álvaro Medina.
Sintió, al reconocerlo con total claridad, una mezcla extraña de tristeza y determinación renovada: tristeza por la magnitud de la traición que aquel matiz representaba, hacia sus propios clientes, hacia su oficio, hacia la memoria de Fernando; y determinación, porque aquella cata, por informal y poco científica que resultara desde un punto de vista legal, confirmaba de manera definitiva, en su propia experiencia sensorial directa, todo lo que llevaba días reconstruyendo a través de documentos y testimonios ajenos.
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