La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 18
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Capítulo 18

Capítulo

Dieciocho

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E l resultado del laboratorio llegó esa misma tarde, antes de lo que Ángela había anticipado, a través de un correo electrónico marcado como urgente que ambas leyeron juntas, inclinadas sobre la pantalla del portátil de Ángela en la pequeña oficina de la cooperativa, con el bullicio de la fiesta todavía audible a través de las ventanas abiertas y el sol de la tarde entrando en franjas oblicuas a través de las persianas entornadas.

Análisis comparativo de muestras — Resultado preliminar , rezaba el encabezado, seguido de una serie de datos técnicos que Ángela tradujo para Elena con la fluidez de quien lleva toda la vida familiarizada con ese tipo de informes: la muestra identificada como perteneciente al restaurante Palacio de Gabriel presentaba una concentración de curcumina —el compuesto activo de la cúrcuma— muy superior a los niveles considerados aceptables dentro de las trazas naturales, junto con restos de safranal sintético que, según explicaba el informe, se utilizaba a veces para reforzar artificialmente el aroma de mezclas adulteradas y disimular así la ausencia de azafrán auténtico en cantidad suficiente.

—Esto lo confirma —dijo Ángela, con la voz cargada de una satisfacción amarga, la de quien obtiene razón en algo que hubiera preferido no tener que demostrar nunca—.

No es una sospecha ni una intuición basada en el olfato.

Es un análisis de laboratorio oficial, con acreditación válida ante el consejo regulador.

El azafrán que Álvaro Medina llevaba consigo en la fiesta, el mismo que probablemente sirve en su restaurante bajo la etiqueta de Denominación de Origen, está adulterado.

Elena imprimió el informe de inmediato, aprovechando la impresora de la oficina de la cooperativa, guardándolo junto a las cartas de Fernando en la carpeta que empezaba a convertirse en el expediente más completo de toda la investigación, más completo, sospechaba, que el que probablemente manejaba el propio inspector Cifuentes con los recursos oficiales de los que disponía.

Sostuvo el informe un momento entre las manos, releyendo cada línea con la satisfacción de quien ve confirmarse, tras días de trabajo intenso, algo que llevaba tiempo sospechando con creciente certeza.

—Necesito llamar al inspector ahora mismo —dijo, ya marcando el número en su móvil—.

Con esto, con las cartas de Fernando, con el testimonio de Anselmo y el registro de la archivera de Consuegra, creo que tenemos suficiente para que la policía abra una investigación formal centrada directamente en Álvaro Medina, en lugar de seguir dispersando recursos entre Diego y usted.

El inspector Cifuentes escuchó el resumen de Elena con una atención que, a través del teléfono, se notaba genuina, interrumpiendo apenas un par de veces para pedir aclaraciones sobre fechas y nombres concretos, tomando notas con evidente diligencia, a juzgar por las breves pausas silenciosas entre pregunta y pregunta.

Cuando Elena terminó de exponer todo lo reunido durante los últimos días en Consuegra, hubo un silencio breve al otro lado de la línea antes de que el inspector respondiera.

—Señorita Vidal, le voy a ser sincero: esto cambia sustancialmente el rumbo de la investigación, y se lo agradezco enormemente, aunque también le voy a pedir, con todo el respeto, que a partir de ahora deje que sea la policía quien se encargue de confrontar directamente al señor Medina.

Lo que ha reunido es circunstancialmente muy sólido, pero necesitamos pruebas forenses directas que lo vinculen con la escena del crimen, no solo con el motivo y con el fraude del azafrán.

Voy a solicitar una orden judicial para registrar tanto su domicilio como el restaurante, y también vamos a necesitar comparar cualquier sustancia que encontremos con los resultados de la autopsia toxicológica, que deberían estar disponibles en los próximos días.

—Entiendo, inspector, y por supuesto voy a colaborar en todo lo que necesite. —Elena hizo una pausa, considerando cómo formular la siguiente pregunta sin sonar demasiado directa—. ¿Cuándo cree que podrían proceder con el registro?

—Con la documentación que me acaba de facilitar, espero poder tener la orden lista para mañana mismo, o pasado mañana como muy tarde.

Le recomiendo, mientras tanto, que regrese a Toledo con discreción y que evite cualquier contacto directo con el señor Medina que pudiera alertarlo antes de que podamos actuar formalmente.

Elena colgó el teléfono con una mezcla de alivio y ansiedad contenida, consciente de que la investigación, que había llevado adelante prácticamente en solitario durante casi una semana, estaba a punto de pasar oficialmente a manos de la policía, con toda la burocracia y los tiempos institucionales que eso implicaba, tan distintos de la urgencia que ella misma sentía después de haber reconstruido, pieza a pieza, la historia completa que llevaba a Álvaro Medina directamente al centro de todo.

—¿Qué le ha dicho? —preguntó Ángela, que había escuchado la conversación con evidente tensión, sentada al borde de la silla de su despacho con las manos entrelazadas sobre el regazo.

—Que va a solicitar una orden de registro, que espera tenerla lista en un día o dos, y que mientras tanto debemos evitar cualquier contacto que pueda alertar a Álvaro.

—Elena empezó a recoger sus notas, guardándolas con cuidado en su maleta, mientras al fondo, a través de la ventana, se oían los primeros compases de la música de la verbena que empezaba a organizarse en la plaza para la última noche de fiesta—.

Creo que ha llegado el momento de volver a Toledo, Ángela.

Ahí es donde todo empezó, y creo que ahí es donde tiene que terminar, en su propio restaurante, en su propia cocina, rodeado de las mismas pruebas que él mismo dejó dispersas sin darse cuenta de que alguien las estaba siguiendo con tanta atención.

Ángela insistió en acompañarla, alegando que tenía asuntos pendientes en Toledo relacionados con la cooperativa que llevaba tiempo posponiendo, aunque Elena sospechó, sin decirlo en voz alta, que la verdadera razón era el deseo genuino de estar presente cuando finalmente se hiciera justicia por la muerte de un hombre al que, pese a la rivalidad comercial de toda una vida, había llegado a respetar profundamente.

Se despidieron de Anselmo esa misma tarde, antes de partir, encontrándolo sentado en su banco habitual junto al molino más alejado, con el anciano prometiendo seguir el desenlace de la historia "aunque sea por el periódico local, que a mi edad ya no puedo andar correteando de un lado a otro como ustedes dos", y regalándole a Elena, en un gesto inesperado, un pequeño frasco de azafrán auténtico de su propia cosecha personal, la última que había recolectado antes de retirarse del oficio activo.

Y de Beatriz, la archivera, que les deseó suerte con una sinceridad conmovedora, consciente de que había formado parte, sin saberlo del todo en su momento, de una investigación que estaba a punto de resolver un crimen que llevaba pesando sobre la comarca entera desde hacía casi una semana.

Elena estaba recogiendo las últimas cosas de la oficina de la cooperativa cuando una furgoneta blanca se detuvo junto a la entrada. No era la de Ángela, pero Elena reconoció la matrícula al instante: era la del restaurante Palacio de Gabriel.

Se apartó, sin saber muy bien por qué, detrás de la ventana entreabierta.

Álvaro bajó solo, sin escolta ni asistente, con la chaquetilla desabrochada y una expresión que Elena no le había visto nunca: no la del chef impecable de la cena de bienvenida, ni la del hombre que amenazaba veladamente con acciones legales.

Algo más parecido al agotamiento puro, al de quien lleva días sin dormir y ha dejado de fingir que todo está bien.

Se quedó un momento mirando hacia el secadero quemado, con las manos en los bolsillos, sin moverse.

El viento le revolvía el pelo, y Elena, desde su escondite, vio cómo algo se quebraba en su rostro: no fue una mueca ni una lágrima, sino la ausencia total de expresión, como si Álvaro se hubiera vaciado por dentro y ya no tuviera energía para representar nada, ni siquiera para sí mismo.

Después de un minuto largo, volvió a subir a la furgoneta y arrancó. Elena salió de detrás de la ventana y se quedó mirando cómo se alejaba.

—¿Sabía que iba a venir? —preguntó Ángela, que había visto la escena entera desde la puerta.

—No —dijo Elena, sin apartar la mirada de la carretera—. Pero creo que acaba de confirmarme algo que necesitaba saber. Que no es un monstruo frío. Que está tan asustado como nosotras. Y eso, de alguna forma, lo hace más peligroso.

El autobús salió de Consuegra al atardecer, con los molinos iluminados artificialmente para la última noche de fiesta recortándose una vez más contra el cielo, esta vez teñido de un naranja y violeta que a Elena le recordó, inevitablemente, al color de los campos de azafrán en plena floración de octubre, un color que todavía no había llegado a ver con sus propios ojos pero que ya sentía, de alguna forma extraña, como parte permanente de aquella investigación.

Mientras el paisaje manchego se difuminaba tras la ventanilla, dando paso poco a poco a los primeros perfiles reconocibles de Toledo en la distancia, Elena repasó mentalmente todo el camino recorrido desde aquella primera conversación con Fernando bajo los arcos mudéjares del palacio, consciente de que el círculo, geográfico y narrativo, estaba a punto de cerrarse en el mismo lugar donde había comenzado.

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PARTE TERCERA

Toledo

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