La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 17
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Capítulo 17

Capítulo

Diecisiete

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D iego llegó a Consuegra sin avisar, apareciendo de pronto entre la multitud que abarrotaba la plaza principal para la exhibición matinal de la monda, con el rostro demacrado de quien ha pasado varios días más sin apenas dormir ni comer con normalidad.

Elena lo reconoció de inmediato entre el gentío, y se abrió paso hacia él con una mezcla de sorpresa y preocupación, dejando a Ángela momentáneamente atrás, ocupada supervisando el puesto de la cooperativa para la jornada.

—Diego, ¿qué hace usted aquí? No esperaba verle en Consuegra.

—Necesitaba alejarme de Toledo un par de días, de la tienda cerrada, de la policía llamando cada dos por tres, de Grupo Saboría insistiendo con la oferta como si mi padre no llevara ni una semana muerto.

—Se pasó una mano por la cara, con un gesto que Elena ya empezaba a reconocer como característico en él en momentos de tensión—.

Y también quería hablar con usted en persona.

Por teléfono no me sentía cómodo contándole ciertas cosas.

Además, quería ver con mis propios ojos de dónde viene realmente el azafrán que mi familia lleva vendiendo durante más de un siglo, algo que nunca me había molestado en hacer hasta ahora, la verdad, dando por sentado algo que debería haber apreciado mucho más.

Se alejaron de la zona más concurrida, buscando un rincón más tranquilo bajo la sombra de uno de los molinos periféricos, lejos del bullicio de la exhibición que ya reunía a cientos de visitantes observando a las cuadrillas de mondadoras profesionales demostrando su destreza sobre mesas cubiertas de flores moradas traídas especialmente para la ocasión desde invernaderos que forzaban la floración fuera de temporada.

Diego observó la escena un momento, con una expresión reflexiva, antes de continuar.

—¿Qué es lo que necesitaba contarme, Diego?

Diego se tomó un momento antes de responder, con la mirada perdida hacia el horizonte, como reuniendo el valor necesario para pronunciar algo que llevaba días guardándose.

—Después de que usted me preguntara por Ángela Ruipérez, por si mi padre la mencionaba de forma personal más allá de lo comercial, me quedé pensando mucho en ello.

Necesitaba encontrar la escritura del local, para la negociación con Grupo Saboría, y sabía que mi padre guardaba los papeles importantes del negocio en su mesita de noche, no en la tienda, por si alguna vez había un incendio o un robo en el obrador.

—Sacó de su mochila una carpeta pequeña, mucho más modesta que la que solía llevar con la oferta de Grupo Saboría, y se la tendió a Elena con manos ligeramente temblorosas—.

La escritura estaba allí, donde esperaba.

Pero debajo, escondidas a propósito, estaban estas cartas.

Y en cuanto vi el nombre de Ángela en la primera línea, dejé de pensar en Grupo Saboría por completo.

Elena abrió la carpeta con cuidado. Dentro había varias cartas manuscritas, con la caligrafía inconfundible de Fernando, fechadas en los últimos meses, dirigidas a sí mismo más que a ningún destinatario concreto, como una especie de diario fragmentado de reflexiones y sospechas.

—Léalas, por favor —dijo Diego—. Yo ya las he leído tres veces y todavía no consigo entender del todo lo que sentía mi padre en sus últimos meses de vida.

Elena empezó a leer la primera carta, fechada apenas dos meses atrás.

En ella, Fernando expresaba una preocupación creciente sobre "cambios sutiles" en la calidad de algunas muestras que le llegaban a través de intermediarios de confianza, sin mencionar todavía ningún nombre concreto, aunque describía con precisión casi obsesiva cada matiz sospechoso que había ido detectando semana tras semana, como si necesitara documentarlo todo con el mismo rigor que aplicaba a su trabajo profesional.

La segunda carta, fechada un mes más tarde, ya resultaba mucho más explícita: Fernando mencionaba haber empezado a sospechar de Álvaro Medina, tras notar que el chef había reducido drásticamente sus pedidos directos de azafrán de máxima calidad mientras que, paradójicamente, seguía anunciando en su carta platos que requerían grandes cantidades del producto más caro y difícil de conseguir.

La tercera carta, la más reciente, fechada apenas diez días antes del concurso de calidad donde Fernando haría su denuncia pública, contenía un fragmento que a Elena le heló la sangre:

He descubierto algo que no esperaba encontrar nunca.

Álvaro Medina no es solo un cliente que quizás me esté engañando por ambición o por necesidad de reducir costes.

Hay algo más profundo, algo que se remonta mucho más atrás de lo que cualquiera de los dos podríamos imaginar.

He confirmado, gracias a unos documentos antiguos que conseguí revisar en el archivo diocesano, que compartimos un origen familiar común, perdido hace siglos en la historia de esta tierra.

No sé todavía qué hacer con esta información.

Parte de mí quiere hablar con él directamente, en privado, darle la oportunidad de confesar y corregir su camino antes de que las cosas vayan a peor.

Otra parte de mí, la más pragmática, sabe que un hombre capaz de engañar a sus clientes durante tanto tiempo, con tanta frialdad, probablemente no reaccionará bien ante una confrontación directa, y menos aún si se siente descubierto en algo tan personal como su propio origen familiar.

Elena bajó la carta, con las manos ligeramente temblorosas, y miró a Diego, que la observaba con una expresión de dolor renovado, como si cada vez que otra persona leía aquellas palabras, la pérdida de su padre se hiciera un poco más real, un poco más irreversible.

—Su padre lo sabía, Diego. Sabía que Álvaro le estaba engañando, y sabía además la conexión familiar entre ambos, antes incluso de hacer la denuncia pública en el concurso.

—Eso mismo he pensado yo, una y otra vez, desde que encontré estas cartas.

—La voz de Diego se quebró ligeramente—.

Y no puedo dejar de preguntarme si, si él me hubiera contado todo esto a mí, si hubiéramos hablado de ello en lugar de discutir constantemente por la maldita oferta de venta, quizás las cosas habrían sido diferentes.

Quizás yo podría haber hecho algo, cualquier cosa, para protegerlo.

Elena sintió una punzada de compasión genuina hacia el joven que tenía delante, cargando con un peso de culpa que, en realidad, no le correspondía en absoluto.

—Diego, no puede culparse por decisiones que su padre tomó en solitario, por razones que probablemente él mismo consideraba una forma de protegerle a usted de un peligro que todavía no comprendía del todo.

—Elena guardó las cartas con extremo cuidado en su propio cuaderno, consciente de que acababa de recibir la pieza documental más importante de toda la investigación—.

Esto es exactamente lo que necesitábamos, Diego.

Una prueba directa, en la propia letra de su padre, de que sospechaba de Álvaro Medina y de que conocía la conexión familiar entre ambos. Esto cambia todo.

—¿Qué va a hacer ahora con esto?

—Primero, necesito compartirlo con el inspector Cifuentes, aunque me duela entregar algo tan personal a la investigación policial oficial.

Y segundo, necesito seguir reuniendo el resto de piezas que faltan, porque estas cartas prueban que su padre sospechaba, prueban el motivo potencial de Álvaro, pero todavía no prueban de forma irrefutable que fuera él quien introdujo el veneno en la infusión aquella noche.

—Elena miró hacia el escenario donde continuaba la exhibición de la monda, con las mondadoras trabajando con una destreza hipnótica bajo el sol ya alto de la mañana—.

Pero le prometo, Diego, que estamos cada vez más cerca.

Y le prometo también que su padre no murió en vano, ni sin que nadie supiera la verdad de lo que estaba a punto de descubrir.

Diego se quedó observando la exhibición un rato más, en silencio, con Elena a su lado, ambos absortos en el ritmo hipnótico de las manos expertas separando estigma tras estigma de las flores moradas, un gesto repetido miles de veces por generaciones enteras de familias como la suya y como la de Ángela.

—Mi padre solía decir que la monda era el trabajo más honesto del mundo —dijo finalmente, con una sonrisa triste—, porque no admite atajos, ni trucos, ni prisas.

Cada hebra tiene que separarse a mano, una por una, sin excepción.

Decía que por eso el azafrán valía tanto, no solo por su escasez, sino por la honestidad brutal que exigía de quien lo trabajaba.

Ahora entiendo mejor por qué se tomó tan en serio lo de Álvaro.

No era solo dinero, ni siquiera solo orgullo.

Era una traición a los principios más básicos de todo un oficio.

Elena se quedó en silencio un momento, mirándolo. Había algo en la forma en que hablaba de su padre, en aquella mezcla de rabia y admiración que le temblaba en la voz, que le recordaba a otra persona: a ella misma, muchos años atrás, intentando entender a su propio padre.

—Diego... ¿por qué no me habló antes de lo del negocio? De la oferta de Grupo Saboría. De todo lo que me contó en Toledo lo dejó para el final, casi a regañadientes.

Diego se encogió de hombros, sin apartar la vista de las manos de los mondadores.

—Porque pensé que no me creería. Que, como todo el mundo, vería los números y pensaría que yo tenía un motivo para hacerle daño.

—Yo no lo pensé.

Él la miró, sorprendido.

—¿Por qué no?

—Porque la gente que quiere vender un negocio no espera a que su padre muera para hacerlo, Diego.

Lo vende y se va. Usted se quedó. Sigue aquí, con la tienda cerrada, intentando entender qué pasó.

Eso no lo hace un asesino. Lo hace un hijo que todavía está intentando perdonarse por no haber llegado a tiempo.

Diego no respondió. Se quedó mirando el escenario, con los ojos brillantes, y Elena supo que aquella conversación, más que cualquier otra que hubieran tenido hasta entonces, había levantado entre ellos un puente que ni la oferta de Grupo Saboría ni la sombra de la sospecha lograrían ya derribar.

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