Capítulo 16
Capítulo
Dieciséis
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P asaron el resto de la tarde recorriendo el archivo municipal de Consuegra, un edificio modesto anexo al ayuntamiento que permanecía abierto durante la fiesta con horario especial para atender las consultas de investigadores y curiosos que aprovechaban la afluencia de visitantes.
Jaime Sarfatí las acompañó, insistiendo en que su experiencia con este tipo de archivos podría agilizar considerablemente la búsqueda, y en efecto, apenas quince minutos después de entrar, ya había localizado, con una eficiencia que a Elena le pareció casi milagrosa comparada con sus propios intentos anteriores de navegar por sistemas de catalogación similares, a la persona encargada de atender a los visitantes.
La archivera, una mujer joven llamada Beatriz que llevaba apenas dos años en el puesto pero que conocía cada rincón de los fondos documentales con una precisión admirable, recordó sin dudarlo la visita de Álvaro Medina en cuanto Elena le mostró una fotografía del chef que había encontrado en la web del restaurante.
—Claro que lo recuerdo, vino dos veces, no solo una —dijo Beatriz, consultando además el registro físico de solicitudes que guardaban por cuestiones administrativas—.
La primera vez, hace más o menos un año, pidió consultar los registros catastrales antiguos de la zona, específicamente de las parcelas cercanas al cerro Calderico.
La segunda vez fue mucho más reciente, apenas hace tres meses, y esa vez pidió algo distinto: los registros de nacimientos y defunciones de finales del siglo diecinueve, buscando concretamente el apellido Azcárate.
Elena sintió que el pulso se le aceleraba de nuevo, anotando cada detalle con la mano visiblemente tensa por la emoción contenida, mientras a su lado, Sarfatí asentía con expresión de intensa concentración académica, como si estuviera memorizando cada palabra para incorporarla más tarde a sus propias notas.
—¿Le dijo para qué necesitaba esa información?
—La primera vez dijo algo sobre un proyecto de recuperación de recetas históricas, como suelen decir muchos investigadores gastronómicos que pasan por aquí.
La segunda vez fue más reservado, la verdad, no dio explicaciones detalladas, solo dijo que era "un asunto personal, de investigación familiar".
—Beatriz se encogió de hombros—. No me pareció extraño en su momento, mucha gente viene buscando sus orígenes familiares, es bastante común, sobre todo desde que se pusieron de moda esas pruebas de ADN genealógico.
—¿Recuerda si encontró lo que buscaba?
—Eso no lo sé con certeza, pero se llevó copias de varios documentos, eso sí lo recuerdo porque tuvo que pagar la tasa de reproducción, que no es precisamente barata.
—Beatriz revisó de nuevo su registro—. Aquí tengo anotado que solicitó copia de tres partidas de nacimiento y dos de defunción, todas relacionadas con el apellido Azcárate entre 1850 y 1900.
—¿Podríamos ver también nosotros esos mismos documentos? —preguntó Sarfatí, con evidente interés profesional—. Sería de gran ayuda para completar la reconstrucción genealógica que llevo trabajando.
Beatriz accedió sin problema, y pasaron la siguiente media hora revisando, junto a ella, las mismas partidas que Álvaro había consultado meses antes, encontrando en ellas confirmación adicional de la línea familiar que Sarfatí ya había empezado a esbozar: nombres, fechas, matrimonios que conectaban generación tras generación a la familia Azcárate con el pasado converso que tan cuidadosamente habían intentado enterrar sus antepasados tras el pleito perdido de 1887.
Elena y Ángela salieron del archivo con la última luz de la tarde tiñendo de dorado las fachadas de la plaza, donde ya se preparaban las luces artificiales para la verbena nocturna que cerraría el primer día completo de la fiesta.
Sarfatí se despidió de ambas para dedicar el resto de la tarde a examinar con más calma las copias que Beatriz les había facilitado, prometiendo compartir cualquier hallazgo adicional en cuanto lo tuviera.
Elena y Ángela caminaron en silencio un rato, cada una procesando la confirmación definitiva de algo que hasta entonces solo habían intuido.
—Ya no hay duda posible —dijo finalmente Ángela, sentándose en un banco junto a la fuente central de la plaza, con el sonido del agua como fondo tranquilo frente a la agitación festiva que las rodeaba—.
Álvaro sabía, desde hace al menos tres meses, la conexión genealógica entre su familia y la de Fernando.
Sabía la historia del pleito, probablemente en más detalle del que nosotras mismas hemos conseguido reconstruir.
Y aun así, siguió comprándole azafrán, siguió tratándolo con normalidad en público, mientras por otro lado le vendía a sus clientes un producto adulterado que llevaba su nombre y su reputación por delante.
—Lo que todavía no entiendo del todo es el orden de los acontecimientos —admitió Elena, sentándose junto a ella—.
¿Empezó primero el fraude, por razones puramente económicas, y solo después descubrió la conexión familiar?
¿O fue al revés, descubrió primero la historia de su propia familia despojada de estas tierras, y eso le sirvió de alguna forma retorcida para justificarse el fraude, como sugería Jaime?
—Quizás nunca lleguemos a saberlo con total certeza, a menos que él mismo lo confiese.
—Ángela suspiró, mirando hacia los molinos que ya empezaban a iluminarse con focos decorativos para la noche—.
Pero le voy a decir una cosa, señorita Vidal, y espero que no le parezca demasiado sentimental viniendo de alguien que se dedica a algo tan práctico como el cultivo de azafrán: creo que da igual el orden exacto de los acontecimientos.
Lo que importa es que, en algún momento, Álvaro Medina decidió que su ambición, o su rencor, o las dos cosas mezcladas, valían más que la vida de un hombre que solo intentaba defender la honestidad de un oficio que llevaba generaciones en su familia.
Eso es lo único que de verdad necesitamos demostrar.
Elena asintió, conmovida por la sinceridad del comentario, y sintió que la relación entre ambas había cambiado de manera irreversible en los pocos días que llevaban colaborando juntas.
Lo que había empezado como una entrevista cautelosa entre periodista y sospechosa se había transformado, capítulo a capítulo, revelación a revelación, en algo mucho más parecido a una alianza genuina, forjada en la urgencia compartida de encontrar justicia para un hombre que ambas, cada una a su manera, habían llegado a respetar profundamente en el poco tiempo que lo conocieron.
—Gracias por confiar en mí desde el principio, Ángela. Sé que no debió de ser fácil, con todo lo que estaba en juego para usted y para la cooperativa.
—No confié en usted desde el principio, si le soy sincera.
—Ángela sonrió, con una calidez que Elena no le había visto hasta entonces, algo que se alejaba por completo de la actitud defensiva de sus primeros encuentros en Toledo—.
Al principio pensé que era simplemente otra periodista buscando un titular fácil a costa de nuestro sufrimiento.
Pero cuando vi que investigaba con seriedad, que le importaba de verdad llegar a la raíz de las cosas en lugar de quedarse con la superficie más morbosa, empecé a confiar.
Y ahora mismo, señorita Vidal, creo que usted es la única persona capaz de conseguir que Álvaro Medina pague por lo que le hizo a Fernando.
—Elena, por favor. Ya podemos tutearnos, después de todo lo que hemos pasado juntas estos días.
—Elena, entonces. —Ángela le tendió la mano, con una sonrisa cansada pero sincera—.
Y ahora, si no le importa, propongo que vayamos a cenar algo decente, porque llevamos todo el día corriendo de un lado a otro sin parar, y mañana va a ser un día largo, con la exhibición de la monda por la tarde y, con un poco de suerte, los resultados del laboratorio llegando en cualquier momento.
Cenaron juntas esa noche en un restaurante pequeño cerca de la plaza, alejándose deliberadamente durante un par de horas del peso de la investigación, hablando de cosas más ligeras: la infancia de Ángela entre los campos de azafrán, correteando descalza entre los surcos mientras su abuela trabajaba, los libros anteriores de Elena y las peripecias más curiosas de escribirlos, las anécdotas divertidas que ambas habían acumulado en sus respectivos oficios a lo largo de los años.
Fue, pensó Elena mientras caminaba de vuelta hacia la casa rural bajo un cielo estrellado que en Toledo jamás se veía con tanta claridad, la primera noche desde el inicio de todo aquello en que consiguió, aunque fuera por unas horas, dejar de pensar obsesivamente en Fernando Azcárate y en el hombre que, con toda probabilidad, le había arrebatado la vida por una mezcla imposible de desenredar entre ambición y herencia familiar.
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