La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 15
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Capítulo 15

Capítulo

Quince

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L a oportunidad llegó de una forma que ni Elena ni Ángela habían planeado del todo, favorecida por el propio bullicio de la fiesta y por un descuido que, en retrospectiva, Elena atribuiría a la excesiva confianza de Álvaro Medina en su propia capacidad de controlar cada detalle de su entorno.

Durante la charla vespertina sobre "el compromiso de la alta cocina con el producto local", celebrada en un pequeño auditorio improvisado junto al ayuntamiento, Álvaro había llevado consigo, como material de apoyo visual, varias muestras de azafrán en pequeños botes de cristal, destinadas a pasar de mano en mano entre el público para ilustrar sus explicaciones sobre calidad y aroma.

Elena, sentada en una de las últimas filas junto a Ángela, observó con atención cómo Álvaro manejaba aquellas muestras con la soltura de un profesional que llevaba toda la vida haciendo demostraciones similares, describiendo con vocabulario técnico impecable las diferencias entre calidades, el proceso de secado, la importancia de la Denominación de Origen para garantizar la autenticidad frente a productos importados de dudosa procedencia.

La ironía de aquel discurso, viniendo de quien probablemente había estado comprando azafrán adulterado durante años, no le pasó desapercibida a Elena, que anotó cada frase con una mezcla de indignación profesional y fascinación casi macabra ante el descaro necesario para sostener aquella actuación.

En un momento del discurso, Álvaro llegó incluso a mencionar a Fernando, describiéndolo como "un maestro del oficio cuya pérdida deja un vacío irreparable en nuestra comunidad gastronómica", y Elena tuvo que hacer un esfuerzo consciente por mantener el rostro impasible, sin dejar traslucir la náusea que aquellas palabras, viniendo de quien las pronunciaba, le provocaron.

Al finalizar la charla, mientras el público se dispersaba hacia el resto de actividades de la fiesta y Álvaro quedaba retenido por un grupo de admiradores pidiéndole fotografías, uno de los botes de muestra quedó olvidado sobre la mesa del atril, entre folletos informativos y un vaso de agua a medio terminar.

—Ahora o nunca —susurró Ángela, ya moviéndose hacia el atril con una naturalidad que sugería experiencia previa en situaciones similares, aunque Elena sospechaba que aquello era, en realidad, la primera vez que Ángela hacía algo remotamente parecido a una operación encubierta.

Cogió el bote con gesto rápido, guardándolo en el bolso sin llamar la atención de nadie, y ambas se alejaron del auditorio con paso tranquilo, resistiendo el impulso de mirar atrás para comprobar si alguien las había observado.

Solo cuando estuvieron a varias calles de distancia, ya cerca de la casa rural, Ángela se permitió soltar una risa nerviosa, entre el alivio y la excitación de haber conseguido algo que, técnicamente, podría considerarse un pequeño hurto.

—No puedo creer que acabemos de hacer eso —dijo, todavía con la respiración algo acelerada—. Llevo treinta años siendo una empresaria respetable, y ahora resulta que se me da bien robar botes de azafrán delante de las narices de un chef con estrella Michelin.

—Lo hemos hecho por una buena razón, Ángela. No se sienta mal por ello.

—No me siento mal, la verdad, me siento extrañamente satisfecha.

—Ángela sonrió, con un brillo travieso en los ojos que Elena no le había visto hasta entonces—.

Supongo que hay algo profundamente reconfortante en hacer, aunque sea de forma pequeña e insignificante, algo de justicia con las propias manos.

—Necesitamos comparar esto con la muestra que Fernando me enseñó en su tienda, la que él identificó como fraudulenta —dijo Elena, ya de vuelta en la casa rural donde se alojaba, con el bote de Álvaro sobre la mesa de la cocina, junto a sus notas y al documento de 1887 que ya casi formaba parte permanente de su cuaderno—.

El problema es que yo no tengo esa muestra original, y Fernando ya no puede confirmarnos nada.

—Pero yo tengo algo que quizás sirva igual de bien.

—Ángela salió un momento hacia su furgoneta y regresó con el sobre de papel que Elena la había visto guardar el primer día, cuando visitaron juntas la cámara frigorífica de la cooperativa—.

Recuerde que cogí una muestra del lote que presentamos al concurso, el que quedó tercero, precisamente para tener una referencia de calidad indiscutible con la que comparar cualquier otra cosa.

Si el azafrán de Álvaro coincide con las características de fraude que Fernando describió, deberíamos poder notarlo, aunque ninguna de las dos tenga su nariz entrenada.

Extendieron ambas muestras sobre un papel blanco, imitando sin decirlo el mismo ritual que Fernando había realizado para Elena en su tienda apenas unos días antes, un gesto que en aquel momento le pareció casi una forma silenciosa de honrar su memoria.

Las hebras de la cooperativa, auténticas y certificadas, mostraban el color rojo oscuro uniforme y la forma característica que Elena ya reconocía de sus visitas anteriores.

Las de Álvaro, a simple vista, parecían casi idénticas, con el mismo tono, la misma forma de trompeta abierta.

—No veo diferencia visual —admitió Elena, frustrada.

—Yo tampoco, y eso que llevo toda la vida mirando azafrán.

—Ángela cogió unas pocas hebras de cada montón, frotándolas entre los dedos con el mismo gesto que Fernando había usado, aunque con menos precisión técnica—.

Vamos a intentar lo del olfato, aunque le advierto que mi nariz no es ni de lejos tan buena como la suya era.

Ambas se turnaron para oler las muestras, comparando impresiones en voz alta, intentando reconstruir mentalmente la descripción exacta que Fernando le había dado a Elena días atrás: ese matiz metálico al final, casi a cartón mojado, que delataba la presencia de cúrcuma disuelta sobre hebras de cártamo.

—Espere —dijo Ángela de pronto, tras varios intentos fallidos—. Creo que lo noto. En las de Álvaro, después del aroma floral inicial, hay algo raro al final, algo que no está en las nuestras. No sabría describirlo con la precisión de un experto, pero es distinto, se lo aseguro.

Elena volvió a oler ambas muestras, concentrándose con toda la atención que era capaz de reunir, y finalmente creyó captar, aunque con la incertidumbre propia de quien carece de entrenamiento profesional, ese matiz sutil que Ángela describía: un punto final ligeramente amargo, casi químico, que no aparecía en la muestra de la cooperativa.

—Esto no es una prueba científica válida, lo sabemos las dos —dijo Elena, guardando ambas muestras con cuidado en sobres separados y etiquetados—.

Pero es suficiente indicio como para justificar un análisis de laboratorio real.

Necesitamos que alguien con acreditación oficial confirme lo que estamos notando de forma amateur.

—Conozco un laboratorio en Toledo que hace análisis para el consejo regulador, con el que Fernando trabajaba habitualmente para sus verificaciones más delicadas.

—Ángela ya estaba sacando su móvil, buscando el contacto—.

Puedo enviarles esta muestra mañana mismo, con carácter de urgencia, alegando que es relevante para una investigación policial en curso.

No creo que se nieguen, dado el contexto.

Mientras Ángela hacía la llamada, explicando la situación con una mezcla de firmeza profesional y urgencia contenida, Elena repasó mentalmente todo lo que habían reunido hasta entonces: la mirada sostenida entre Fernando y Álvaro en el concurso, el lapsus verbal del chef, su visita documentada a la cooperativa hace un año investigando precisamente la historia genealógica que ahora parecía conectarlo con la propia familia Azcárate, su reacción delatora al mencionarle el incendio, y ahora, posiblemente, una muestra de azafrán que coincidía con la descripción del fraude que Fernando había denunciado públicamente antes de morir.

Ninguna pieza, por separado, resultaba suficiente para una acusación formal. Pero juntas, pensó Elena mientras Ángela terminaba su llamada con el laboratorio, empezaban a formar un patrón demasiado consistente como para tratarse de simples coincidencias desafortunadas.

—Nos lo confirman para pasado mañana como muy tarde —dijo Ángela, colgando finalmente el teléfono con expresión de alivio contenido—.

Mientras tanto, deberíamos seguir buscando.

Si Álvaro estuvo aquí investigando con tanto detalle, alguien más, aparte de Anselmo y de mí, tiene que recordarlo.

Este es un pueblo pequeño, señorita Vidal, y aquí, tarde o temprano, todo se acaba sabiendo.

Elena no durmió aquella noche. Se quedó mirando el techo de la casa rural, escuchando el viento golpear los postigos, preguntándose si todo lo que había construido en apenas una semana era un castillo de naipes.

¿Y si me equivoco?, pensó, por primera vez desde que había empezado la investigación. ¿Y si Álvaro era inocente, y todo aquello no era más que una obsesión, un deseo de encontrar un culpable para que la muerte de Fernando tuviera sentido?

Se levantó, encendió la lámpara y releyó todas sus notas: las cartas, los testimonios de Anselmo y Beatriz, el registro de la visita de Álvaro a la cooperativa.

Todo encajaba. Pero también encajaba, pensó con una punzada de angustia, en la cabeza de una periodista que llevaba años acostumbrada a encontrar patrones donde quizás solo había casualidades.

A las cuatro de la madrugada cogió el móvil, dispuesta a llamar a Ángela para decirle que lo dejaban, que no merecía la pena seguir. No llegó a marcar el número. Se quedó mirando la pantalla, con el pulso acelerado, hasta que el sol empezó a asomar por la rendija de la persiana.

Mañana lo sabremos, se dijo por fin, apagando la lámpara. Mañana sabré si he estado persiguiendo un fantasma o la verdad.

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