La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 14
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Capítulo 14

Capítulo

Catorce

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L a Fiesta de la Rosa del Azafrán transformó Consuegra de la noche a la mañana.

Elena se despertó con el sonido de camiones de feria montando estructuras en la plaza principal, con el olor a churros recién hechos colándose por la ventana de su habitación, y con una energía festiva flotando en el ambiente que contrastaba, de manera casi dolorosa, con el peso de todo lo que había descubierto en los últimos días.

Se quedó un momento en la cama, escuchando el bullicio creciente desde la calle, preguntándose cómo era posible que una comunidad entera pudiera celebrar con tanta alegría mientras, apenas veinticuatro horas antes, alguien había prendido fuego deliberadamente a uno de sus edificios más queridos.

Bajó temprano, y encontró a Ángela ya en plena organización, coordinando con varios voluntarios la instalación de un gran escenario junto al ayuntamiento, donde por la tarde se celebraría la exhibición pública de la monda, con concursos de destreza que atraían cada año a cientos de visitantes y a la prensa regional al completo.

Grandes cestos de mimbre, todavía vacíos por ser una fecha adelantada respecto a la cosecha real de octubre, se disponían decorativamente junto al escenario, y en un lateral, un puesto de la propia cooperativa exhibía sus productos con esmero renovado, como si el reciente incendio no hubiera dejado rastro visible en el ánimo colectivo, aunque Elena notó, observando con atención, que Ángela dirigía miradas ocasionales hacia el secadero dañado, visible a lo lejos con sus muros todavía ennegrecidos, con una expresión que ninguna sonrisa profesional conseguía disimular del todo.

—Álvaro llega a mediodía —le informó Ángela, con un tono cuidadosamente neutro que no conseguía ocultar del todo la tensión subyacente—.

Va a dar una breve charla sobre "el compromiso de la alta cocina con el producto local de calidad", según el programa oficial.

Después de lo del concurso en Toledo, imagino que necesita hacer un gesto público de este tipo, para calmar cualquier sospecha que pudiera haber salpicado su restaurante.

Elena pasó la mañana observando los preparativos, hablando con productores de otras cooperativas de la zona que también participaban en la fiesta, recogiendo testimonios sobre la importancia cultural del evento que enriquecerían, sin duda, cualquier artículo que finalmente decidiera escribir sobre todo aquello.

Habló con una mujer mayor que llevaba toda la vida vendiendo dulces tradicionales de azafrán en la fiesta, con un puesto que había heredado de su madre y que esta, a su vez, había heredado de la suya, y que le habló con orgullo de la importancia de mantener vivas las tradiciones "aunque el mundo entero se empeñe en acelerarlo todo, en abaratarlo todo, sin importar lo que se pierde por el camino".

Elena no pudo evitar pensar, escuchándola, en lo irónico que resultaba aquel comentario dado el contexto de fraude y traición que llevaba investigando durante días.

Pero su atención real estaba puesta en el reloj, contando las horas hasta la llegada de Álvaro Medina.

Llegó, finalmente, poco después de las doce, en un coche particular conducido por un chófer, con una puntualidad que sugería una organización meticulosa de su agenda.

Bajó vestido de manera más informal que en Toledo, con una camisa de lino clara en lugar de la chaquetilla de cocinero, aunque mantenía esa misma pulcritud impecable que Elena ya había notado en sus encuentros anteriores, como si Álvaro Medina fuera incapaz de presentarse ante el público de cualquier otra manera que no fuera absolutamente perfecta.

Fue recibido por el alcalde de Consuegra y por varios miembros de la organización de la fiesta con evidente entusiasmo, entre fotografías y saludos protocolarios, y Elena se mantuvo a una distancia prudente durante los primeros minutos, observando cómo el chef se movía entre la gente con la soltura habitual de quien está acostumbrado a ser el centro de atención en cualquier evento gastronómico, sonriendo para las cámaras, estrechando manos, repitiendo con evidente práctica frases sobre "el orgullo de trabajar con productos locales de la máxima calidad" que a Elena, sabiendo lo que sabía, le resultaron casi insoportables de escuchar.

Fue Ángela quien, con una valentía que Elena admiró silenciosamente, se acercó primero a saludarlo, en un gesto que a cualquier observador externo le habría parecido simple cortesía profesional entre colegas del sector.

—Álvaro, bienvenido a Consuegra. Espero que el viaje haya sido bueno.

—Ángela, gracias por la invitación, aunque imagino que fue más cosa de la organización que suya personalmente.

—Álvaro sonrió, con una cortesía que a Elena, observando desde cerca, le pareció ligeramente forzada, como un traje que le quedaba bien pero que no terminaba de sentirse cómodo—.

Espero de corazón que las cosas en la cooperativa se hayan tranquilizado un poco después de lo que ha pasado con Fernando. Terrible, verdaderamente terrible.

—Se han tranquilizado relativamente, sí.

—Ángela hizo una pausa deliberada, y Elena, observando desde apenas unos metros de distancia, contuvo la respiración al anticipar lo que venía a continuación—.

Aunque anteanoche tuvimos un incendio en uno de nuestros almacenes más antiguos, el que guardaba parte de nuestra documentación histórica.

Provocado, según parece, con acelerante y todo.

La policía científica está investigando.

El rostro de Álvaro se transformó apenas una fracción de segundo, una tensión brevísima en la mandíbula, un parpadeo ligeramente más lento de lo normal, antes de recomponer la expresión de preocupación genérica adecuada para la ocasión.

—Qué terrible también. ¿Tienen alguna pista sobre quién pudo hacer algo así?

—Todavía no, aunque estamos revisando el registro de visitantes de los últimos meses, por si acaso alguien conocía bien la distribución del complejo y sabía exactamente dónde golpear para hacer más daño.

—Ángela sostuvo la mirada de Álvaro con una firmeza que a Elena le pareció admirable, dado lo que ambas sabían en ese momento—.

Es curioso, precisamente estaba revisando ese registro hace un par de días, y descubrí que usted mismo nos visitó el año pasado, investigando la historia local del cultivo, según consta en nuestros archivos.

El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero a Elena le pareció una eternidad, observando cómo Álvaro procesaba la información, calculando visiblemente su respuesta antes de pronunciarla.

—Sí, es cierto, había olvidado ese detalle por completo, la verdad.

Estaba investigando para un proyecto de carta que finalmente no llegó a materializarse, algo sobre recuperar recetas históricas locales con ingredientes autóctonos.

Ya sabe cómo son estos proyectos de restaurante, muchos empiezan con entusiasmo y se quedan en el camino cuando surgen prioridades más urgentes.

—Claro, lo entiendo perfectamente. —Ángela sonrió, con una cortesía que ocultaba, Elena lo sabía bien, una desconfianza absoluta—. Bueno, no le entretengo más, que le esperan para la charla de esta tarde. Espero que disfrute de la fiesta.

Álvaro se despidió con una inclinación breve y se alejó hacia el grupo de organizadores que lo esperaba junto al escenario principal, dejando a Ángela y Elena a solas, ambas observando su espalda alejarse entre la multitud creciente que ya llenaba la plaza para los primeros actos del día.

—¿Ha visto su reacción? —preguntó Ángela, en voz baja, en cuanto se aseguró de que nadie más podía escucharlas—. Cuando mencioné lo del incendio, algo cambió en su cara, apenas un segundo, pero cambió.

—Lo he visto —confirmó Elena, con la sensación creciente de que las piezas del rompecabezas, aunque todavía incompletas, empezaban a formar una imagen cada vez más clara y perturbadora—.

Y también he notado que ha mentido sobre el motivo de su visita del año pasado, aunque no de forma que resulte fácil de demostrar con lo que tenemos ahora mismo.

Necesitamos algo más concreto, Ángela. Necesitamos una prueba que lo conecte directamente con el fraude del azafrán, o con la muerte de Fernando, algo que vaya más allá de coincidencias genealógicas y visitas de investigación que él puede justificar con explicaciones plausibles.

Ángela asintió, con determinación renovada en la mirada.

—Entonces vamos a conseguir esa prueba. Yo conozco esta tierra, esta gente, mejor que nadie. Y si Álvaro Medina ha estado moviéndose por aquí con más frecuencia de la que admite, alguien más, aparte de Anselmo, tiene que haberlo visto.

Se separaron poco después, con Ángela regresando a sus obligaciones organizativas de la fiesta y Elena aprovechando para mezclarse entre el público que ya llenaba la plaza, observando de lejos, con disimulo, cada movimiento de Álvaro durante el resto de la mañana: cómo saludaba a otros productores con la misma cortesía impecable de siempre, cómo posaba para fotografías con niños disfrazados de flores de azafrán para la ocasión, cómo, en un momento en que creía no ser observado, se quedaba mirando fijamente hacia el secadero incendiado en la distancia, con una expresión que, desde donde Elena lo veía, parecía mucho más cercana al miedo que a la simple curiosidad.

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