Capítulo 13
Capítulo
Trece
❧
J aime Sarfatí llegó a Consuegra esa misma tarde, después de que Elena le llamara nada más salir de la cooperativa, todavía con el olor a humo pegado a la ropa y la cabeza llena de preguntas que solo él, con su conocimiento de archivos y genealogías, podía empezar a responder.
Quedaron en un bar de la plaza principal, uno de esos locales con mesas de terraza bajo toldos desteñidos por el sol, desde donde se veían los molinos recortados contra el cielo de la tarde, ya con las primeras banderolas de la Fiesta de la Rosa del Azafrán colgadas entre las farolas.
—Cuando me contó por teléfono lo del incendio, no pude evitar venir en cuanto encontré un tren —dijo Sarfatí, dejando su carpeta habitual sobre la mesa, esta vez notablemente más gruesa que en su encuentro anterior en la sinagoga, con varios separadores de colores que asomaban entre las páginas—.
Y aprovechando el viaje, he estado revisando algunos archivos digitalizados del registro civil que no había consultado antes, ahora que sabía exactamente qué buscar gracias a la información que me dio sobre la visita de Álvaro Medina a la cooperativa el año pasado.
—¿Ha encontrado algo?
—He encontrado algo que creo que le va a interesar mucho, aunque también le va a complicar bastante el panorama.
—Sarfatí pidió un café antes de continuar, con la parsimonia de quien sabe que lo que está a punto de contar merece cierta preparación previa, y esperó a que el camarero se alejara antes de retomar la conversación—.
¿Recuerda que le dije que el documento de 1887 mencionaba un apellido tachado y reescrito, el de la familia conversa original que perdió las tierras antes incluso de que los Azcárate existieran con ese nombre?
—Sí, lo recuerdo perfectamente.
—Pues he conseguido descifrar ese apellido original, comparando la caligrafía con otros documentos de la misma época y el mismo escribano, un proceso que me ha llevado buena parte de la noche, se lo confieso, con la ayuda de una lupa y de varios manuales de paleografía que llevo siempre conmigo para este tipo de ocasiones.
El apellido era Medina. —Sarfatí dejó que la palabra flotara en el aire un momento, observando la reacción de Elena—.
La familia conversa que perdió esas tierras en el siglo dieciséis, antes de que sus descendientes intentaran recuperarlas siglos después bajo el apellido Azcárate, se llamaba originalmente Medina.
Elena sintió que se le aceleraba el pulso de una forma que no había experimentado desde el inicio mismo de la investigación.
—Espere, eso no tiene sentido. Si la familia original se llamaba Medina, y sus descendientes adoptaron el apellido Azcárate... ¿de dónde sale entonces la conexión con Álvaro Medina?
—Ahí está precisamente la parte más interesante, y también la más complicada de reconstruir con certeza absoluta.
—Sarfatí sacó de su carpeta varios papeles cuidadosamente ordenados, con anotaciones a mano en los márgenes, algunos subrayados en distintos colores según un sistema de codificación que solo él parecía entender del todo—.
Al parecer, cuando la familia conversa original perdió las tierras y se convirtió, generaciones más tarde, en la familia Azcárate que conocemos, no todos los miembros de aquella familia original adoptaron el mismo camino.
Encontré un registro parroquial de finales del siglo dieciocho que menciona una rama familiar que se separó, que mantuvo el apellido Medina en lugar de adoptar el nuevo apellido Azcárate, y que se trasladó hacia el sur, hacia Andalucía, antes de que, generaciones después, otra rama de esa misma familia regresara a Castilla, ya en el siglo veinte, estableciéndose finalmente en Toledo.
—¿Está diciendo que Álvaro Medina y Fernando Azcárate eran parientes lejanos? ¿De la misma familia original?
—Es lo que sugieren los documentos que he encontrado, aunque le advierto que reconstruir genealogías a esta distancia temporal siempre implica cierto margen de error, y necesitaría más tiempo del que hemos tenido para confirmarlo con la seguridad que me gustaría antes de darlo por completamente probado.
—Sarfatí se ajustó las gafas, con la expresión concentrada de quien está exponiendo un razonamiento complejo que él mismo todavía está terminando de procesar—.
Pero si mi reconstrucción es correcta, ambos descienden de la misma familia conversa que perdió aquellas tierras hace más de cinco siglos.
Solo que una rama, la de los Azcárate, se quedó en la zona, intentó recuperar legalmente lo perdido y fracasó estrepitosamente en el pleito de 1887.
Y la otra rama, la de los Medina, se marchó, prosperó por caminos completamente distintos, y acabó, generaciones después, sin que probablemente el propio Álvaro fuera consciente de ello hasta que empezó a investigar, cruzándose de nuevo con el apellido Azcárate en el mundo cerrado y pequeño del comercio gastronómico toledano.
Elena se quedó en silencio un momento, procesando la magnitud de lo que Sarfatí acababa de exponer, mientras el bullicio de la plaza continuaba a su alrededor, ajeno por completo a la conversación que estaba teniendo lugar en aquella mesa concreta.
Un grupo de niños corría entre los puestos de la fiesta, riendo, y el contraste entre aquella normalidad festiva y el peso histórico de lo que acababa de escuchar le resultó, por un momento, casi surrealista.
—Si esto es cierto, y Álvaro descubrió en algún momento esta conexión familiar... ¿cree que eso cambia el motivo del crimen?
—Yo no soy detective, señorita Vidal, solo historiador, y no me atrevería a especular demasiado sobre motivaciones criminales concretas.
—Sarfatí dio un sorbo a su café, ya frío—.
Pero sí le puedo decir, desde mi experiencia estudiando estas historias familiares durante años, que descubrir que uno desciende de una familia despojada de sus tierras, de su identidad, de su fe incluso, puede generar reacciones muy intensas en quien lo descubre, sobre todo si esa persona llega a esa información en un momento de su vida en que ya está buscando, por otros motivos completamente distintos, alguna forma de justificar decisiones que de otro modo resultarían difíciles de sostener moralmente.
Elena entendió, con una claridad que le heló la sangre, hacia dónde apuntaba aquella reflexión.
—¿Está sugiriendo que Álvaro podría haber usado esta historia familiar para justificarse a sí mismo el fraude del azafrán? ¿Como si tuviera derecho a algo que considerara, de alguna forma retorcida, perteneciente a su propia herencia?
—Es una posibilidad, entre varias otras igual de plausibles.
La mente humana es experta en construir justificaciones morales complejas para acciones que, vistas desde fuera, resultan simplemente egoístas o interesadas.
—Sarfatí cerró su carpeta, con gesto pausado—.
Pero también podría ser mucho más sencillo que todo eso: quizás Álvaro simplemente descubrió una historia familiar interesante mientras investigaba por curiosidad genealógica personal, sin ninguna relación directa con sus decisiones profesionales posteriores, y todo esto que estamos reconstruyendo no sea más que una fascinante coincidencia sin peso real en la investigación del crimen.
Elena no creía en las coincidencias, mucho menos después de seis libros investigando crímenes que casi siempre resultaban tener raíces mucho más profundas y personales de lo que aparentaban a primera vista.
Pero sabía también que necesitaba pruebas concretas, no solo reconstrucciones genealógicas por muy fascinantes y sugerentes que resultaran, antes de poder señalar a Álvaro Medina con la certeza necesaria para respaldar una acusación tan grave.
—Jaime, ¿existe algún documento que confirme directamente que Álvaro conocía esta historia antes de la muerte de Fernando? ¿Algo más allá del registro de su visita a la cooperativa el año pasado?
Sarfatí negó con la cabeza, aunque con cierta duda en el gesto.
—No que yo haya encontrado todavía, aunque no he tenido tiempo de revisar todos los archivos disponibles.
Pero le voy a hacer una sugerencia: si Álvaro estuvo investigando esta historia con tanto detalle como para visitar tanto la cooperativa de aquí como, imagino, también los archivos de Toledo donde yo mismo encontré el documento original, es muy probable que haya dejado más rastro documental del que hemos encontrado hasta ahora.
La gente que investiga genealogías con esta intensidad rara vez se conforma con una sola fuente.
Suele consultar archivos parroquiales, catastrales, notariales...
Quizás debería preguntar directamente en el archivo municipal de aquí, en Consuegra, si alguien recuerda haber atendido a Álvaro Medina en persona.
—¿Cree que merece la pena que vayamos ahora mismo? Todavía es pronto, quizás siga abierto.
—Yo diría que sí, y me gustaría acompañarla, si no le importa.
Después de todo, empecé yo esta investigación con un simple documento encontrado por curiosidad académica, y no me perdonaría quedarme fuera precisamente ahora que parece estar a punto de resolverse algo tan importante.
—Sarfatí sonrió, con un entusiasmo casi juvenil que contrastaba con su habitual tono académico y pausado—.
Además, le confieso que llevo años sin sentirme tan intrigado por una investigación histórica.
Normalmente mi trabajo consiste en reconstruir vidas de gente que lleva siglos muerta, sin ninguna consecuencia práctica inmediata.
Esto es distinto, y no le voy a negar que resulta, en cierto modo, emocionante.
Elena anotó la sugerencia, consciente de que la Fiesta de la Rosa del Azafrán, que empezaba al día siguiente con la llegada confirmada del propio Álvaro como invitado de honor, iba a convertirse en el escenario perfecto para observar de cerca, sin levantar sospechas evidentes, a un hombre que quizás llevaba mucho más tiempo del que nadie imaginaba tejiendo una relación compleja y silenciosa con la historia de la familia que finalmente había decidido, por razones que todavía no terminaba de comprender del todo, destruir.
❧